miércoles, 26 de septiembre de 2012

ESPAÑA: STAAT POLIZEI

                  
Jesús Marchante, "El enigma de los tiempos, a Rene Magritte"

En esta noche fría, ligeramente lluviosa, de finales de septiembre, acude a mi memoria la vieja película de 1977 de Wim Wenders, "El amigo americano". Sobre todo la imagen sobrecogedora de la enorme pintada de cal en la medianería de un viejo edificio en un Berlín que produce desasosiego: "BRD: STAAT POLIZEI". Y no es una pura casualidad. No. Esta tarde-noche, en Madrid, han confluido miles y miles de personas alrededor del Congreso de los Diputados, pero no sólo, reclamando el fin de un sistema de representación que se ha situado fuera del tiempo y de la historia. Los ciudadanos exigen la dimisión de un gobierno que ha dejado de defender los intereses de sus gobernados para pasar a acatar los dictados que se emiten desde los centros de poder internacionales. Y se propone, así mismo, la apertura de un proceso constituyente que pueda escribir las leyes que todos necesitamos.

Pero el gobierno, ya desde las primeras horas de la noche anterior, había decidido cuál sería la respuesta adecuada a dichas peticiones: represión, represión y represión... Con un despliegue de policía inusitado, frente a una manifestación de carácter pacifista, el gobierno populista de Mariano Rajoy enseña, una vez más, sus cartas. Madrid, y cualquier otra ciudad que, antes o después, se haya atrevido o se atreva a desafiar su poder autoritario, barnizado con el resultado de unas elecciones condicionadas por un sistema electoral del que habría muchas cosas que decir, ha sufrido y sufrirá sus consecuencias. 

Hace más de un año que el acuerdo de los dos grandes partidos, que sostienen la falacia de la llamada transición, P.S.O.E. y P.P., esa que negociaron los últimos franquistas y toda la oposición, incluida la comunista, y que impediría, para siempre jamás, que se pudiera volver a repetir la experiencia de la II República, privilegiando el voto rural sobre el de los centros más habitados, permitió que se ocupase la Puerta del Sol con un ingente efectivo policial, cerrando incluso al tránsito la estación de metro y el intercambiador de Sol, conculcando el derecho básico de poder transitar libremente por las calles de la capital, e instaurando con dicha actuación el viejo modelo de Estado de excepción.

Pues bien, hoy lo que se respiraba en Madrid era ese viejo olor nauseabundo y putrefacto de los estados policiales. Alguien, muy cercano a mi, me prevenía al teléfono, diciéndome que acabaremos cantando, de nuevo, "El cara al sol" con el brazo en alto, al estilo romano, en la mismísima Puerta del Sol. Sin embargo, le  decía yo, aún no hemos claudicado. La violencia de esta noche sucede a la de días, semanas y meses anteriores. Desde que la crisis, más bien la guerra entre ricos y pobres, hiciera su aparición, es la receta impartida por el gobierno "legítimo" de España. No obstante, la razón, el sentido común, e incluso la estética, están del lado de la ciudadanía. El hartazgo ha traspasado las barreras y las fronteras. La guerra ha sido declarada por una mínima minoría contra una inmensa mayoría. El problema del derecho, y por tanto de la violencia, están al cabo de la calle. Ya no habrá marcha atrás. Por mucho que el Estado policial se empeñe, acabará estrellándose contra el muro de cuerpos y almas de la inmensa mayoría. Ese día, cuando, por fin, se abran las grandes alamedas por las que camine el hombre libre, está ya a la vuelta de la esquina...

lunes, 2 de julio de 2012

EL SUEÑO DE LA RAZÓN PRODUCE MONSTRUOS






Cuando el pintor Francisco de Goya y Lucientes inicia la serie de aguafuertes que llevarán el título de "Los Caprichos", que le ocuparán los años que van de 1793 a 1796, no puede ni tan siquiera intuir que está abriendo en la historia del arte una puerta a lo desconocido, al inconsciente, a lo que ningún pintor, hasta entonces, ha osado enfrentarse cuando se pone delante del papel o del lienzo. Pero es el que lleva el número 43, el que puede definir de manera elocuente lo que el artista trata de comunicar. El título garabateado sobre el lateral de la mesa, en la que dormita, no deja lugar a dudas: "El sueño de la razon produce monstruos." Con esta sentencia-reflexión, Goya se sitúa en la línea de lo que durante todo el siglo XVIII fue denominado en las distintas lenguas europeas como Lumières, Enlightenment, Aufklärung, Illuminismo o Ilustración. 

Ni el reinado de Carlos IV, más benigno que el de su sucesor, Fernando VII, ni algunos intentos liberales, como la Constitución de 1812, lograrán evitar que el país caiga en las tinieblas del obscurantismo. Los Borbones y, su aliada, la Inquisición, cerrarán a cal y canto la península ibérica a los influjos de la Revolución Francesa. El sueño de la razón empieza a materializar todos los monstruos posibles. La revolución burguesa jamás encontrará cobijo en el suelo patrio. A Francisco de Goya no le quedará más alternativa que el exilio. 

Una vieja historia que se repetirá muchas veces, que se sigue repitiendo ahora, en 2012, curiosamente, con un Borbón a la cabeza del país...


Mientras todo se precipita, mientras el Consejo de Ministros, desde el 26 de diciembre pasado, sigue dictando leyes y normas y sigue declarándonos la guerra a todos nosotros, la inteligencia colectiva musita y duerme profundamente.


Algunos viejos del lugar repiten una y otra vez, en pequeños corrillos, en cualquier parque, o en cualquier plaza, qué más tiene que pasar para que esto explote, para que la gente decida echarse a la calle y proclamar que hasta aquí hemos llegado. Certera y sabia pregunta que, sin embargo, no conlleva una clara y contundente respuesta.


Cuando el Estado Español ha saltado por los aires, haciendo dejación de sus más elementales principios de soberanía, permitiendo que entidades de carácter supranacional, nada representativas y menos democráticas, como la Unión Europea, el Banco Central Europeo, el Fondo Monetario Internacional, etc. etc., interfieran y dicten la política económica y social de España, nada más grave puede suceder ya desde la política. Nuestra llamada democracia ha dejado de serlo. Incluso, por si cabía alguna duda, meses atrás, se aprobó una reforma constitucional, bendecida por ese bipartidismo que consagra el modelo sobre el que está basada la transición, es decir el impedimento de volver a una experiencia democrática verdadera.


¿Qué más tiene que pasar? Que ese Estado vaciado de contenido ejerza lo único que le queda, y lo haga contra la soberanía ciudadana, contra la inmensa mayoría de sus componentes: la violencia en todos sus ámbitos. Y lo está haciendo. Reprime las manifestaciones espontáneas, las discusiones en las plazas. Reprime con fuerza, nocturnidad y alevosía, deteniendo a sindicalistas durante la pasada huelga general. Desahucia a las familias de sus casas. Recorta los servicios sanitarios, cerrando quirófanos y centros de asistencia, y deja de financiar fármacos que la mayoría de la población usa cotidianamente para enfermedades comunes. Deteriora la enseñanza pública, reduciendo drásticamente el profesorado. Instaura el despido libre y permite ejercer a las empresas la violencia en última instancia, arrojando a las tinieblas a los trabajadores, deteriorando y socavando la vida material y psicológica de millones de familias. Y por último, trata de modificar el código penal para meter en el saco del terrorismo y la violencia callejera a millones de ciudadanos pacíficos, que protestan contra todas estas medidas infames que destruyen la vida de las personas.


¿Qué más tiene que pasar? La pregunta rememora con fuerza los títulos de las estampas de los Caprichos o de los Desastres de la Guerra del pintor de Fuendetodos. Pero la estampa 43 de la primera serie citada nos persigue con insistencia. Como una sombra, nuestra propia sombra. Salgamos del sueño, utilicemos esa inteligencia general que nos hace libres. Dejemos de dar vueltas y vueltas sobre procedimientos formales. Avancemos hacia un Frente Común Único. Hagamos política de una vez por todas y salgamos de nuestro propio yo. Los monstruos están aquí.











UNA NOCHE EXTRAÑA




Hace frío en Madrid esta noche. Aunque el calendario se obstine en señalar que es primero de julio, esta noche hace falta algo más que un liviano jersey. No obstante, una riada humana avanza con determinación Castellana abajo. Enarbolan banderas al viento, que sopla de verdad, y la enseña nacional se hace con las calles.

Mientras me voy acercando hacia la Plaza de Cibeles, y el reguero de gente no para de crecer, una imagen acude a mi cabeza. Pero es una imagen que yo no he vivido en directo. Sí, la he visto cien, mil veces, en periódicos caducos, en antiguos noticiarios, porque pertenece ya a la historia; a una historia tan lejana en el tiempo y en el recuerdo que hace pensar que quizá nunca haya existido. Pero sí que existió, y sí que fue vivida por otras gentes de esta ciudad como un acontecimiento nuevo, importante, decisivo. Estoy pensando en aquel 14 de Abril de 1931, cuando una riada ingente de ciudadanos se precipitaba hacia Cibeles, hacia la Puerta del Sol, enarbolando banderas tricolores: rojo, amarillo y morado. Una buena mezcla de colores.

Como decía el pasado sábado el viejo abogado socialista, Joan Garcés, asesor del Presidente chileno Salvador Allende durante la breve experiencia del gobierno de la Unidad Popular en los primeros años Setenta del siglo XX, "los ciudadanos españoles fueron desposeídos de su soberanía en 1939, y dicha pérdida sigue vigente en la actualidad con la ley electoral en vigor, que penaliza el voto urbano y premia el voto rural, impidiendo así cualquier posibilidad de que se repita la experiencia de abril de 1931..."

Pero no nos dejemos poseer por cierta nostalgia política. Esta noche es diferente. Esta noche, la selección española de fútbol ha conseguido un hito histórico al ganar la Eurocopa de 2012. No sólo es importante esta victoria, sino que ella supone la tercera victoria consecutiva en grandes competiciones: la Eurocopa anterior, el Mundial, y esta nueva Eurocopa. Y ésto sí que lo he visto con mis propios ojos y oído con mis propios oídos. Y he sentido también en mi cuerpo los abrazos de desconocidos y desconocidas que en el paroxismo de la felicidad compartida se estrujaron contra mí y contra todos.

Y desde luego que es diferente, porque los titulares de todos los periódicos se han olvidado, por algunas horas, de la prima de riesgo, de la recesión, del rescate y de la crisis financiera.

La Plaza de la Diosa está a rebosar, no sólo, la Calle de Alcalá y la Gran Vía, cuya embocadura alcanzo a divisar, acompañan en esta inundación humana que sube y baja.

La arquitectura de ciertos edificios se me impone, no sólo desde un punto de vista estético, sino en lo que contemplo. El Banco de España, imponente, aparece solitario y abandonado. Me digo que, para nada, sería imposible entrar en él esta noche y jugar a decidir el destino del flujo del dinero. Si esta multitud así lo decidiera, sus puertas de hierro forjado no serían impenetrables. Pero sonrío, no sin cierto embarazo, cuando observo cómo dos chavales jóvenes, ni cortos ni perezosos, se han apostado contra esa muralla de hierro y descargan sus flujos de orín en la entrada principal sin importarles la irreverencia consumada a las puertas del poder financiero español. Al otro lado, iluminadas, aparecen las vidrieras de los años Veinte del siglo pasado, que exaltan el trabajo y el esfuerzo común, mientras un fondo geométrico y abstracto minimiza de manera brutal esa alegoría del trabajo.
Me susurro a mí mismo, de nuevo, que sería tan fácil, tan simple, entrar en esa mole financiera y poner el país patas arriba, que un cierto escalofrío, que no provoca el relente nocturno, recorre mi cuerpo.

Al otro lado, justo enfrente, el viejo Ministerio de la Guerra, como se llamaba en esa lejana época de la que hemos hablado antes, aparece brillante, iluminado por los racimos de globos de luz de su fachada. Y no, no está su viejo ocupante, el que fue después Presidente de la II República, D. Manuel Azaña. No bajará, esta fría noche, caminando, desde la cercana Calle de Serrano, a seguir tratando de construir, de poner en píe, un ejército profesional inmunizado contra el virus del pronunciamiento, del alzamiento. Eso, ya lo sabemos, fracasó y dio con los huesos de muchos españoles de bien en las cunetas y en los cementerios. Pero eso es ya historia, una fea y trágica historia.

Esta noche hay que festejar el hito futbolístico y no hay lugar para el recuerdo. Sí, me digo, no hay lugar para el recuerdo, pero hace apenas un año partía de la Plaza de la Diosa, dándole la espalda al viejo Palacio de Comunicaciones, travestido fatalmente en Ayuntamiento postmoderno, una manifestación de miles de personas que gritaban: " Qué no, qué no, qué no nos representan..." o "Lo llaman democracia y no lo es..." Y una pancarta, proclamaba insultante: "DEMOCRACIA REAL, YA". Y sé, que muchos de los que esta noche gritan: "Soy español, español, español..." también gritaron el 15 de Mayo de 2011 esas otras consignas e inundaron las calles del centro de Madrid con banderas tricolores. Y ocuparon con persistente tozudez el kilómetro cero de la capital: La Puerta del Sol.

Antes de entrar en el metro, aprovechando que la señora Botella todavía no lo ha cerrado antes de las campanadas de medianoche, contemplo en la lejanía el ángel que corona el edifico de Metrópolis, en el arranque de la Gran Vía, palabra vanguardista de resonancias expresionistas y cinematográficas. Y pienso que está a punto de echarse a volar...


miércoles, 6 de junio de 2012

LA ÚLTIMA CONCESIÓN POLÍTICA




El astro rey asoma en el horizonte y empieza a quedarse más tiempo del deseado. En realidad, parece que no declinará jamás. Es lo normal, está a punto de comenzar el estío, y en este país del sur de Europa sus bondades y sus estragos se hacen notar de manera más intensa que en las regiones septentrionales. Por ello, los moradores de este viejo país no soportan el calor. Cualquier otra cosa, si; pero el calor, no. Las draconianas medidas políticas atraviesan los cuerpos de los sujetos como afiladas hojas de afeitar. La vida económica, social y política es, en apariencia, tan insoportable que le lleva a uno a pensar que esto no puede durar demasiado. Pero se equivoca quien piense de este modo. Los grilletes aprietan muchísimo, pero se sigue caminando, incansablemente, infinitamente. La caída en el vacío del ángel materializa, para siempre, el grado cero de la derrota. Se soporta, mayoritariamente, con callada resignación, todo. Bueno, casi todo...
Por las mañanas, con ejemplar obediencia, se va al trabajo. Se desciende al infierno metropolitano, bajo tierra o en superficie, en veloces autobuses y en modernos trenes de fibra de vidrio. Sin embargo, no hay porqué preocuparse. Dentro de cualquiera de esos vehículos, máquinas destinadas al transporte de la masa trabajadora, el alivio es inmediato. Potentes aparatos refrigeradores transforman los cuerpos en estupendas frigovainas, como en el relato de Philip Dick. Aire acondicionado a tutiplén. Bienestar permanente para todos. El frío moderno como condición necesaria para poder producir, para poder morir. No importan las crisis, los recortes, las reducciones del gasto, la austeridad. Da igual, que el planeta se vaya a hacer gárgaras, pero a mí que no me toquen el aire acondicionado, faltaría más. Que no me dejen hablar, que no me dejen protestar, que no me dejen comer, que no me dejen vivir, pero...que me dejen helado. 

domingo, 27 de mayo de 2012

BAJO EL RÉGIMEN



Habría que haber parado el tiempo, quemarlo, destruirlo. Cuando el 15 de Mayo pasado, a las doce en punto, las manecillas del viejo reloj de la Puerta del Sol eran una sola, no deberían haber sonado, nunca más, las campanadas. Tendríamos que haber arrancado las lancetas y detener la cuenta, la sucesión de minutos subsumidos. Apoderarnos del tiempo, empezar a ganar la guerra. Pero nos conformamos con alzar los brazos al cielo y permitir que el reloj siguiera su cansina marcha.
Vivimos en una falsa democracia, en una oscura sociedad. Empezamos a pagar las consecuencias de no haber roto el hilo conductor del régimen fascista. Sí, de aquel que se consolidó durante décadas en nuestro país. Consecuencia de un golpe de estado fracasado y de un enfrentamiento a muerte que se saldó con la victoria de la canalla más odiosa y criminal que anidaba bajo el asfalto de las ciudades y, sobre todo, bajo el ocre de las tierras de España, el régimen conducido con mano firme por el general Franciso Franco sigue perdurando. Agazapado, desactivado temporalmente, como si de una célula durmiente se tratara, emerge  ahora glorioso. Se identifica y se detiene a la gente como antaño; como cuando el viejo general fascista ataba y volvía a atar una y otra vez a sus súbditos, a todos nosotros. Que un juez se atreva a condenar, en sentencia firme, a un año de cárcel, a un viejo sindicalista jubilado, por haber arrojado una botella de agua a un policía durante los piquetes de la pasada huelga general, nos sitúa en un escenario que no ofrece lugar a dudas. Cuando se detiene y se encarcela a sindicalistas, a gentes que se movilizan para defender sus derechos y libertades, y se hace incluso con nocturnidad, no se está diciendo otra cosa que lo que esas acciones representan. ¡Señores, se acabó lo que se daba! El partido popular, hermanado en tantas cosas con los viejos partidos fascistas de Acción Nacional o la C.E.D.A. de los años treinta, lo tiene claro. No va a permitir de ninguna de las maneras la menor muestra de oposición que enfrente su política económica y social. Se trata de reprimir, incluso, los más elementales derechos de expresión. Eso sí, la presidenta de la Comunidad de Madrid puede, de manera impune, un día sí y el otro también, emular al viejo político fascista Calvo Sotelo, lanzando sus andanadas anticonstitucionales y odiosas, sin que pase nada de nada.
Qué más de veinte personas no puedan reunirse, libremente, en plazas o calles, por no haberlo comunicado previamente, y depender de que la delegación del gobierno considere, o no, oportuno dicha reunión, es un ejemplo claro de que esto es un régimen y no una democracia. No por casualidad, la gente grita: "Lo llaman democracia y no lo es..." La constitución española de 1978 no es una constitución democrática. Sí lo era, y avanzada, la constitución republicana de 1931. Es necesario insistir en ello. Pero la oposición, a tanta arbitrariedad e infamia, en un Parlamento que tampoco representa a la mayoría de los ciudadanos, es mínima, débil y poco eficaz.
Sin precipitarse, pero sin pausa, o salimos a la calle a defender una democracia real que rompa los márgenes que establecieron los representantes del viejo régimen fascista, o pereceremos como ciudadanos libres. 

sábado, 12 de mayo de 2012

LO QUEREMOS TODO Y LO QUEREMOS AHORA





Ni onomásticas, ni aniversarios, ni celebraciones. El futuro y el mañana están aquí. Apropiémonos del presente y ganaremos la historia, nuestra historia, la única posible, la de los sujetos humanos que vivimos sobre el planeta, en las ciudades y pueblos de este viejo país del sur de un continente, el europeo, que quieren hacer naufragar unos y otros. En Italia, en Grecia, en Francia, en Alemania, en Irlanda, en Portugal, en Inglaterra, en España... Cuando hoy volvamos a salir a la calle gritaremos contra el capital y contra los políticos que lo representan. No queremos ni a Monti, ni a Merkel, ni a Passos Coelho, ni a Cameron, ni a Rajoy, ni siquiera a Hollande... Queremos destruirlo todo para construirlo todo. Ni viejos parlamentos, ni parlamentarios, ni instituciones que van contra las gentes, contra la vida.
Nuestra inteligencia, esa que emerge produciendo destellos a través de los meandros de nuestro cerebro, es la única guía posible en el oscuro laberinto en el que nos encontramos. No debemos escuchar los cantos de sirena de cualquier intento de mediación que no sea nuestra imposición colectiva, la de la mayoría absoluta que representamos los sujetos asalariados, parados, precarios, jóvenes, viejos, hombres, mujeres, niños, animales... "Atruena la razón en marcha...", y si se para, ya sabemos a lo que nos arriesgamos, "El sueño de la razón produce monstruos..."
Seamos, por fin, como el viejo filósofo judío español y no tengamos miedo ni confiemos en una esperanza estéril y mentirosa.
La guerra ha sido declarada contra todos nosotros por una ínfima minoría que luchará con todas sus fuerzas, y son muchas, para conservar y reproducir sus privilegios de antaño y de ahora. Pero nosotros somos muchos, la inmensa mayoría, la masa, ese concepto que llena y vacía todo al mismo tiempo. Seamos valientes de una vez por todas y pasemos por encima de gobiernos, policías y blindados. Destruyamos la ficción y conquistemos la realidad. Gritemos con todas nuestras fuerzas contra el trabajo asalariado, contra la dominación y la destrucción del planeta. Gritemos contra la guerra y dejemos de enfrentarnos entre nosotros. Venimos de las cuevas del paleolítico superior; somos aquellos que expresamos, por vez primera, la rabia y el desasosiego sobre las paredes desnudas y frías de las cavernas. Somos los desheredados de la tierra y vamos a por todo, aquí y ahora.

jueves, 19 de abril de 2012

EL 14 DE ABRIL Y EL REINO DE LA LOCURA




Bajo el cielo gris que cambia a cada instante y descarga una y otra vez su húmeda furia, mi pensamiento vuela hacia otro catorce, pero de hace muchos años. O quizás no tantos. Aunque mi cabeza pretenda situarse en aquel 14 de abril de 1931, también querría atrapar este presente que se diluye, sin remisión, en la más absoluta absurdez.
Vivimos una época poco reconfortante, aunque, con toda seguridad, se podría decir lo mismo de cualquier otro período histórico. Sin embargo, es posible afirmar que, en nuestros días, lo peor se ha instalado en todos los rincones de la sociedad. Y lo peor, no es otra cosa que la locura. El sentido, esa sutilísima línea que nos permite eludir el sueño de la razón que produce mosntruos, es ya una ilusión perdida. Me viene a la memoria el filósofo francés Michel Foucault. Aunque en los años sesenta, sus trabajos sobre la locura y la clínica tuvieron una gran repercusión, uno tiene la tentación de pensar que es justo ahora cuando se pueden verificar de forma clara, y absoluta, aquellas tésis. Sucedería con él algo similar a lo que le ocurrió a Marx con el conocido capítulo VI inédito, aunque, en este caso, fuese el propio autor quien decidiera eliminarlo del libro primero del capital. El Moro comprendió que dicho capítulo difícilmente podría ser entendido a la luz del capitalismo de finales del siglo XIX , donde aún no estaban dadas las condiciones objetivas para que entrara en escena la subsunción real del trabajo en el capital. Sin embargo, en el caso de Foucault, donde no se produce ese desgajo de algún capítulo de la obra, cuando él habla, por ejemplo, de la disciplina de los cuerpos, difícilmente en el modo de producción de los años sesenta podía entenderse qué demonios significaba eso de la disciplina de los cuerpos. Ahora, en cambio, sí. Cuando vivimos en la ficción permanente de pensar que las larguísimas jornadas laborales son necesarias para la producción de mercancías, cuando el tiempo de trabajo necesario para producir cualquier mercancía se ha reducido en terminos absolutos, entonces es cuando podemos entender de modo cabal que la prolongación de la jornada de trabajo en cualquier sector no tiene otra justificación que la explicación Foucaultiana de disciplinar los cuerpos de los sujetos productivos. Sólo disciplinando los cuerpos, y con ello, también los cerebros, se consigue una absoluta sumisión y obediencia a los dictados del mando capitalista.
¿Y la locura? La locura es la otra cara de la disciplinarización de los cuerpos. La inmaterialidad de las redes de comunicación, es decir, la imposibilidad de explicitar cara a cara los argumentos necesarios para el entendimiento, para el sentido.La aplicación de los protocolos en la red sanitaria, con los que también se impone el sin sentido a la hora de poder entender los porqués de una cierta política sanitaria. La aplicación de normas irracionales en la fijación de los criterios para los transportes de masas...Podríamos seguir poniendo un sinfín de ejemplos para explicar el por qué de una sociedad instalada en la más completa esquizofrenia.
Quedan ya tan lejos, e inalcanzables, aquellos viejos intelectuales que se sentaban en el Consejo de Ministros, afanándose, porque sabían de sobra que el tiempo se les iba de las manos, en reformar un país sumido en la miseria y en la superstición, que uno tendría la tentación de arrojar la toalla por la ventana. Pero no. Aquí todavía sobrevive una monarquía impuesta por el dictador y asesino africanista. Una democracia que no lo es. Y una ignorancia que atruena la razón en marcha. Vivimos una sesión contínua de la vieja dictadura que no acaba nunca, como los programas dobles que veíamos en los cines hace años y que podíamos repetir, una y otra vez, hasta que cerraran la sala.
La inteligencia colectiva que emergió el 15-M debe desalojar del poder a los energúmenos de la España de pandereta. El ancien régime y los hábitos dictatoriales deben ser arrojados al abismo. Si no lo hacemos, pronto, nos hundiremos como el perro de Goya y seremos arrastrados a las más negras tinieblas...

jueves, 5 de abril de 2012

POR EL PARQUE


La noche aparece tranquila. A pesar de que está anunciada esa fiesta de tradición anglosajona, contra nuestro Juan Tenorio, las calles que me llevan al parque no se llenan de un ruido especial. Justo en la entrada, nada más traspasar la verja, un grupo de máscaras se ha reunido. Seguramente darán con sus huesos en alguna de esas salas horteras donde sólo el alcohol, poco sexo, será capaz de ahuyentar, durante algún tiempo, escaso, con toda seguridad, los propios fantasmas...

Avanzo, ya dentro de los dominios del enorme parque, y estoy solo. No hay patinadores, ni ciclistas; ningún deportista exhibe esta noche, con nubes bajas incrustadas en el azul descolorido del cielo, sus cualidades más importantes. Nadie, ninguno, se interpone en mi caminar. Después de superar la ligera cuesta del Florida Park, una vez que comienza un suave descenso, observo delante de mí el infinito paseo de coches que parece perderse allá a lo lejos. Las líneas de sombras que las farolas dibujan sobre el asfalto refuerzan la sensación de inquietud. Me muevo dentro de un paisaje nocturno que parece un cuadro. Un cierto escalofrío recorre mi cuerpo. No me resulta difícil, aunque llevo puesto una especie de impermeable, notar cómo los pelos de mis brazos y piernas se erizan. Una mezcla de rara emoción y miedo hacen subir la producción de adrenalina.

Engullido por la masa oscura de los pinos y otras especies arbóreas sigo avanzando. En ciertos momentos veo, como si fuese un destello, la sombra de una figura humana que se pierde entre el espesor de los árboles con suma rapidez.

La negrura de los pinos se impone a la luz opaca de las farolas. Durante fracciones de pocos segundos aparecen iluminados, allá a lo lejos, lo que intuyo deben ser el Palacio de Cristal y el de Velázquez. Pero no estoy seguro, sólo sé que todo el escenario está completamente vacío y quieto. Sólo el sordo rumor, que me llega desde el lado izquierdo, a la altura de la Casa de Fieras, procedente del ir y venir de los coches, al otro lado de la verja, impiden que todo parezca una pesadilla.

Enfilo la avenida donde, al fondo, emerge oscura la figura del ángel caído. Nadie se interpone entré él y yo. A la derecha, una espesura, negra y profunda, me tienta a perderme dentro de ella. Aunque sé muy bien que jamás sería capaz de hacer tal cosa. El miedo, como una sombra perenne, se impone siempre ante el atrevimiento de un fugaz pensamiento desestabilizador.

De pie, delante de ese ángel que siempre cae, derrotado y vencido, como todos nosotros, la noche me pertenece. Doy vueltas alrededor de esa figura inestable que se alza frente a un enorme árbol que amarillea oscuro a la luz de una farola. Luego, algo aturdido por el paseo, doy con mis huesos en uno de los veladores y reposo durante unos minutos que me parecen eternos. Un sinfín de pensamientos, o quizás no tantos, aletean dentro de mi cerebro. Sin embargo, para mi propia alegría, prevalece el instante del cuarteto de cuerda del último acto de "La Flauta Mágica" del más grande de todos los compositores, Wolfgang Amadeus. Y esa música, única y enormemente humana, disuelve el lado oscuro del corazón.

domingo, 1 de abril de 2012

ESTACIÓN DE LAS DELICIAS



Dejando atrás la espléndida cubierta de hierro y cristal de la estación del Mediodía, descendemos hacia el Paseo de las Delicias. Cuando la pendiente nos traga, fuera ya de la agitación de la glorieta del Emperador Carlos V, en el lado izquierdo, aparecen de improviso los restos de las puertas de hierro forjado rematadas, todavía, por los antiguos pebeteros  que antaño alumbraron, a la luz de gas, a los atrevidos viajeros que embarcaban en el Lusitania Express camino de la más decadente de las ciudades de Europa, Lisboa.
Traspasado el umbral, una suave bajada, en ligera curva, empedrada de adoquines, enmarcada, en alguno de sus tramos, por la antigua valla que une los viejos mojones de ladrillo decorados en su interior por la cerámica azulada de Talavera, nos lleva a darnos de bruces con un nefasto edificio que oculta lo que está a punto de aparecerse ante nuestros ojos.
¡Ahí está! El triángulo de hierro fundido y cristal apabulla por su extrema simplicidad. La obscuridad de sus vidrieras, que apenas transparentan una cierta luz iridiada procedente del declinar de la tarde, se impone. Nadie, absolutamente nadie, cuyo cerebro siga emitiendo transmisiones neuronales, puede permanecer indiferente ante la contemplación de esa fachada negra y elegante.
Apartada de la vista general que otrora contemplaban los viandantes que subían y bajaban por el Paseo de las Delicias, la ajada dama opaca se esconde tras la mediocre arquitectura que la salvaguarda de las peores intenciones. Como si la historia hubiera pasado de largo, sin pretender ni tan siquiera rozarla, permanece impasible y segura ante los flujos del peor mal gusto que sacudieron la ciudad, una vez derrotada y mancillada por los insolentes asesinos de la inteligencia. Pero aunque el tiempo pudiera explicarse diciendo que es una sucesión de cadáveres, el arte que emana de la profundidad de su estructura desbarata a cada mirada esa pobre explicación.
Como el cuadrado negro de Malévich, la contemplación de esta fachada inquieta el alma y el pensamiento. Como en la pintura del suprematista, la luz es tragada por el cero absoluto. Algo, que a ciencia cierta no comprendemos, nos impide traspasar el umbral de su estructura. No lo haremos.
"Y sí haremos, pues estamos en mundo tan singular, que el vivir es sólo soñar; y la experiencia me enseña que el hombre que vive sueña lo que es, hasta despertar. [...] Yo sueño que estoy aquí, de esas prisiones cargado, y soñé que en otro estado más lisonjero me vi. ¿Qué es la vida? Un frenesí. ¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra, una ficción, y el mayor bien es pequeño; que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son."

Calderón de la Barca, La vida es sueño
LA CIUDAD DE LAS TELAS DE ARAÑA




Asomados sobre el río azul, profundo, los ojos se nublan ante el inagotable espejo de miles de hilos de plata secados por el sol.
El zigzag vertiginoso de la ciudad impenetrable nos descubre sus torres y murallas cubiertas de dianas transparentes, finísimas.
Frente a esa arquitectura de líneas apuradas y claras, donde el oro resplandece sin cegarnos. Frente al color intenso, pero atenuado, de mil gamas diferentes, la veladura translúcida y levemente pegajosa de las telas de araña.
Ciudad vieja y rescatada del olvido de los tiempos. Puentes, de piedra y de hierro, poderosos. Laberinto enmarañado de iglesias y palacios como ensoñación verdadera. Luz límpida y opaca que recubre de pátina heróica el atardecer obscuro. Noche silenciosa que renace entre silbidos lejanos que se pierden en el trazado caprichoso de escaleras y castillos que emergen como espectros de un pasado confundido.
Y a la luz, amarillenta, de las farolas enmohecidas, la opalescencia plateada de las telarañas devoradas por nubes compactas de insectos insaciables y aturdidos.
UNA CASA




Portal oscuro de decoración disgustosa que esconde la alucinación. Corredores que giran y serpentean en un laberinto sin salida. Ir y venir de gentes sin patrias que se entienden sin palabras. Gritos y aullidos que expantan el tiempo de la reflexión. Vida y muerte que alumbran las fachadas de ventanas que transparentan un mundo. Lucidez y locura pelean a a muerte en el patio que se abre. El azul es un cuadrado que construye líneas infinitas
POSMODERNO




Seres perfectos y pulidos avanzan seguros en la noche que decide. Antros que son decorados de precisión milimétrica. Todo resplandece y se ilumina en la blandura simulada. Cuerpos de hormonas que explotan apretados en plexiglás de diseño. Discursos sin palabras que ansían tocarlo todo. Amargura reprimida de soliloquios onanistas. Ostentación inútil en espacios trucados. Aceptación del horizonte como único sentido. Violencia gratuita que encubre la frustración de un siglo.

viernes, 23 de marzo de 2012

EL SUEÑO NEGRO



Una estructura de hierro oxidado invade mi mente. Enorme como un pájaro de alas grandes y extendidas.
Camino por las calles de una ciudad que se me impone extraña. Apenas reconozco algo. No entiendo la lengua en la que están escritas las palabras que envuelven esta ola que va y viene.
La angustia me aprieta suavemente la garganta y rodea con sus brazos mi cintura temblorosa.
La luz no existe. Un gris espesísimo, como humo denso de hogueras lejanas, me agita y me espanta. No me reconozco y no me siento dentro de mi huidizo cuerpo. No sé qué es lo que estoy haciendo aquí. Una fuerza ajena, que persevera machaconamente, me sujeta hasta el punto de inmovilizarme totalmente.
Ya casi no hablo. Sólo los gestos, desesperados e inciertos, de mi cara alumbran la locura desde donde contemplo ¿la vida?
Confusas imágenes de un extremo erotismo inalcanzable latiguean mi memoria que naufraga desconsoladamente.
El aire se esfuma por momentos y un calor seco, que se adhiere con fuerza a mi figura, derrite los pensamientos.
Una sombra nocturan con forma amorosa no consuela del todo la desesperación y las ganas de pararme.
Quisiera despertar. Pero estoy despierto. Sólo trato de no agitar demasiado el veneno que me consume.
La risa se transforma en un fantasma doloroso.
El eco lejano de las notas de una ópera trágica casi me devuelve al otro lado del espejo, pero se disuelve en mis oídos incapacitados, y me doy de bruces contra el cristal.
  

miércoles, 21 de marzo de 2012


VACIADOR 34




Las luces de la ciudad se mezclan con el apagarse de la tarde que estalla, abriendo cientos de fisuras de colores, en el cielo azul de todos los días.El tono amarillento de las tiendas y locales contrasta con los blancos y grises de la arquitectura que recorta los edificios que encuadran toda la ciudad.El metro serpentea con cierta languidez que en nada asemeja a la pesadez de los vagones. A esa hora de la tarde, sábado, una cierta mezcla de anónimos y anodinos pasajeros inundan los trenes. Todavía no ha llegado la hora en que todo se transforme en un cabaret de cuerpos atrevidos y posturas extremas. Eso sucederá más tarde.

Desciendo en Oporto, nombre que hace pensar durante unos pocos segundos en la ciudad portuguesa de innumerables puentes. Pero no, estamos en la parte alta de Madrid, más allá de todo. Hemos dejado atrás los barrios elegantes, las calles céntricas y la historia de la capital; y hemos atravesado el río. Ahora, volviendo la vista hacia atrás, observo que, allá abajo, a lo lejos, se levantan columnas de humo que atraviesan los últimos fulgores del azul cobalto del firmamento.No sé muy bien adónde me encamino. Hace tiempo que no transito esta parte de la ciudad que en otros tiempos me era tan cercana por razones que sería muy aburrido explicar ahora.Llevo anotado el nombre de una calle que me resulta desconocida por completo. Y un nombre que no he necesitado apuntar en ninguna libreta: VACIADOR 34. Esa composición alfanumérica recorre y juguetea entre mis neuronas desde hace ya algunas semanas. Aunque todo empezara aquella noche, en la plaza de Jacinto Benavente, cuando aparezco y me encuentro con una asamblea espontánea que discute, que discutimos, sobre la hermosa posibilidad de entrar en el abandonado Teatro Albéniz. Gentes entrelazadas, unas con otras, donde la cronología no tiene el más mínimo interés. Hombres y mujeres que muy rápidamente, en un flash de pocos segundos, se han olvidado de viejas categorías y hablan con osadía, y sin el más mínimo respeto por la autoridad, de lo común, comunal o comunitario.
Quizás esa noche, es una noche especial. Tal vez el componente artístico que podría explicar la composición de la mayoría de los sujetos que vociferan apasionadamente hace que sea así. Antes de abandonar, vencido por el frío otoñal que penetra hasta mis huesos, me dirijo a la jovencísima moderadora de la asamblea cuya sonrisa no ha dejado de seducirme cada vez que he pedido la palabra y ella me ha autorizado a tomarla. Le dejo mi número de teléfono porque estoy interesado, están a punto de formarse las comisiones de trabajo que gestionarán todo lo que hemos estado discutiendo durante algunas horas, en formar parte de alguna de ellas. Rocío, dice que se llama; me gusta ese nombre.
Mientras regreso, emocionado como siempre que me encuentro con situaciones que rompen la aburrida certidumbre de una sociedad que ni siquiera, como otrora, podría calificarse de burguesa, sino más bien de depredadora de sueños y destructora de vida en todos sus sentidos, repaso en mi cabeza el momento justo en el que le he ido diciendo, a Rocío, uno a uno los números de mi teléfono. Y lo hago con la desazón de saber que no sería la primera vez que, embriagado por la pasión del instante, cometiera un error a la hora de declamar los dichosos numeritos.
Emoción, pasión, palabras que podrían explicar mi actitud frente a la vida en los últimos meses. Aunque una buena amiga diga de mí que me emociono con demasiada facilidad y con poca cosa. Pero esa sería otra historia, y no procede que sea contada ahora.

Algunos días después de esa noche asamblearia, recibo un sms de la joven moderadora, en mi teléfono, en el que se me convoca a una reunión de la comisión de comunicación en una de las habitaciones del viejo Hotel Madrid, ocupado desde hace pocos días y que comunica interiormente con el Teatro Albéniz. Deduzco que será esa la comisión a la que ella, libremente, me habrá apuntado. Cuando penetro en el hotel los pasillos, forrados de moqueta, hacen que por unos instantes mi mente vague hacia otro hotel, el Overlook. Pero aunque el Hotel Madrid lleve cerrado ya varios años, ningún fantasma, a tenor de lo que cuentan sus nuevos inquilinos, se materializa por las noches. Aunque la reunión de comunicación, con mayoría femenina, resulta interesante, sobre todo por la presencia de una especie de poetisa naif de una indeterminada sensualidad que parece siempre allende la realidad, lo más divertido está aún por llegar.
La amenaza de lluvia y el incipiente fresco del otoño nos han hecho abandonar la Plaza de Jacinto Benavente por las acogedoras habitaciones del hotel. En apenas unos pocos minutos la habitación 408, con moqueta de un cierto color rojo apagado por el paso de los años, empieza a llenarse de gente. En medio del grupo que rodea la estancia, sentados o tirados por el suelo de manera harto informal, me parece reconocer unos ojos profundos que insinúan una cierta sonrisa que me lleva a la otra noche. Lleva el mismo sombrero con el que poder ocultar su oscura cabellera. Cuando ella habla y yo hablo, me dirijo y hago alusión a lo que Rocío ha dicho o acaba de decir. Una y otra vez sucede la misma cosa; pero en ningún caso deja de darse por aludida. Una vez que la reunión ha terminado y nos dirigimos, escaleras abajo, hacia el exterior, mi sorpresa es mayúscula. Delante de la entrada, llena de dazibaos y de reclamos dibujados sobre el papel, me dirijo a Rocío y ella, estallando en una enorme carcajada, me responde: “No soy Rocío, soy Candela…” A lo que yo respondo diciendo: “Pero si me he tirado toda la asamblea llamándote Rocío y nunca me has corregido, ¿cómo es posible?” Más y más risas. “¿Pero eres tú, no?, llevas el mismo sombrero de la otra noche y tus ojos son esos ojos que me miraban desde tu posición de moderadora…” Se quita el sombrero y aparece una larga melena que para nada recuerda el pelo corto que asomaba debajo del ala trasera del sombrero la noche de Jacinto Benavente. Después me explica que no quiso desdecirme, cada vez que me dirigía a ella llamándola Rocío, porque sabía perfectamente el por qué de mi confusión. En realidad, todo era más simple de lo que uno pueda haber imaginado. Rocío y Candela, o Candela y Rocío, son dos hermanas gemelas como dos gotas de agua y caer en la trampa es la cosa más sencilla del mundo.
Cuando vuelvo a casa, escribo un mensaje al supuesto teléfono de Rocío, sin saber, ahora, si es el suyo o no, pidiéndole su mail porque quería contarle el equívoco divertido que me había sucedido. Una vez que tengo en mi poder la dirección virtual deseada, me explayo en la historia y nos reímos juntos, aunque siempre informáticamente.

Pasados algunos días, me encuentro un correo en la bandeja de entrada de mi mail invitándome a un evento jazzístico. El nombre del local no deja de llamarme la atención: VACIADOR 34. Enseguida decido que acudiré a esa cita tan sugestiva, como mínimo por el nombre del lugar.


Estoy ya en la calle, que bordea un minúsculo parquecito, y debo avanzar hasta el número 34 con el que parece estar relacionado el enigmático nombre. La oscuridad ha ganado la batalla a la luz. Las farolas emiten una luz anaranjada que se impone a la noche como en el “Imperio de las luces” de Magritte. Una cierta inquietud mezclada con un escalofrío sacude mi fisicidad mientras sigo caminando. Enseguida me detengo frente a un portal de arquitectura industrial, de hierro y cristal, y alzo la vista. Allí está, un rótulo rectangular encuadra el frontispicio: VACIADOR 34. “Por fin he llegado”, me digo suspirando profundamente.
El hueco de la escalera es claro y geométrico. Comienzo a ascender los empinados peldaños dejando atrás alguna puerta con letreros que parecen hacer referencia a algún tipo de secta religiosa. En el penúltimo piso, frente a un portón de metal, pintado de gris como toda la barandilla de la escalera, hundo mi dedo índice hasta sentir el chirriar de un timbre que suena a cascado. Se abre la puerta y aparece Candela-Rocío, porque además, ese es el binomio virtual tras el cual se esconde el espacio con el que estoy a punto de darme de bruces.
¿Quién soy?, me interpela la joven. Y yo, con cierta ingenuidad le respondo: “Rocío”. Risas y más risas. “No, no, te has vuelto a confundir”. “Pero…no dijimos que el pelo corto…” De nuevo risas. “Soy Candela, es que me acabo de cortar el pelo, bueno yo diría más bien rasurar la melena”. Y según la observo pienso que lleva toda la razón, porque con la melena que vi la otra noche delante del Hotel, es acertado lo de rasurar.
Mientras voy adentrándome en el local, no dejo de pensar en el corte que me he llevado otra vez. Estoy seguro que volvería a confundirme, por lo menos otras cincuenta veces.
Ya dentro, me encuentro con caras conocidas. Por supuesto Rocío, aunque hay más de una con ese mismo nombre, que me abraza con enorme cariño igual que a la entrada acaba de hacer su hermana gemela. Veo también a Salva, con su pelo alborotado y barba característica. A Lara, de delicada y suave sonrisa, que se mueve como si flotase sobre el pavimento. A Luis, que suele comandar las asambleas en el hotel. Al gran Juma, con sus gafas de intelectual, que sigo teniendo por un arquitecto u artista de cualquier índole y que descubriré un día, aunque no esta noche, esta primera noche, que es, nada más y nada menos, que un avezado psicólogo. A Raquel, una especie de anarquista de cabaret, ataviada siempre con faldas y medias de rayas y de colores, y unos ojos negros y profundos que sugieren la más fuerte sensualidad. Y alguien más que seguro que se me escapa en este primer avistamiento que estoy realizando. Pero todos, y cada uno de ellos, mis amigos dadaístas, como  a mí me gusta llamarlos.

El espacio, que ellos mismos gestionan, autogestionado como proclama su propia propaganda, y con precio libre a la hora de consumir la bebida y lo que cocinan con afán de gourmet, es impresionante. Antiguo local dedicado a tareas industriales, este grupo iconoclasta y radical, de chicos y chicas, ha modelado con sus manos y con su espíritu un espacio que han transformado en un paraíso vanguardista. Porque, sin apenas esfuerzo de abstracción, se diría que uno está en cualquier metrópoli europea, pero no en la capital de eso que, a través de los años, se ha llamado España.
Ambiente diáfano, paredes blancas y suelo de tarima, uno puede dormir en él el sueño de la razón sin temor a  que se produzcan monstruos. Sala de trabajo, estancias privadas para los miembros de la comunidad dadaísta que dejan transcurrir la vida sin ponerle zancadillas. Y la sala insonorizada para hacer música. Piano, batería, saxo y guitarra eléctrica que unas y otros acarician hasta arrancarles el orgasmo necesario.
Son artistas autodidactas que avanzan sin miedo y sin esperanza. Me emociona visionar la filmación sobre VACIADOR 34 que ellos mismos han producido. En él, una actriz argentina, miembro de la troupe, embutida en una malla azul que acentúa y remarca su sexualidad, se mueve como una serpiente a través del hueco de la escalera y entra como un rayo en el espacio gritando: VACIADOR, VACIADOR, VACIADOR…
Pero esta noche, en medio del humo que exhalan los cigarrillos de todo tipo que succionan con evidente voracidad, la música se impone por momentos. Un cuarteto de Jazz improvisa y crea sonidos que hacen desvanecer los fantasmas dolorosos de la existencia.
En un cierto momento, todo se detiene, como de repente, ante un semáforo en rojo. Al otro lado de la puerta, una legión de policías intenta transgredir y violar la puerta de entrada a VACIADOR 34. Es una apuesta decisiva; si el orden penetrase el espacio dadaísta todo se podría ir al carajo. No llega al año que la libertad ha inundado este espacio madrileño.

Al final todo acaba bien, y la pasma, con sus celulares, vuelve sobre sus pasos. Tal vez una noche, aburrida e inocua, los ha hecho salir de las alcantarillas.
La música vuelve a ensordecernos y el humo, que va a acabar conmigo, se puede cortar con una navaja de afeitar.
Más tarde, cuando los ecos del Jazz en vivo se han apagado y alguno se ocupa de pinchar músicas de todo tipo, los corrillos de una y mil conversaciones inundan los diversos rincones de VACIADOR. En ese trasiego de voces y palabras aparece mi amiga, esa que suele decir que me emociono demasiado y con poca cosa. Pero ha llegado tarde, muy tarde, demasiado tarde. Y aunque trato de explicarle el descubrimiento que he hecho, no parece estar del todo de acuerdo conmigo. ¿Seré yo también, sin saberlo, un dadaísta?

Ya de madrugada abandono VACIADOR 34, con la seguridad de haber estado en un lugar que, aún a sabiendas de estar en Madrid, me sabe a mucho más. Me viene, entonces, a la cabeza, la fuerte impresión que me produjo la primera vez que penetré en la pequeña y fascinante coctelería “Le Cock”. Sí, estaba en Madrid, pero dentro de sus muros, podía uno imaginarse que estaba en New York, en Londres, en París, en Bruselas, en Praga o en Budapest. Era la certeza de saber que en mi País, en mi ciudad, en otra época, en otros tiempos, con otras gentes, la vida fue diferente.
Ahora, la calle desierta, se impone de manera más absorbente sobre mis pensamientos. La luz anaranjada y opaca de las farolas penetra a través de mis pupilas registrando un cuadro dentro de un cuadro.
Dentro del taxi que me conduce, a gran velocidad, hacia mi domicilio de residencia, en otra parte de la ciudad, los edificios son tragados como en un travelling. Medio somnoliento, o, quizás, más despierto y lúcido que nunca, un grito ahogado dentro de mi boca se abre paso, aunque sólo yo pueda oírlo. Siempre nos quedará VACIADOR 34.

Jesús Marchante                                                                                  

     

   

  






sábado, 10 de marzo de 2012


RESISTIR ES VIVIR



El tiempo de la ofensiva se aleja en el horizonte, mientras tanto debemos resistir. Resistir no es un deber ni una obligación, resistir es la otra cara de la moneda de la vida.
El capitalismo de principios del siglo XXI saborea ensimismado su pírrica victoria: la destrucción del planeta que nos cobija y la desaparición de enormes masas de potenciales consumidores de sus mercancías.
Teorizar, como algunos pretenden y proclaman, que la lucha de clases pertenece a la época de la Revolución Industrial, cuando la débil fuerza de trabajo era explotada en la cadena de montaje universal y envenenada con sucedáneos de alimentos aderezados con toda diversidad de insectos, es negar la realidad fortísima de la vida misma.
La maravilla del mundo postmoderno es esta: Ocultar la materialidad para hacer emerger la virtualidad, el artificio, lo aparente, lo falso, y hacer de la inercia virtud.
El mundo es un escaparate, repleto de humo negro, donde los seres humanos no pueden reconocerse.
Frente a la manipulación y distorsión mediática que nos muestra sólo aquello que es necesario para generar confusión y desconcierto, se alza como una torre medieval el señuelo de un espacio libre virtual. En él, se nos permite desarrollar juegos y estrategias consoladoras que nos alejan del mundo real de la subsunción, de una explotación que alcanza los últimos confines del sujeto humano con prácticas refinadas y sutiles.
Es ahí donde se juega la partida de la última esperanza de individualidad, es ahí donde las subjetividades intentan romper la cadena de montaje de la obediencia y la sumisión

Jesús Marchante                                                                   Junio 2010

jueves, 8 de marzo de 2012


UNA LUZ DE CRISTAL











Los diseños de cristal de los Años Veinte y Treinta del siglo XX suponen un intento estético de superación del horizonte de la muerte…

Lalique, Muller Freres, Hunebelle, Deguè, Sabino, Etling, Brandt, Verlys, Daum, Baccarat… La pureza de líneas y la intensidad de los objetos de estos maestros del vidrio se contraponen a la blandura de la oscuridad.

Cuando una lámpara de cristal opalescente se ilumina, la transparencia azulada y melada reconstruye el mundo que zozobra. Los vasos de vidrio blanco perspicuo o mate irradian y captan el lado puro de la vida.

Aunque algunos artistas como: Lalique,  Muller Freres o Daum han hecho la experiencia del Art Nouveau, Liberty o Jugendstil, todavía ligada a la percepción romántica e idealista de la vida, bajo la consideración de una civilización madura culturalmente, cuando confluyen con los artistas que eclosionan al inicio de 1920 sus diseños cambian radicalmente.

La experiencia de la gran guerra de 1914-1918, y debido a ella el darse de bruces contra la muerte, ha hecho saltar salvajemente el decorado floral y sinuoso del Arte Nuevo, haciendo naufragar la idea de progreso humano continuo.

La exposición Internacional de las Artes Decorativas de París de 1925, supone la consolidación de una concepción de la geometría y la transparencia desconocidas hasta ese momento. Los vidrios del período 1925-1939, se sitúan en esa línea de fuerza que representa el Art Déco, que se verá truncada al final de la segunda guerra…





Dos siglos antes, en la primavera-verano del año 1788, un abandonado, y prácticamente olvidado por sus contemporáneos, compositor salzburgués, de nombre Wolfgang Amadeus, ha terminado de componer la última de sus sinfonías, la número 41. Su tercer y definitivo movimiento anticipa de modo brutal la estética de los años veinte del siglo que lleva ese mismo nombre.

La rapidez y ligereza del movimiento proviene, sin lugar a dudas, de un fondo geométrico y transparente. Como sucederá con el diseño del cristal de esos años, las líneas se perfilan con fuerza y elegancia, desencadenando un haz de luz opalescente que alumbra la estancia. La música mozartiana traduce la felicidad de la conquista de la vida frente a la muerte que acecha siempre. La insistencia en el modo “molto allegro” es el intento para no ser atrapado por el fantasma doloroso y abstracto del no ser nunca más… Pero como los maestros del vidrio, Mozart se despide del mundo con un grito de vida, la luz, contra las tinieblas y la noche.

Jesús Marchante                                                                   Junio2010

domingo, 4 de marzo de 2012


SIN MIEDO Y SIN ESPERANZA
EL MAYO ESPAÑOL

Aunque los rayos del sol, que emerge de su letargo con lentitud, parecen inundar de amarillo los edificios de la ciudad, una sensación grisácea invade los espíritus de los sujetos que pueblan todos sus rincones.
Las crisis capitalistas enajenan el entendimiento, y el horizonte, desde el que se alzan columnas de humo, apenas es reconocible.
Un silencio quieto, como en la escena del Moliere de Ariane Mnouchkine, antes de que las calles se vean atronadas por la invasión del carnaval, acompaña nuestras vidas y todo sucede en un abrir y cerrar de ojos.
Indignados, insumisos, desobedientes, hombres, mujeres, animales, todos gritan al unísono: ¡Democracia Real ya!
Mientras la noche avanza y los cuerpos represivos han hecho lo único que saben hacer, detener la fuerza de la razón en marcha, algunas avanzadillas empiezan a instalarse en la madrileña Puerta del Sol. A la luz de una luna recién esmaltada, la plaza aparece más clara y limpia que nunca. Un cierto ajetreo distrae las campanadas del reloj del antiguo edificio de correos. La noche lo invade todo y parece que hay que ir pensando en reposar y cerrar los ojos, sólo algunas horas antes de que el azul oscuro y profundo se transmute en el amanecer de un día cualquiera.
La inmaterialidad, lo que no se toca ni puede olerse, las redes sociales, Internet y todo lo demás, han operado la maravilla: La Revolución empieza a desplegar, con pausada calma, sus alas frente a la mirada incrédula de propios y extraños.
Los días se suceden; una marea humana, demasiado humana, inunda y atraviesa la puerta del Sol, día, tarde y noche. Las plazas cercanas: la de Jacinto Benavente y la del Carmen se pueblan de corros y más corros, en asambleas improvisadas que se van llenando de ciudadanos que usan sin complejos el espacio público y común. “Política de corto y largo alcance”, “Economía”, “Medio Ambiente”, “Educación y cultura”, “Pensamiento”…Viejas palabras que, de repente, a la luz del Mayo madrileño, se reinventan y proponen nuevas incisiones en el acero del poder. Una y mil asambleas donde todos aprendemos a organizarnos sin la mirada atenta del maestro.
“Un fantasma recorre…”, ¡No!, me digo, lo que acaba de estallar no está aún escrito en ningún manual. Lo que las gentes de mi ciudad y, cada día, más ciudades que se van incorporando, están creando cada nuevo minuto que un reloj imaginario marca en algún lugar de la historia, es algo que no hemos visto hasta ahora. Se escribe sobre los muros y sobre carteles improvisados que lo inundan todo de precarios dazibaos: “Si no nos dejáis soñar, no os dejaremos dormir”, “Abajo el valor de cambio”, “Nos regalan miedo para vendernos seguridad”.
La naturaleza no construye ninguna máquina, ni barcos, ni aviones, ni cohetes espaciales, ni ordenadores, ni teléfonos móviles… Son productos de la industria humana; materia natural, transformada en órganos de la voluntad humana sobre la naturaleza. Son órganos del cerebro humano creados por la mano humana. El saber social general, el conocimiento, se ha convertido en fuerza productiva inmediata. Lo que el Moro de Londres había intuido mucho tiempo atrás, se materializa ante nuestra incrédula mirada. “Lo queremos todo y lo queremos ahora…” gritamos con fuerza en medio de la asamblea general, bajo el sol poderoso de finales de Mayo.
No queremos dinero, ni Bancos, ni Banqueros, ni Parlamento, ni políticos que sólo se representan a ellos mismos. “¡Que no, que no nos representan!”. La democracia la hacemos nosotros, con nuestras propias manos, con nuestro propio intelecto.
La Revolución se extiende como la pólvora: Barrios y pueblos se unen al coro unánime de: “Abajo la tiranía”, “Democracia real ya”. La sabiduría de las gentes, sin distinción de edades, género o color de la piel, se impone sobre la pesadez aburrida del Yo. Las certidumbres aprendidas o inducidas, se disuelven como un azucarillo.
Casi sin apenas tiempo de intuirlo, París, Bruselas, Berlín, Turín y Roma, se encienden en el cielo infinito europeo.
En un lateral de la plaza, en una de sus geometrías, donde tantos años atrás un cartel de propaganda electoral exhibía a Gil Robles, el Jefe Supremo de la C.E.D.A., al lado de tanques y obuses con el lema: “¡Estos son mis poderes!”, aparecemos ahora con los brazos en alto y las palmas de las manos extendidas exclamando: “¡Éstas son nuestras armas!”
Se ha roto el mecanismo diabólico del binomio pregunta - respuesta. La realidad sucede aquí, la ficción está en los mass media que naufragan, mientras tratan torpemente de filmar lo imposible.
Me viene a la cabeza la imagen de aquel judío, de origen español, Baruch de Espinosa, anómalo y subversivo, que sentó las bases de una ética humana sin concesiones a la ilusión. Ser libres para ser quienes somos, seres dotados de entendimiento, y despojarnos del miedo y la esperanza como productores de sometimiento.
Con absoluta seguridad, nada volverá a ser como antes, estos días del Mayo revolucionario son también los de nuestra educación sentimental.
En el momento en que las dos manecillas, de la esfera blanca satinada del reloj de la Puerta del Sol, se superponen y son una sola, a esa hora en la que el tiempo parece detenerse por unos instantes, un silencio que es estruendo invade la plaza y sus aledaños. Miles de manos hacia el cielo, como flechas en el azul, anuncian el nacimiento de un nuevo día. Debajo del reloj, el largo balcón que otrora, en aquel abril mágico de 1931, se llenara de gente inteligente que boquiabierta contemplaba la llegada a raudales de gentes atravesadas por el entusiasmo.
Después, como los mimos ruidosos de la escena final de “Blow up”, la película de Antonioni, jugamos en silencio la partida que decide nuestras vidas, y cuando la pelota sale al otro lado de la valla, todos miramos, y esperamos durante unos instantes, que alguien devuelva la pelota al terreno de juego. Pero sobre el asfalto mojado y oscuro no hay nadie para recogerla.
Jesús Marchante
Mayo 2011

RECONSTRUIREMOS EL AZUL SOBRE LOS RESTOS DE LA TORMENTA : 

MANIFIESTO POLÍTICO PARA EL 15-M


                                                                  Al Moro, a quien nunca agradeceremos suficientemente las miles de horas que pasó en el British Museum para alumbrarnos en la negrura capitalista.


                                                                  Al mio caro amico Mauro Anastasi, che se fosse stato qui oggi avrebbe sicuramente criticato, con benevolenza, queste mie chimere.


Un nuevo fantasma recorre Europa: es el fantasma del General Intellect, de la Inteligencia General. Merkel, Sarkozy, Trichet, las grandes Corporaciones Bancarias, el Fondo Monetario Internacional y las Agencias de Rating se han aliado para detener la emergencia de este fantasma.

El orden capitalista ha reducido cualquier tipo de dignidad humana al valor de cambio. Ha situado, frente a cualquier tipo de ilusión de libertad, una única y desalmada libertad de comercio. En una palabra, ha sustituido la vieja explotación, disfrazada de ilusiones religiosas, sentimentales y políticas, por la subsunción total y absoluta del sujeto humano a los intereses de la voracidad capitalista.

No obstante todo ello, cabe afirmar que en las sociedades actuales capitalistas avanzadas se vive una ficción. Es una quimera hacernos creer que son necesarias tantas horas de trabajo para producir una mercancía cualquiera. “El robo de tiempo de trabajo ajeno sobre el que descansa la riqueza actual, se presenta como una base miserable frente a esta base recién desarrollada, creada por la misma gran industria. Tan pronto como el trabajo en forma inmediata ha dejado de ser la gran fuente de la riqueza, el tiempo de trabajo deja y tiene que dejar de ser su medida y, en consecuencia, el valor de cambio tiene que dejar de ser la medida del valor de uso. El plustrabajo de la masa ha dejado de ser condición para el desarrollo de la riqueza general, así como también el no-trabajo de los pocos ha dejado de ser condición para el desarrollo de las fuerzas generales del cerebro humano. Con ello se derrumba la producción basada sobre el valor de cambio, y el proceso de producción material inmediato pierde la forma de la miseria y el antagonismo. Aquí entra entonces el desarrollo de los individuos, y por lo tanto, la reducción del tiempo de trabajo necesario no para crear plustrabajo, sino la reducción en general del trabajo necesario de la sociedad a un mínimo, al que corresponde entonces la formación artística, científica, etc., de los individuos gracias al tiempo devenido libre y a los instrumentos creados para todos ellos. El capital es la contradicción en movimiento, porque tiende a reducir el tiempo de trabajo a un mínimo, mientras que por otra parte pone al tiempo de trabajo como la única medida y fuente de la riqueza. El capital reduce, en consecuencia, el tiempo de trabajo en la forma de trabajo necesario, para aumentarlo en la forma de trabajo suplementario; pone, por lo tanto, el trabajo superfluo en medida creciente como condición – question de vie et de mort _ del trabajo necesario”  Sirva, entonces, esta mirada de Karl Marx en 1857-1858,  para saber, de una vez por todas, que la jornada laboral que sufrimos todos es una pura patraña. Cabe, así, plantearse que el rechazo del trabajo asalariado es una de las condiciones sobre las que debe afirmarse la Inteligencia General. Acumular saber y emplearlo para el bienestar inmediato de todos rompe la cadena que la patronal internacional establece para apropiarse de ese saber acumulado y utilizarlo en la producción de plusvalía. Se trata de romper el mecanismo de control que el capital ha dispuesto sobre nosotros. Nadie puede prever cuales serán las etapas concretas de esta ruptura y mucho menos es posible responder a quienes nos pregunten qué pondremos en lugar de lo destruido. El problema no es éste. En ninguna de las grandes revoluciones de la historia se sabía a priori qué reemplazaría lo que se estaba combatiendo. Pero una cosa sí tenemos clara: No queremos este mundo que nos intentan imponer a través del control que ejercen los mass-media. El combate, entonces, conviene ser conscientes de ello, se libra en un terreno evanescente, inmaterial y fuertemente fantasmático. Los nuevos sujetos revolucionarios se reproducen como tales, no ya en el terreno de la producción de mercancías sino en el terreno de la circulación del dinero, en el terreno de la inmaterialidad.


EL 15-M Y SUS CONSECUENCIAS

Somos un proceso constituyente que se afirma continuamente en el devenir de los acontecimientos. Cada acción, cada acto, son necesariamente la constatación de que nos hemos situado en otro terreno, fuera del proceso pregunta-respuesta que trata de imponer el capital y sus instituciones políticas. Frente a esto, nosotros imponemos nuestro criterio, nuestra exigencia, nuestro sistema. Al hacerlo así, nos afirmamos como sujeto político, como Poder Dual frente al Poder y al Estado, originando un conflicto que antes o después deberá resolverse: “Entre dos fuerzas iguales, decide la más fuerte…” Marx dixit.
No hay vuelta atrás. Los problemas centrales se plantearán sobre la mesa y no podremos obviarlos. La forma de Estado, la Constitución, el Parlamento, el problema de la moneda, la propiedad privada…
Somos el nuevo mundo y por eso abominamos el ancien régime. Queremos una sociedad de sujetos libres, caminamos hacia la disolución del Estado como organización represora de la libertad individual. Pero mientras tanto, queremos elaborar nuestra propia constitución, nuestro propio sistema de representación, acordes con esa inteligencia general que nos unifica y nos acomuna.
Reivindicamos una Asamblea Constituyente que nos permita escribir las reglas por las que nos queremos regir todos. Así mismo, ya no nos sirve el Parlamento, con su sistema de representación basado en viejos partidos y asociaciones que no representan el nuevo mundo que está emergiendo. Construiremos un sistema de representación sujeto a las necesidades de nosotros y no a las del capital. Abogamos por la liberación del crédito de las redes del sistema financiero y la instauración de un control sobre los Bancos para impedir que el flujo del dinero acabe en las manos de los ricos y poderosos.
Exigimos, consecuentemente, la liberación del suelo y de la tierra como pasos necesarios para que todas tengamos derecho a una vivienda digna y al abastecimiento de alimentos sustraídos al circuito enloquecido del sistema capitalista.

Pero el 15-M no somos ilusos, sabemos que existen pasos y escalones que tendremos que ir dando y subiendo. Es por ello que apoyaremos y llevaremos a cabo las luchas necesarias para impedir que nos reformen la Constitución, vaciando de contenido los escasos elementos keynesianos y de cohesión social que las constituciones escritas después de la segunda guerra mundial contienen, que nos impongan modelos de representación que bloqueen la posibilidad de expresión democrática, o que nos quieran seguir induciendo a la ficción de que la crisis del capital es consecuencia de la baja productividad o el gasto público excesivo. Es por eso que atacamos y combatimos cualquier tipo de reforma laboral que ampare esta ficción.
Estas son, en síntesis, las medidas que proponemos y exigimos como bases para poder construir ese azul que queremos. Somos conscientes que todo ello pasa porque todas estas luchas y afirmaciones se extiendan a nivel internacional, al menos, y en un primer momento, sobre el territorio europeo.
   
Jesús Marchante                                               Septiembre 2011



"DE NADA SIRVE ESTAR VIVO MIENTRAS SE ESTÁ TRABAJANDO..."
   A. BRÈTON
  


ESTE BLOG TRATA DE RECUPERAR LA VIDA ATRAPADA EN TÚNELES DONDE DESAPARECE POR DOQUIER. EL ARTE Y LA POLÍTICA SON LOS ELEMENTOS QUE REPRODUCEN LAS DISTINTAS DINÁMICAS QUE NOS PERMITEN VOLVER A HABLAR DE NOSOTROS MISMOS.
DIALOGAMOS CON: EPICURO, SPINOZA, MARX, FREUD, QUEVEDO, CALDERÓN DE LA BARCA, KAFKA, FEDERICO GARCIA LORCA, PESSOA, PIER PAOLO PASOLINI Y PHILIP DICK.Y AMAMOS A: LOS ARTISTAS DEL PALEOLÍTICO SUPERIOR, CIMABUE, ARTEMISIA GENTILESCHI, CARAVAGGIO, PIERO DELLA FRANCESCA, GOYA, VELÁZQUEZ, VAN GOGH, GAUGUIN, CEZANNE, PICASSO, MAGRITTE, Y FRANCIS BACON, NOS GUSTAN: LOS DADAISTAS, LOS SURREALISTAS Y TODOS LOS MOVIMIENTOS QUE QUIEREN ROMPER CON LA SOCIEDAD ESTABLECIDA. QUEREMOS A MARILYN MONROE, A STANLEY KUBRICK, A HITCHCOCK Y A RIDLEY SCOTT. ESCUCHAMOS A W. A. MOZART, A RICHARD WAGNER, A GUSTAV MAHLER, A ERIK SATIE, A LIGETTI, EL JAZZ, A THE BEATLES, A PINK FLOYD Y A SADE. Y APOSTAMOS POR LA REVOLUCIÓN.