sábado, 2 de julio de 2016

UNA NOCHE QUE DECIDE

Es domingo, aunque es un domingo algo particular. El verano, aunque no hemos entrado todavía en el mes de julio, se hace sentir de manera contundente. La jornada viene cargada de política, política con mayúsculas. No es para menos, se celebran nuevas elecciones generales, decisivas, cuando sólo han pasado seis meses de las últimas del mes de diciembre. Arrastramos un gobierno en funciones, pero no cualquier gobierno, el del Partido Popular, el de la derecha reaccionaria y franquista española, con Mariano Rajoy al frente y otros secuaces mucho peores que él. Sí, un gobierno que representa a esa parte de mi país que lleva queriendo pasar página de la historia desde 1977, pero la historia no se deja pasar, ni tampoco "sorpassare". Antes o después, como decía el Presidente Salvador Allende, "Se abrirán las alamedas...", la dictadura franquista se acabará sentando en el banquillo y pagará sus crímenes, sus torturas y su intento de borrar la memoria colectiva.
Sin embargo, antes de que las votaciones concluyan y se abran las urnas que decidirán si la noche será azul prusia o negra como la peor pez, voy a tener el privilegio de asistir a un concierto dentro de uno de los museos que más amo, el museo del Prado. El concierto va a tener lugar dentro de la celebración del quinientos aniversario de la desaparición de uno de los pintores más peculiares y extraños de la historia del arte: Hieronymus Bosch. Tiene además un aliciente añadido, porque dentro de las composiciones de música antigua de la época del pintor, música que se piensa que podría haber escuchado alguna vez en su vida, hay tres pequeñas composiciones de mi amigo, compositor y artista, José María Sánchez-Verdú. Además, el grupo Tasto Solo que va a interpretar esas músicas, está compuesto por músicos conocedores de los instrumentos de la época, reproducidos, ahora, claro está, que no dejan de sorprenderme cuando puedo contemplarlos de cerca, una vez que ha finalizado el concierto: un clavisimbalum de martillos, una vihuela de arco, un organetto que sostiene el artista apoyado en sus piernas, o un arpa renacentista. No obstante, me siento inquieto, intranquilo, siento ese desasosiego Pessoiano antes de comenzar el concierto, las siete de la tarde. Es tan así que escribo por el WhatsApp de mi grupo de colegas, ese del Aula de Historia Social de Lavapiés, con quienes he compartido ya tantas emociones políticas y no sólo, que estoy seguro que vamos a quedar terceros, detrás del PP,  y del PSOE. Sí, esos malos augurios transmito a mis queridos amigos, antes de sumergirme en la música antigua y contemporánea, respecto a los resultados de UP en las elecciones de este domingo caluroso. Una hora antes de cerrarse las urnas. ¿Pero por qué diablos tengo yo ese palpito tan negativo? No lo sé, pero alguien ha notado ya mi semblante serio y demudado. Ya, por la mañana, dirigiéndome a mi colegio electoral, he tenido una extraña sensación. No percibo en la gente, con quien me cruzo en mi deambular, esa emoción que me ha golpeado,de manera suave, en otras ocasiones electorales. No, algo raro percibo en el ambiente, aunque no sé decirme qué tipo de rareza es esa. Bueno, me consuelo pensando que, tal vez, sean cosas mías. Pero faltando dos minutos para que de inicio el concierto, ese concierto con músicas que tal vez hayan resonado en los oídos del artista del Jardín de las Delicias, escribo ese mensaje que temo vaya a ser premonitorio.
La música, sin embargo, tiene la virtud, como el arte en general, pero más la música, pienso yo, de anular la duración del tiempo real, e incluso de hacerme pensar y reconciliarme con los sujetos humanos que tengo delante, que extraen sonidos y melodías maravillosas de esos instrumentos tan peculiares que mencionaba anteriormente. De hecho, mientras los escucho, pienso que los seres humanos, cuando están atrapados por ese hilo invisible y mágico de la creación artística que los hace eso, humanos, demasiado humanos, son adorables, al margen de la contingencia histórica.
Una vez finalizado el concierto, abandono, casi sin despedirme, y a toda prisa, aunque por supuesto he felicitado a mi amigo José María, el auditorio, camino de mi casa para seguir el escrutinio. Por el móvil, son ya casi las 20,30, empiezo a ver la tendencia de voto, y visualizo la gran abstención que se ha producido, más del 30%. Los temores invaden mi cerebro sin apenas obstáculos. Pero hay algo que, de manera definitiva, y mucho antes de llegar a casa, me hace ser pesimista, muy pesimista. Y es algo que quizás, para otros, pueda parecer que no tiene mayor importancia, aunque para mí siempre la haya tenido. Escruto con determinación los semblantes y las actitudes de los cuerpos de las gentes, que me encuentro de frente, mientras avanzo cada vez más deprisa, casi corriendo. Y no me gusta lo que me trasmiten, porque lo que dejan traslucir sus rostros, y el movimiento de sus cuerpos, no es otra cosa que dejadez, desinterés, autismo. Incluso me cruzo con un grupo numeroso de chicas y chicos jóvenes que parecen querer decirme que todo da igual, que todo es lo mismo. Pero no, están errados. Podréis deciros, me digo, que lo que nos jugamos esta noche no va con vosotros, que no se decide nada, que vuestras vidas no van a cambiar. Sin embargo, puedo aseguraros, escucho en mi cabeza, como si me estuviera dirigiendo a ellos, que la historia os va a atravesar como una flecha fría y dolorosa. Vuestra vida no va a ser igual, gane quien gane esta noche. Ese nihilismo infantil y nefasto os hará daros de bruces contra el suelo, tiempo al tiempo.
Estoy ya en casa, enciendo el televisor. Apenas hay un 25% escrutado, pero la tendencia que marca ese porcentaje empieza a ser devastadora: victoria, con importante subida, del PP, mantenimiento y, por lo tanto, ningún tipo de "sorpasso" a cargo de UP, extraña palabreja italiana que hemos adoptado como si tal cosa, y que se ha repetido sin cesar en todos los medios durante días y días, y que seguramente una parte importante de la población ignora su significado exacto, pero esa sería otra historia. Hundimiento, por fin, de Ciudadanos, ese partido, con un muñeco con corbata y perfumado al frente, creado por las élites poderosas para tratar de restar seguidores a las nuevas fuerzas emergentes de la izquierda española.
Unidos Podemos, UP, siglas que me traen a la memoria aquellas otras de la experiencia chilena de los años setenta del pasado siglo, la Unidad Popular de Salvador Allende. Pero no, estas de ahora, están lejos, muy lejos, de aquel programa de mínimos, socialista, anticapitalista, que defendían con el imprescindible Allende a la cabeza como su máximo dirigente. Ni siquiera desde un punto de vista del apoyo social puede compararse a estas con aquellas. Allende, y la Unidad Popular, estaban en minoría en el Parlamento, y aunque la derecha trataba de echar abajo todas las iniciativas institucionales del Presidente con sus votos mayoritarios, contaba con un enorme apoyo popular, suficiente para que su voluntad política nunca hubiese estado sujeta a eso que, en estos tiempos, dicen que tiene que ver con mayorías o minorías políticas. Pero no estamos en esa coyuntura política e histórica, lo que no significa que el programa de mínimos de la Unidad Popular Chilena no sea actual y pueda ponerse en pie por esta nueva UP, adaptado a la situación real de la sociedad española, por supuesto. Pero no me engaño, la única referencia, en el ultimo tramo de la campaña, a todo eso ha sido la de nominar a Allende, nada más. Sin embargo, no dejo de darle vueltas a todo esto, sobre todo porque sé de la existencia y de la presencia en Madrid del que, quizás, o no tan quizás, con toda seguridad, fue el más importante asesor personal de Salvador Allende, Joan E. Garcés, Juan Enrique, como gustaba llamarle, cariñosamente, el Presidente. Conozco a Garcés desde hace ya algunos años, podría incluso atreverme a decir que me considero su amigo. Sé, sabemos los compañeros del Aula de Historia Social, cómo Juan Enrique participó de manera activa en toda esa experiencia, incluso en las últimas semanas antes del golpe militar, cuando Allende de madrugada llama a consulta a ministros y militares, incluido en alguna ocasión al mismo Pinochet, en su residencia privada de Tomás Moro, el único asesor presente es siempre el mismo, Joan Garcés. No sólo, en la mañana aciaga del 11 de septiembre cuando los militares sublevados asaltan el Palacio de la Moneda, Allende se dirige a Garcés y le hace salir del edificio, a pesar de su negativa, para que pueda contar lo que ha sucedido en Chile. Es el único que sale con vida del Palacio poco antes de que todo haya acabado. Pero además, Garcés que se ha exiliado en Paris, llegará a formar parte del equipo personal del Presidente Miterrand en las elecciones que tratan de llevarle a la presidencia, con el programa común de la izquierda, en las elecciones de 1974, que perderá en segunda vuelta por menos de cuatrocientos mil votos. Es por todo eso, que me resulta extraño, e incluso paradójico, que la nueva UP no se haya planteado en ningún momento contar con él.
El escrutinio crece y crece, y la tendencia no cambia. La victoria de la derecha va a ser casi total. A pesar de los pesares, de toda la corrupción, del robo a manos llenas, de los ataques a las libertades y mil cosas más, el PP de Rajoy y Sáenz de Santamaría, pero también de Aguirre, Aznar y Botella, van a sacar catorce diputados más que en las pasadas elecciones de diciembre. El desconcierto es enorme por las redes sociales. Las compañeras y los compañeros están perplejos, no dan crédito a lo que ven y oyen. Tengo claro, muy claro, que a pesar de los malos resultados, sólo dos diputados más que en diciembre, hay que ir al Reina Sofía y estar ahí con los compañeros de la dirección. Tenemos que dar la cara y no refugiarnos, solitarios y deprimidos, en casa. No me lo pienso ni dos segundos, me lanzo hacia el metro donde los túneles se van tragando el convoy que me lleva hasta la estación de Atocha. Pasan ya las once de la noche, pero el tren va bastante cargado de pasajeros. Gentes que denotan una ausencia total de la realidad que se está imponiendo esta noche veraniega del veintiséis de Junio.
La plaza está a rebosar, el diálogo y los comentarios fluyen entre las gentes que están ahí, pese a las malas noticias que se han consolidado ya definitivamente. Sí, los resultados no son los esperados, pero también hay algo que hay que analizar detenidamente. En apenas cinco años, después de la acampada de Sol, tras la irrupción del 15 M, está claro que un nuevo sujeto político ha emergido de esa experiencia con todas las consecuencias que ello implica. Me encuentro con mis colegas, con mis amigos del Aula, aprovechamos para abrazarnos, para cuidarnos, para darnos cuenta de que, por encima de todo, nos queremos. Estamos junto al grupo de Anticapitalistas, ese sector crítico que trata de discutir y de hacer política dentro de Podemos, con sinceridad, con espíritu democrático, libertario diría yo, y con el que nos identificamos de muchas maneras, porque nosotros también lo somos, críticos, inconformistas, renegados, irredentos. Y empiezan a oírse las primeras voces de fraude, de tongo, de trampa electoral. No casan mucho las cosas que han sucedido esta noche. Se habla, se comenta, de numerosas irregularidades. Pero hay un dato que nos extraña sobremanera. Aunque hemos obtenido dos actas de diputados más que en diciembre, hemos perdido un millón de votos. ¿Cómo puede ser posible, si además vamos con IU en esta ocasión, que sacó ya ese millón de votos en las pasadas elecciones? Preguntas e interrogantes que no tienen respuesta a esas horas de la noche, en las que un cierto viento fresco ha empezado a soplar. Cuando saltan a la palestra, al escenario, los dirigentes de la coalición electoral: Errejón, Montero, Garzón, Iglesias, Bescansa, etc. nada de esto sale de sus bocas. Ellos, como es lógico, tratan de insuflar ánimo en una noche en la que eso es lo más necesario. Iglesias vuelve a nombrar a Allende, bueno, no está mal, me digo. El acto acaba con la música de Quilapayún, El pueblo unido jamás será vencido, que me parece de lo más oportuna, aunque algún preboste del partido, al día siguiente, la califique de vieja cultura. No ha entendido nada, seguro.
Damos con nuestros huesos en una terraza, al borde del Paseo de las Delicias, desde donde puedo divisar perfectamente la espléndida fachada de la vieja estación de Atocha. Ahora el viento es incluso algo más frío, tengo que protegerme con la rebeca que, oportunamente, he traído conmigo. El grupo no está demasiado triste, aunque ha acusado el golpe. La cerveza, el vino y los bocatas recorren las mesas.
Sobre las dos de la madrugada, el grupo se va disolviendo. Yo voy a volver a casa andando, aunque hay una tirada, no me importa. Me gusta caminar por la ciudad, sobre todo en verano, y sobre todo, también, de noche, cuando el tráfico apenas invade las calles y sólo pocos seres deambulan por la ciudad. Mientras, voy dejando atrás el Jardín Botánico, el Museo del Prado, el Ritz, Neptuno. En ese punto diviso, a lo lejos, en lo alto, por lo empinado de la Carrera de San Jerónimo, el Parlamento, el Congreso de los Diputados, solitario, gris, extraño. Me sobrecoge una cierta sensación que no acierto bien a interpretar. Dejo atrás a la Cibeles, a la Puerta de Alcalá, y vislumbro al otro lado de la calle, por donde avanzo, la verja del Retiro y la arboleda obscura e inquietante dentro de ella. Los parques, de noche, son otra cosa. Sigo avanzando, con paso rápido y decidido. Mi cabeza, a estas horas, en la profundidad de la noche, se va hacia otros lugares, se adentra en cuestiones que nada tienen que ver con la política, pero de eso no voy a hablar ahora, en esta noche, extraña, rara, que decide. 

domingo, 28 de febrero de 2016

EN EL LABORATORIO



Siempre he sentido una admiración sin limites por la ciencia, por la investigación, por las gentes que dedican su vida a tratar de entender el por qué de las cosas, por qué suceden unas y otras no. Tal vez, mi pasión por la filosofía y todo lo que aprendí cuando acudía, emocionado, por libre, sin ninguna pretensión de hacer ningún examen, ni aspirar a ningún título, a la vieja facultad de la complutense en los últimos años de la dictadura, tratando de escapar del pensamiento uniforme y gris que imponía el régimen franquista, ese deseo de conocer y de hacerme preguntas sobre todo esté en el origen de esa admiración por los científicos. En cualquier caso, poco o nada sé sobre esta materia, aparte de haber leído artículos de divulgación general, haber visionado documentales y alguna que otra película. Sin embargo, conociendo a alguna de esas personas que tienen la inmensa suerte de trabajar con la vida y sus misterios, me he permitido siempre, medio en broma, medio en serio, a modo de boutade, el atrevimiento de hacerles preguntas sobre esto o sobre aquello, incluso haciéndoles entender que igual no estaban yendo por el camino más adecuado en la búsqueda de remedios contra esos virus letales y casi inmortales, como el AIDS o el Ébola, en el sentido de que igual no habría que tratar a esos entes abstractos, y casi metafísicos, como enemigos y que a lo mejor habría que unirse, como en el viejo refrán, a ellos. Divagaciones por mi parte y, con toda seguridad, fuera de lo que debe ser la lógica y el método de trabajo científico. Ciertamente imbuidas por esa ansia de inmortalidad que siempre me ha atravesado desde que tengo uso de razón. Inmortalidad no tanto en oposición al miedo atávico humano a la muerte, que también, sino a la duración, a la temporalidad de la vida. Al instante ínfimo que representa nuestra exigua aparición en el teatro del mundo.
Pero el otro día, sin esperarlo, como las sorpresas, se me presenta una oportunidad que no voy a dejar escapar por nada del mundo. Después de haber comido en compañía de amigos varios, donde está también mi amiga María, tengo la suerte de que está sentada a mi lado, justo a mi izquierda, y la conversación, por lo tanto, se hace más fluida con ella. Varios temas se ponen sobre la mesa. María es una apasionada del arte y de la estética, y en eso también coincidimos ella y yo, en mi caso, por mi propio trabajo como pintor. En un cierto momento, como no podía ser de otra manera, hablamos de su trabajo, de lo que está haciendo como bióloga molecular que es. Y ahí surge la sorpresa, la posibilidad. Cuando me hace saber que se le está haciendo tarde y que es hora de que vuelva a su puesto de trabajo a hacer algunas "cosillas", me sorprendo. "¿Cómo, trabajas también el sábado por la tarde?", le digo con asombro. Ella, esbozando una cierta sonrisa cómplice, me responde: "No, es sólo que debo mirar unas células embrionarias de ratón que corren el peligro de morirse, y no pueden esperar al lunes". En medio de sus explicaciones, María se da cuenta, seguro que mis ojos, aunque no puedo verme, chisporrotean llenos de expectación, de que ardo en deseos de visitar el laboratorio. Aunque de entrada ya me ha ofrecido la posibilidad de que eso ocurra en cualquier momento, las cosas se van a precipitar cuando de sus labios oigo: "¿Quieres venir ahora, me acompañas?" A lo que yo, sin dudarlo ni una milésima de segundo, respondo con un "Sí, por supuesto", con los ojos abiertos de par en par, al menos esa es la sensación que tengo tras exprimir mi respuesta más que afirmativa.

Estamos ya en su coche, camino del CSIC, en la Universidad Autónoma, donde dicho centro tiene algunas de las dependencias que también hay en otras zonas de la ciudad. Afuera, el tiempo ruge. La lluvia, el viento y las nubes bajas de distintas tonalidades grises me hacen pensar, por un instante, en el cuadro de Rousseau el Aduanero, "Surprise", donde un tigre de ojos sorprendidos trata de avanzar en medio de un temporal que desagarra todo el cuadro. Hay tráfico en esta tarde de sábado, de perros. La carretera se la tragan las ruedas de su coche. No tengo ni idea dónde me encuentro, sé en que dirección está la Autónoma pero me siento tan emocionado que tengo la impresión de estar viajando en dirección a un sitio completamente desconocido.
Cuando descendemos frente al busto del Premio Nobel Severo Ochoa, delante de las dependencias del CSIC, el intento de desplegar mi paraguas es totalmente fallido, se vuelve hacia atrás y corro el riesgo de que se parta. Trato de agarrarme a mi amiga, que tiene una considerable altura, yo creo que sobrepasa el 1,80, cogiéndome a su figura protectora. Así, pertrechados, sin poder servirnos de mi pequeño paraguas, avanzamos en medio del vendaval hasta las puertas de la institución. Franqueamos el torniquete que impide la entrada a los intrusos gracias a su tarjeta de empleada del centro. Los vigilantes apenas se inmutan ante mi presencia. Todo me parece un poco aséptico, pasillos largos con paredes en tonos pasteles sin más decoración que los carteles que explican la estructura del DNA y otros asuntos más complejos del mundo científico. Eso sí, todo en estricto y riguroso idioma inglés, que es la lengua en la que se comunica la denominada comunidad científica internacional. Efectivamente, le pregunto a María y me confirma que sin el dominio de dicho idioma es imposible poder trabajar en la institución. Pura convención, me digo. Mi amiga me lleva hasta su despacho, un pequeño habitáculo que comprende su escritorio y las mesas donde trabajan los estudiantes y becarios que dependen de ella. Los anaqueles están abarrotados de contenedores de cristal y de plástico de distintas formas y tamaños. Algunos de ellos están medio llenos de fluidos de distintos colores, donde predominan los rojos y ocres, aunque hay algunos con tonalidades azules. Delante del escritorio de mi amiga, una ventana estrecha y rectangular se abre hacia un horizonte maravilloso, al final del cual puedo divisar, muy a lo lejos, las siluetas empequeñecidas de las inquietantes cuatro torres de la Plaza de Castilla. Conozco bien su fisonomía porque he trabajado sobre tres de ellas hace ya algunos meses. María dice que ese horizonte le gusta y la relaja. Mientras ordena algunas cosas para empezar a hacer lo que ha venido a hacer, mi cabeza empieza a perderse en en este mundo cerrado y ajeno a la realidad. Y aún no he visto nada. 
Salimos y me enseña algunos habitáculos. Enseguida mi vista repara en ese símbolo, que ya he visto en las películas de ciencia ficción, extraño y universal, de diseño preciso, que, a modo de pegatina, está adherido a muebles y utensilios que voy viendo, y que nos indica que estamos en una zona de bioseguridad. Entro en recintos donde hay recipientes que contienen cosas a -150º. Destapa uno y el vapor helado emerge hacia la superficie. Los he visto en películas, pero nunca tan de cerca y tan reales. Me asegura que, a esa temperatura, se pueden congelar cuerpos humanos. Mi pensamiento se va hacia Ubik, la novela de Philip K. Dick que tanto amo y sus frigovainas. Me dejan algo frío estos contenedores que tienen un cierto mal aspecto, con desconchones y rayajos, que quizás no me esperaba. La visita prosigue hasta la zona donde están los frigoríficos que contienen las células y bacterias que sirven para los trabajos con las manos que llevan a cabo los técnicos científicos. Porque eso es otra cosa que descubro. Los que se ocupan de estudiar y escribir artículos sobre los más diversos asuntos de la ciencia y que compiten ferozmente para ser publicados en las revistas científicas más prestigiosas, no trabajan con las manos, no manipulan las células, las bacterias o los virus. Eso lo hacen los que denominan técnicos. Pero a María, que no tendría por qué hacer el trabajo que ha venido a hacer esta tarde, le gusta el trabajo de manos, como ella misma me dice, y lo hace con cierta asiduidad. Saca de uno de los frigoríficos las células embrionarias de ratones, que tanto le preocupaban durante la comida, para ver en qué estado se encuentran. Acerca el frasco de plástico transparente hasta la base de uno de los microscopios que se encuentran a lo largo de una mesa rectangular y observa detenidamente. La oigo decir que están bastante bien, creo que se alegra, yo también. Después, me invita a aproximar mis ojos hasta ese instrumento precioso para poder observar yo también lo que ella acaba de mirar. Miro y no logro ver nada, sólo una luz al fondo y nada que observar. A una cierta indicación de mi amiga, me doy cuenta que mis ojos están demasiado pegados a las lentes del aparato, así que tengo que retirarme un poquitín. En ese momento empiezo a ver extrañas formas medio transparentes que no me dicen gran cosa. Pero sé que ahí hay vida. Todo permanece inmóvil, silencioso, como cristalitos de hielo, abstractos, sin la precisión geométrica de aquellos.
Ella sigue manipulando, abriendo y cerrando los frigoríficos, tratando de que, a través de fluidos que vierte dentro del recipiente, las células embrionarias se suelten de las paredes donde permanecen pegadas. Su experimento trata de que crezcan ciertas cantidades de células, pero no otras que han crecido y que no sirven para ese fin.
En un cierto momento tenemos que salir a buscar ciertas sustancias, nos despojamos de las batas que nos hemos puesto al entrar pero, antes de abandonar la estancia, tenemos que seguir el protocolo y lavarnos las manos con una sustancia desinfectante. Toda la zona está llena de avisos para que nadie olvide los pasos protocolarios. Al lado de la puerta por donde salimos, María me señala otra que está a nuestra izquierda. Pone nivel tres, eso indica máxima seguridad, virus del Ébola y otros similares de idéntica peligrosidad. Nosotros acabamos de salir del nivel dos.
Volvemos, de nuevo nos colocamos las batas y continua el proceso. En la especie de receptáculo donde trabaja con sus manos, todo se desinfecta para que las células no sufran ningún tipo de contaminación. Una barrera de aire impide que nada penetre hasta la base donde ella hace sus enjuagues.
No quiero distraerla. Sin embargo, durante el tiempo que llevo dentro del CSIC, ya hemos hilado algún discurso. Sobre todo del grado de abstracción de la realidad que implica trabajar en lo que ella trabaja. La realidad científica se impone de manera bastante radical frente a la vida que sigue sucediendo afuera. Intuyo, por lo que me dice, que la mayoría de sus compañeros son unos inadaptados desde un punto de vista social. Las relaciones personales, si acontecen, suceden dentro de los límites de la institución. Me hace reír cuando afirma, con mucha rotundidad, que ella se considera y pasa por ser "bastante normal" frente al resto de la comunidad científica que ronda los tres centenares de personas. 
La sensación de estar fuera del mundo es bastante fuerte. Como artista que soy, le digo que ni de lejos  uno llega a abstraerse o aislarse del mundo de la manera que lo hacen ellos. Al máximo, durante un breve lapsus de tiempo cuando se está concibiendo una obra, un proyecto, una serie, un cuadro. Luego, todo es bastante rutinario, llenar espacios de color, trazar líneas y poco más. El arte, le digo, está más pegado al principio de realidad freudiano que la ciencia. Ella manifiesta el enorme placer que le produce su trabajo, el aislamiento que conlleva, lo comprendo, estoy en condiciones de entenderlo plenamente. No obstante, la pongo en la tesitura de reflexionar hasta qué punto su vida como bióloga molecular es compatible con tener una relación de pareja con hijos. Sobre todo, cuando la pareja no tiene absolutamente nada que ver con este mundo tan complejo y tan ajeno a la realidad cotidiana. Sonríe, sin pronunciar ninguna explicación concluyente. 
Cuando vuelvo a asomarme al microscopio, para ver cómo las células vuelven a estar en su sitio, vivas y coleando, aumenta un poco más, si cabe, mi enorme perplejidad. Una cierta zozobra y desazón me invaden. Me siento impotente ante la complejidad de lo que significa la vida, de este pequeño atisbo que representan las células embrionarias que he podido ver. Todo es mucho más difícil de lo que jamás uno pueda llegar a intuir. No logro entender cómo, en medio de este enorme laberinto que representa la ciencia, los sujetos humanos pueden moverse con cierta normalidad. Es necesaria una enorme enajenación, casi total diría yo, para poder llegar cada mañana a este recinto y recorrer todos los habitáculos sin apenas inmutarse, mientras eso que llamamos realidad sigue sucediendo al otro lado de las ventanas.
Abandonamos el CSIC, ahora sin lluvia, con un juego de obscuridades arriba, en el firmamento, que no dejan de ninguna manera indiferente. María, con esa ternura que expresan su mirada y su voz, me inquiere sobre lo que he visto. Le digo que ha sido una experiencia impresionante, y eso que apenas he visto casi nada de todo lo que se puede ver allí adentro. Quedamos en volver en otra ocasión. Su coche avanza y la autopista nos engulle. Madrid, se hace realidad.  
     










lunes, 1 de febrero de 2016

EN EL LONDON UNDERGROUND



Londres sigue estando donde siempre. Aunque han pasado casi veinte años desde mi última visita, me sigue fascinando esta vieja metrópolis, aristocrática y poco burguesa. Es el opuesto a París. Mientras en la capital francesa, el rastro y la manera de hacer de la burguesía triunfante de 1879 se reconocen fácilmente, con su arquitectura y su diseño urbano. Londres, ciudad excesiva, me sigue interesando. Podría vivir en Londres, y no en París, donde los espectros se te pegan a la chaqueta y no te sueltan, como diría Baudelaire. Y tengo mis preferencias dentro de su plano, ahora un poco más caótico. Sí, porque se me salen los ojos de las órbitas viendo las intervenciones arquitectónicas mercantilistas que se han llevado a cabo en los últimos años, esos en los que mi cuerpo y mi espíritu han estado lejos de ella. Un ejemplo, la zona en torno a Aldgate y Tower Hill es la materialización del mal gusto y del desorden mental más absoluto. Horribles y horrendos edificios se alzan en medio de exiguos restos de fábricas y palacetes victorianos que hablan de una época capitalista con algo más de lógica. Y hablando de mis preferencias, tengo que decir que fueron descubiertas en aquel primer viaje, ya lejano en el tiempo, octubre de 1977, en el que crucé el Canal de la Mancha en barco, chapurreando un mal italiano en compañía de una bella yugoslava de infinita melena lacea y obscura, que me hizo agradable la travesía; y aparecí en Victoria Station, de noche, medio perdido, en una ciudad desierta y fantasmal, sólo eran las nueve de la noche, donde era incapaz de encontrar los rótulos de las calles. Por fortuna, esas cabinas inequívocas rojas de Londres estaban allí para acudir en mi auxilio. Llamé a mi amiga y ella pudo devolverme la llamada a la cabina, una vez que le indiqué el número de ésta, y así me hizo caer en la cuenta, en medio de carcajadas, por qué era incapaz de descubrir los nombres de las calles para saber dónde estaba. Todo muy simple, pero mi atolondramiento me impedía darme cuenta de que los rótulos estaban demasiado bajos respecto a las calles de Madrid, por ejemplo, y no había manera de divisarlas. Notting Hill Gate era mi destino. En los siguientes días descubrí, como decía, hablando de mis preferencias, dos barrios, uno sobre todo, que se apoderaron de mi alma, Belgravia y Chelsea. El blanco impoluto y las columnas del primero y, sobre todo, el ladrillo rojo, ocre, único, del segundo. Dos barrios aristocráticos, más Belgravia, y lujosos, donde muchos escritores y artistas vivieron, especialmente en el segundo, Chelsea, que tampoco desentonaban en demasía, bajo mi mirada de entonces, de otros barrios de la ciudad. Porque era una ciudad llena de palacetes y casas bajas, de apartamentos, de escala muy humana.
Era todavía el Londres de Antonioni, el de Blow Up, el de los mimos y Maryon Park, ese parque especial y la cancha de tenis que tengo tan grabados en mi cabeza, pero que no voy a poder vislumbrar en esta ocasión porque queda muy, muy lejos de Londres. Ahora, en este final de 2015, ese Londres es menos reconocible. Me cuesta más trabajo volver a ese otro de 1977. Sin embargo, me esperan algunas sorpresas. La primera es 20 Maresfield Gardens, en el barrio de Hampstead, la casa donde llegó Freud, huyendo del nacionalsocialismo en Viena, en junio de 1938. Una enorme bandera con la esvástica ondeaba, desde la ocupación nazi de marzo, en el frontispicio de la Berggasse 19, la casa consultorio de Sigmund Freud. El doctor, con la inestimable ayuda de su amiga, la princesa Marie Bonaparte, logra escapar, tras conseguir un visado, con su familia, sus libros y su colección de antigüedades. Todos, y todo, después de recalar en la capital francesa, llegan a salvo a la capital inglesa donde Freud se reúne con su hijo Ernst para vivir en libertad su último año de vida.
Maresfield está como en vida del psicoanalista, con su biblioteca, su diván, su silla, su mesa de trabajo y las estatuillas griegas y egipcias distribuidas en vitrinas y en los anaqueles llenos de la literatura que él tanto amaba. No es demasiado conocida esa pasión-pulsión de coleccionista de Freud. Un veneno cuyo agradable sabor he probado hace ya mucho tiempo.
Maresfield no estaba abierta al público en aquel primer viaje, sin embargo sí era posible llegarse hasta otro lugar, la segunda sorpresa de este viaje, que en aquel entonces desconocía. Hay que haber investigado con cierta precisión para saber que la familia de los Marx, con Karl a la cabeza, habían huido en 1855 del apartamento oscuro del Soho para recalar en Grafton Terrace, al noroeste de la ciudad. Ayudados por el amigo, bien situado, Friedrich Engels, este nuevo apartamento, algo más grande, aunque no demasiado, con un alquiler de 36 Libras anuales, que era bastante para la época, pudieron instalarse de manera permanente hasta 1864, año en el que se mudaron a un apartamento en Maitland Park Road, una calle al lado de Grafton. Aunque conozco bien la morfología arquitectónica de esas casitas, construidas hacia los años cuarenta del siglo XIX, tengo un libro desde hace años con imágenes de la vida del autor del Capital, la numeración de la época me confunde al entrar en esta calle, no demasiado larga, medio perdida en un barrio obrero con apartamentos modernos que no me dicen demasiado. Comienzo a descender y me dejo atrás, a mi izquierda, una hilera, un cogollo de dos o tres casitas, que reconozco enseguida como la vivienda de los Marx. Sin embargo, la numeración no coincide. El número 9 que figura en mi archivo fotográfico se corresponde con el final de la calle, donde hay una casa sin ningún valor, ni estético ni histórico. Afortunadamente, pasa alguien que, con increíble amabilidad, saca su teléfono móvil, es decir, un ordenador portátil al día de hoy, y confirma el cambio de numeración que ha sufrido la calle con el devenir de los tiempos. Así que el número 9, en realidad es hoy el número 46. Efectivamente, el ladrillo oscuro, aunque la fotografía que conozco es en blanco y negro, de la casa que conservo en mi retina es la de ese número 9, y me hace gracia que la puerta de entrada está lacada de color rojo intenso. ¿Homenaje de los actuales inquilinos al filósofo alemán? No sé, aunque lo que sí me parece extraño, dado que he visto placas conmemorativas en diversas partes de la ciudad, es que ninguna placa de razón de que Karl Marx vivió allí. Y otra sorpresa que me depara la información precisa de la persona a la que me he referido anteriormente, es la que me asegura que en el pub de la esquina, hoy pintado de color azul cobalto, Marx y Engels dirimían sus asuntos dando cuenta de unas buenas pintas. Y no creo que la información sea incorrecta, porque entro en el pub y veo una placa que indica que está allí desde 1852.
Mientras observo la fachada de la casa donde vivió el padre del materialismo histórico, una especie de gran ternura me invade por dentro. La zona, no demasiado lejana del conocido e histórico barrio de Camden Town, está alejada del centro de la ciudad, incluso hoy en día. Marx, en la época, había empezado a acudir diariamente a la biblioteca del British Museum para estudiar la economía política clásica y poder escribir El Capital. Cuánto le debemos por las miles de horas allí pasadas, devastado por el padecimiento de hemorroides y la pérdida continua de salud, para poder desentrañar los misterios del modo de producción capitalista y poder proporcionarnos las herramientas para su destrucción. Aunque sé que en la época era un barrio salvaje, con pocas casas y mucha campiña de por medio, y el recorrido se haría más corto que en la actualidad, me produce una enorme ternura pensar que él tenía que desplazarse, en viaje de ida y vuelta, todos los días, a una distancia de no menos de diez kilómetros. Y aunque, en alguna ocasión, haya podido tomar un coche de caballos, la mayor parte del tiempo ha hecho esa distancia a pie. No lejos de Grafton Terrace y Maitland Park Road, está situado el viejo y olvidado cementerio de Highgate, donde reposan los restos de él y de parte de su familia. Devorado, y ahí también radica su belleza, en gran parte por la maleza, es imposible encontrar la piedra original donde fue enterrado el pensador alemán. En su lugar, la tumba desproporcionada actual con el exagerado busto que la corona. 
Sin embargo, hay un pequeño descubrimiento en esta segunda visita a Highgate - en la anterior aún no había fallecido y era difícil, más bien imposible, encontrarme con la sencilla lápida que cobija los restos de la escultora Anna Mahler, la hija del compositor del mismo apellido y de su mujer Alma Schindler. Pero adentrarme ahora en la historia de esa familia y la Viena de ese período que tanto amo me desviaría en demasía de lo que quiero contar.
Con todo, la principal sorpresa, el descubrimiento que más me iba a descolocar, estaba aún por llegar y lo iba a hacer de un modo bastante trivial, en uno de los vagones del Underground. Es el primer día del nuevo año de 2016 y vuelvo, algo ya tarde, después de haber cenado en casa de una amiga, desde South Woodford, en un extremo de la Central Line. Es viernes, y hay algo de gente en el metro. En un cierto momento, el metro se detiene en una de las estaciones, como va haciendo en el recorrido, y al abrirse las puertas entra una pareja de jóvenes. Ella, rubia, no muy alta, vestida de manera deportiva, porta unas zapatillas que comprimen tanto sus tobillos desnudos - no lleva calcetines - que evidencian una inflamación de la carne que, dada su juventud, me impresiona. Parece, en esa zona de su fisonomía, como esas personas ya mayores, abotargadas por la mala vida y el abuso de la bebida. Sin embargo, su rostro es interesante, no es demasiado bonita, pero tiene algo, sobre todo en su mirada, en sus ojos. Casi no habla, escucha, ensimismada, atenta, lo que su compañero de asiento le va diciendo. Y ahí empieza mi fascinación. El chaval - los dos deben andar en torno a los veintidós - se me aparece como la mar de interesante. Alto, delgado, con un abrigo oscuro, tres cuartos, estilo años Sesenta del pasado siglo, y puesto encima de una camiseta que se adivina de manga corta, no parece que el frío que reina afuera le afecte demasiado. Habla y gesticula sin parar, con unos ojos grandes que miran hacia arriba, hacia la nada, pero que expresan el todo, la vida. Y eso es lo primero que me impresiona, cómo su cuerpo se mueve en ese gesticular, las manos metidas en los bolsillos de su abrigo como si de esa manera condujese mejor el vehículo que es el resto de su cuerpo. Y me impresiona porque sé que es inglés, por su acento, por su piel clara de raza caucásica. Sí, porque es un lugar común pensar que esa máxima expresión corporal y ese hablar entusiasta y apasionado esté más del lado de los países mediterráneos, latinos, como éste, como otros, pero no de la parte de las islas británicas, de los anglosajones. Tal vez un  paradigma desgastado o erróneo. El caso es que este muchacho tiene atrapada toda mi atención. Y la tiene a pesar de no entender una palabra de su lengua, de desear en esos momentos que un torrente de ciencia infusa me invada y me haga entender todo lo que él le está diciendo a su amiga, a su confidente, a lo que sea la chica que lo acompaña.
La imaginación se me dispara. Intuyo, y tal vez en ello no estoy imaginando nada del otro mundo, que el chaval en cuestión es un artista, tiene que serlo, sus ademanes y todo su ser irradian esa actitud que tienen sólo los que lo son, independientemente del resultado de su trabajo, que eso es otra cosa. Recreo la época artística de los años sesenta en Londres, y veo, en mi cabeza el rostro de dos pintores grandes, de dos artistas con mayúsculas, dos amigos y, en ciertos momentos, rivales, Francis Bacon y Lucian Freud. Sí, el joven, me digo, podría ser uno de ellos, volviendo la mirada hacia atrás, alguien que con toda esa charla que le está dando a su amiga, trata de explicarse, de analizar sus miedos y sus ansias de libertad y de creación. Estoy ensimismado, con mis ojos clavados en él, y también en ella, pero sobre todo en la energía positiva que él me transmite, y que me hace pensar tantas cosas, sobre mí y sobre la vida. Me sonrío a mi mismo, como reconociendo la enorme suerte por el inesperado regalo que el Underground londinense me acaba de hacer. No es una mala manera de comenzar el año, me digo. Son diez, doce, o quince minutos antes de que ellos, al abrirse las puertas en una de las estaciones cuyo nombre no recuerdo, desaparezcan de mi vista y de mi vida para siempre. Pero con el paso de los días, de las semanas y del tiempo, la sensación y la felicidad por ese encuentro casual permanecen dentro de mi, también su rostro.     
  
  
  



sábado, 12 de diciembre de 2015

CONTRA CIUDADANOS



Vaya por delante que no creo, nunca lo he creído, que los cambios políticos reales y profundos de un país, en cualquier encrucijada histórica, se puedan producir a través de las urnas. La democracia representativa, validada a través de las papeletas depositadas en esos paralelepípedos de plástico transparente, sirve para establecer el consenso necesario que el modo de producción capitalista necesita para imponerse en todo el planeta. Aunque, como también es sabido, en muchas ocasiones se sirva de dictaduras, golpes de estado y otras tropelías para alcanzar sus objetivos. Pero digamos que, en líneas generales, el mejor escenario para ese modelo, que necesita de paz, tranquilidad y obreros que dediquen su saber e inteligencia a producir y no a otros menesteres, es la democracia parlamentaria.
Dicho ésto, voy a intentar analizar lo que pueden determinar las elecciones generales del próximo día veinte de diciembre. Unas elecciones que llegan en un contexto histórico-político algo distinto a lo que teníamos hace tan sólo cuatro años. Tras el duro ajuste impuesto por el capital internacional durante estos años, el país se arrastra y languidece con apenas unos pequeños asideros de eso que en derecho político se llama soberanía. Con una ley electoral, implantada durante ese proceso que se ha dado en llamar "transición", y que yo llamo ley de punto final, por eximir a la dictadura de sus responsabilidades penales y otras, que daba al traste con la que regía en el país hasta febrero de 1936, es decir antes del golpe de estado fascista, las posibilidades de que la representación real del país pueda estar presente en el parlamento son bastante escasas. No obstante, con esas cartas seguimos jugando desde la constitución de 1978, constitución contra la que yo voté en contra. A pesar de todo, estamos en 2015 y se van a celebrar unas elecciones que, de una forma u otra, afectaran a las vidas cotidianas de millones de ciudadanos de este país. Con los dos grandes partidos, PP y PSOE, sostenedores del sistema puesto en pie entre franquistas y parte de la oposición a la dictadura, lastrados por corruptelas varias y leyes antidemocráticas de hondo calado, el panorama, en esta ocasión, se va a completar con la irrupción de dos nuevas fuerzas electorales, Ciudadanos y Podemos. Dejo fuera, en este apresurado análisis, a la cada vez menos existente Izquierda Unida, prácticamente desaparecida en las últimas elecciones municipales y autonómicas. Siendo Podemos la única plataforma o herramienta de izquierdas que la ciudadanía tiene, para poder expulsar del área de las instituciones  al binomio bipartidista, y no siendo objeto de mi análisis en este momento, quiero centrarme,a la hora de meditar los peligros que nos acechan, en las posibilidades electorales de esa organización llamada Ciudadanos a cuyo frente se sitúa un remedo de Terminator.


Ciudadanos, una alternativa de los poderes fácticos españoles, puesta en pie hace años en una zona del Estado, Cataluña, que operaba como célula durmiente, es activada en los comicios municipales y autonómicos del mes de mayo pasado, una vez que se vislumbra por esos mismos poderes que la alternativa Podemos puede ser peligrosa y que, sobre todo, la carta de la derecha clásica, que representa el PP, está ya algo agotada.Y hace caer del cielo, como en la película de Cameron, a su Terminator. Albert Rivera explosiona en todos los medios a raíz de los magníficos resultados obtenidos en esos comicios antes mencionados. Es tan peligrosa la alternativa que él representa, y él mismo, por supuesto, que una parte de la ciudadanía es incapaz de visualizar al Terminator que lleva dentro. Se le ve como un chico joven, apuesto, que sabe hablar, que tiene buena pinta y que habla de cambio. Antes de las elecciones a las que antes me refería, eran pocos y estaban enclaustrados en el territorio catalán. Después, ayudados por los departamentos de recursos humanos de distintos sectores y diversas empresas, empezaron a sacar fuera estampitas masculinas y femeninas muy bien coloreadas. Con alguna pequeña excepción, la exultante juventud era su marca de presentación. El culto a la personalidad del líder carismático rebajaba un poco su intensidad para dar paso al culto a la juventud. Ellos y ellas, hasta hace muy pocos meses inexistentes, invisibles, aparecían a centenares, a miles, dispuestos a imponerse sobre la realidad como una calcomanía perfecta. Y, curiosamente, en estos tiempos de rencillas por la igualdad de género, "ellas, ciudadanas", son mayoría. Tanto que el partido podría llamarse Ciudadanas y no Ciudadanos. Pero al margen de la ocurrencia, quiero decir que el intento de aparecer, sobre todo ellas, barnizadas con un cierto "estilo" moderno, progre o en sintonía con una cierta tendencia social y cultural, no les hace dejar de ser lo que son: burguesitas rancias con escaso gusto estético y mucho maquillaje y peluquería. Eso sí, han sido adiestradas en la verborrea vacua y en el mantenimiento de una mirada que pretende ser seductora.


Hay un alto porcentaje, según las siempre interesadas, manipuladas y poco veraces encuestas, de indecisos. Son ellos, los primeros que tienen que visualizar al nuevo Terminator. Y no les debería resultar demasiado difícil, porque en los últimos días la careta y la piel empiezan a dejar ver ya claramente el maléfico robot que se esconde detrás de su jovial y sonriente apariencia. Rivera confunde, o mejor, ya no esconde, sus recetas contra la violencia machista, o su idea  para atajar el terrorismo radical del Isis. Tampoco el nulo interés o preocupación sobre la impunidad del franquismo y el derecho de las víctimas a recibir justicia y reparación, sobre las que se ha permitido el lujo incluso de banalizar el holocausto español. Los ojos y la dentadura del espectral Terminator son ya visibles. El peligro, entonces, ahora, en este mes de diciembre extrañamente cálido, no es ni Rajoy, ni Soraya Sáenz de Santamaría, ni, por supuesto Pedro Sánchez. El peligro es el ciudadano Rivera y sus secuaces, y por supuesto lo que hay detrás de ellos. El poder más recalcitrante y rancio de nuestro país, aunque pretendan enmascararse con carátulas apriorísticamente más benévolas. Y es tal la preocupación que me invade, ante la posibilidad de que su porcentaje electoral sea tan decisivo que permita instalarse por otros cuatro años a la derecha fascista, y cutre de este país, en la que ciudadanos también está instalada, aunque bajo una careta muy bien construida, que apelo y que grito a la inteligencia colectiva de esos indecisos y de los que no lo están para que no se dejen seducir por los cantos de las sirenas anaranjadas. Porque Ciudadanos no representa ningún tipo de cambio, sino la consolidación de la reacción postfranquista.






miércoles, 16 de septiembre de 2015

BAYREUTH, WAGNER, NACIONALSOCIALISMO



El final del mes de julio está asociado, para mí, al inicio de las retransmisiones por Radio 2, así la sigo llamando, aunque la denominación comercial ahora sea la de Radio Clásica, del Festival wagneriano por excelencia, Bayreuth. Y no suelo perdérmelo. ¿Soy acaso un compulsivo wagneriano? Pues diría que no. Aunque, desde luego, inmediatamente tengo que afirmar que adoro la música de Wagner, como adoro la música de Bach, de Mozart, Mahler, o de Schönberg por citar sólo algunos de los músicos que hacen mi vida mucho más llevadera. Y no es que necesite conectarme con la emisora para poder deleitarme con los pentagramas del compositor alemán. Tengo los vinilos de todas sus óperas, que he escuchado decenas de veces años atrás, y posteriormente en soporte de CD, en el cual suelo escucharlas en la actualidad. Sin embargo, no sería del todo sincero si no admitiera que, de vez en cuando, recurro a los vinilos, y más aún, pero esto ya mucho más de tarde en tarde, a alguna grabación que tengo en discos de pizarra para gramófonos. ¡Eso sí que es toda una experiencia!
Pero volvamos al "Festspiele" wagneriano. Lo que me divierte de esas transmisiones, con su legendario locutor español asociado a ellas, José Luis Pérez de Arteaga, son las mil y una anécdotas en torno a la estructura, funcionamiento, dirección y elenco artístico participante, que Pérez de Arteaga expele cada año. Incluso las fases lunáticas que atraviesa, en ocasiones, el musicólogo que, dependiendo del año, hace que la retransmisión quede algo obscurecida por sus comentarios extremos. Eso sí, lo que no suele faltar, al inicio de cada conexión, es la tranquilizadora voz femenina alemana, aunque este año haya primado el locutor masculino, que va diciendo la lista de radios extranjeras que conectan, en directo, con el festival, y presenta la ópera en cuestión que va a ser inmediatamente retransmitida. Podría decir, incluso, aunque sin llegar a tanto, que esa voz sugerente alemana me lleva a pensar en la voz, ésta sí fuertemente seductora, atrapadora y no sé cuantas cosas más, de la computadora "Samantha", Scarlett Johansson, en la magnífica película "Her". No, la locutora alemana está lejos de la voz ronca y rota de la Johansson en esa película, pero te introduce maravillosamente a la audición wagneriana.
Al margen de todo esto, hace ya algunos años que pienso en algo que tiene que ver con el título de estas líneas. Contrariamente a lo que se afirma en muchas ocasiones, ni la música de Wagner es música nacional, o nacionalista, alemana en este caso, ni irradia ningún tipo de mundo totalitario.
Cuando uno escucha su música, sabe perfectamente que está dentro de eso que fue el origen del romanticismo, el "Sturm und Drang", tormenta e ímpetu en español. No sólo, los pentagramas de todas sus composiciones están atravesados por ese ímpetu, por ese furor romántico, que sabe llevar hasta sus últimas consecuencias. Pero voy a ir un poco más lejos. Las revoluciones en Europa de 1848/1849, magistralmente analizadas por Marx en  Las luchas de clases en Francia, donde da cuenta de cómo el proletariado de París se dejó llevar con deleite por una borrachera generosa de fraternidad y cómo, también, esa fraternidad duró el tiempo durante el cual el interés de la burguesía estuvo hermanado con el del proletariado, me lleva a recordar que el compositor de Leipzig participa en las barricadas de Dresde en mayo de 1849 para reclamar libertades constitucionales y realizar la unificación nacional alemana. En esas mismas fechas había recibido la visita del anarquista Mijail Bakunin, de quien, junto con Proudhon, estuvo influenciado desde el punto de vista  político. Dicha participación le costó el exilio. Un exilio que duró más de doce años.
Hasta el estallido de la revolución, Wagner había compuesto ya "Rienzi", "El Holandés Errante", "Tannhäuser" y "Lohengrin". Sin embargo, antes de abandonar Dresde había esbozado lo que luego sería el ciclo del "Anillo del Nibelungo". Y es ahí donde pienso que se produce algo que tal vez pudiera ser deudor o deudora del fracaso revolucionario de Dresde, y ese algo no es otra cosa que el refugio, la consolación del músico en el arte, en su arte, en la música, como exponente máximo, radical y más acabado de la expresión artística humana. O sea que, gracias a ese fracaso revolucionario, tal vez, hemos tenido la fortuna de poder disfrutar de esa música enorme que es el "Anillo", "Tristan e Isolda" o "Parsifal". Aunque no quiero, tampoco, dejar de señalar que, quizás, a consecuencia de esa frustración política que supone el revés revolucionario, el compositor abrace rancias concepciones antisemitas que en nada dicen de su inteligencia, también política, pero que tampoco tuvieron una capital importancia en su vida. También se convirtió, al final de su existencia, en un defensor de los derechos de los animales.
Después, pasados ya muchos años, al inicio de los años treinta del pasado siglo, Alemania penetra de manera absoluta en la senda del mal que se había iniciado ya al final de la gran guerra, también en suelo germano. Y es en ese período donde empieza a trastocarse todo. Es bien sabido que el canciller del Reich, Adolf Hitler era un devoto seguidor de su música y que acudía, durante ese período en el que en Alemania la inteligencia fue destruida y millones de seres humanos asesinados en los campos de concentración, a escuchar sus óperas en Bayreuth. También algunos de los gerifaltes nazis, aunque la mayoría odiaba esa música. Y que los familiares del compositor manifestaron ciertas simpatías por ese régimen de terror. De todo eso, al final de esa terrible experiencia que trajo consigo también la segunda guerra mundial, su música no salió indemne. Hasta tiempos muy recientes, gracias al director y compositor de origen judío, Daniel Barenboim, la música de Richard Wagner no podía ser interpretada en el Estado de Israel. No sólo, esa muletilla, completamente anacrónica, de nazi que se le ha atribuido al músico alemán, sigue percutiendo en los oídos contemporáneos.
La música de Wagner encarna, como pocas, ese ideal romántico, ese furor que provoca el amor en el cerebro y en el corazón humanos. Así que, ni música que representa, como querían los teóricos de ese régimen, de los ideales nacionalsocialistas, ni del Reich alemán. No me interesa lo más mínimo saber el por qué un ser infecto y un mediocre artista como fue Adolf Hitler, estuvo interesado y disfrutaba de esa música inmortal. Con toda seguridad, un genial judío austriaco, uno de los más grandes pensadores de todos los tiempos, habría podido explicarnos el por qué de la capacidad de emocionarse con esa música única y al mismo tiempo ser uno de los mayores criminales de toda la historia.









domingo, 19 de julio de 2015

CONTRA ALEMANIA,
CONTRA LA SOCIALDEMOCRACIA



En alguna de las entradas que componen los Escritos de un Salvaje, Paul Gauguin afirma: "Odio a Dinamarca y a los daneses". No seré tan radical como el genial e intransigente artista a la hora de escribir sobre el país de Richard Wagner o Karl Marx, por citar tan sólo dos de los grandes nombres de la historia de ese territorio. Alemania está a la orden del día igual que lo estuvo en otros momentos históricos, y la vuelve a armar como ya lo hiciera en otras ocasiones. La votación producida en ocasión de la negociación con el Estado Griego en el Parlamento de Estrasburgo aclara algunas cuestiones para entender el por qué de los acontecimientos. Sabido es que actualmente, aunque no sólo sucede ahora, en Alemania hay un gobierno de concentración nacional en el que mandan conjuntamente la derecha que representa Angela Merkel y el partido socialdemócrata. Así que, sin lugar a que la sorpresa pudiera producirse, era algo harto improbable, por no decir totalmente imposible, con Alemania, y con la madre de todas las socialdemocracias, esto es, la alemana, todos los partidos socialdemócratas votan, como una piña, junto a la Troika y a los intereses económicos que tan bien defiende la canciller alemana. Pero dejemos, de momento, de lado a la señora Merkel y centrémonos en la socialdemocracia alemana. El SPD, para no desdecir la terrible y sangrienta historia que lleva a sus espaldas y por la que aún, que se sepa, no ha pedido perdón públicamente, vuelve a ser el partido de Estado que siempre ha sido en los momentos históricos decisivos. Por lo tanto, con la crisis griega, llega el momento de demostrarlo una vez más y vota al dictado de la canciller alemana, arrastrando en su infamia al resto de los partidos socialistas europeos. Hagamos, pues, un poco de historia y retrocedamos en el tiempo para poder ver con claridad lo que sucede en la actualidad. 4 de agosto de 1914, en el Reichstag, parlamento alemán, se vota el otorgamiento de créditos de guerra para que el imperio, a cuyo mando está el Káiser Guillermo II, pueda afrontar la guerra con los fondos necesarios. El SPD, partido socialdemócrata alemán, cierra filas con el Káiser votando a favor de los bonos de guerra, rompiendo así con la manifestación mantenida hasta esa fecha, la de considerar toda guerra como expresión imperialista contraria a los intereses de los trabajadores. Inicia, así, la deriva criminal que se confirmaría unos años más tarde.Sólo algunos diputados, los que pondrían en pie la Liga Espartaquista y el Partido Comunista Alemán, Rosa Luxemburg y Karl Liebknecht, entre otros, votan en contra, pagando con la cárcel su valiente osadía.
Noviembre de 1918, comienza, en medio de la derrota final de las tropas alemanas en el frente, la llamada revolución de los consejos. En realidad, una revolución socialdemócrata llevada a cabo por socialdemócratas. Y lo más terrible, una revolución que dos meses después, en enero de 1919, será sofocada a sangre y fuego por dirigentes socialdemócratas, Ebert y Noske, entre otros. Traición sin precedentes y sin límites en la historia del movimiento obrero. Frente a la posibilidad de acabar para siempre con el imperio y la monarquía, junto a las clases aristocráticas y reaccionarias, y posibilitar una salida verdaderamente democrática y popular a la crisis de 1914, el SPD y sus dirigentes pactan con la élite más casposa y criminal del Reich para sofocar el intento que la revolución de los consejos suponía de abrir una posibilidad de libertad económica y política para la gran mayoría del pueblo alemán. El asesinato, de la manera más cruel imaginable, destrozándolos, primero, a culatazos y disparándoles a la cabeza, después, mientras dormían, de Rosa Luxemburg y Karl Liebknecht, simboliza la perfecta unión entre la reacción que llegará pocos años después bajo la sigla del NSDAP, los nazis, y la estupidez interesada y vilmente frívola de la socialdemocracia. Aparentemente, la fundación meses después de la mediática e históricamente sobrevalorada República de Weimar, puesta en pie sobre miles de cadáveres alemanes, habría servido para enderezar a la canalla alemana. Sin embargo, los acontecimientos posteriores pondrían de manifiesto que el mal estaba hecho, y que el origen del mal anidaba en el suelo de una cultura legendaria que no fue capaz de reprimir la pulsión de muerte. Durante el ascenso del nacional socialismo, no sólo, pero en gran parte debido a estos acontecimientos infames, no fue posible la conjunción de comunistas y socialistas para detener a Adolf Hitler. La extremísima caracterización stalinista de la socialdemocracia, al denominarla socialfascista, esconde el verdadero rostro de ella, es decir, la de partido del Estado, que, por encima de todo, y sobre todo, obedece a él, y sólo a él, aunque tenga, para ello, que sacrificar a millones de hombres y mujeres. La continuación del horror acaecido en las trincheras de 1914-1918, con la barbarie y el salvajismo de 1939-1945, esta vez incrementado con la eliminación de millones de seres humanos, sobre todo judíos, en los lager alemanes, hacen que la responsabilidad socialdemócrata de los acontecimientos de 1918-1919 no sea baladí. De no haber traicionado la revolución, a sangre y fuego, los europeos podríamos habernos ahorrado millones de muertos. Sin embargo, aún hoy, el SPD, la socialdemocracia alemana, no ha pedido perdón por esa horrible traición iniciada en aquel lejano agosto de 1914. Mientras no entone el mea culpa, y no lo hará jamás, no habrá expiado sus pecados frente a Europa y al mundo. 
Pero volvamos a nuestro tiempo, a nuestros días, y pongamos un nuevo ejemplo, tampoco banal, del modo de ser de la socialdemocracia, esta vez en nuestro país, en España. Recientemente hubo una moción por parte de algunos diputados del grupo minoritario en el congreso de los diputados, exigiendo el cumplimiento de la petición de extradición cursada por la Interpol, después del procedimiento llevado a cabo por una jueza argentina, dentro de la llamada "querella argentina", impulsada por antiguos detenidos y represaliados de la última fase de la dictadura, inculpando por crímenes de lesa humanidad a altos cargos de la dictadura franquista. Pues bien, siguiendo con la vieja tradición de servidores del Estado, el PSOE, la socialdemocracia española, votó, junto al PP, la derecha española, en contra de la petición de extradición para poder ser juzgados en argentina por aquellos crímenes. Nada tiene de extraño, al menos para mi, lo hicieron hace algo más de tiempo cuando reformaron el artículo 135 de la constitución para someterse al dictado de la Troika europea. Por lo tanto, debo decir, con claridad, que aborrezco la socialdemocracia, la del norte, la del sur, la del este, y la del oeste. No me gustan sus métodos, ni sus formas. Y me echo a temblar cuando los dirigentes de un partido, Podemos, del que aún me empeño en esperar alguna cosa en una cierta dirección, se declaran ahora socialdemócratas, alabando los parabienes, sobre todo, de la escandinava, de esos países en los que no querría ni mirarme aunque el resto de las aguas bajasen negras. Lo dice la literatura más reciente, las películas basadas sobre esta. Dinamarca, Suecia y Noruega están a punto de estallar, de saltar por los aires, sus sociedades están podridas, son reaccionarias y crecientemente xenófobas.
¿Y sobre Alemania, qué decir? Pues sobre Alemania poco más se puede decir, que tratan de volver a sacar la cabeza, por el momento sin armas, como ya lo hicieran otras veces en la historia, sacar la cabeza imponiéndose sobre otros pueblos, sobre otras identidades. Guiar a Europa, conducirla, hacia un nuevo precipicio. Esperemos que esta vez algún grupo político o algún movimiento tenga la clarividencia y la valentía para poder imponer unos criterios que desarrollen un proyecto que acabe con la explotación sempiterna capitalista. 

lunes, 15 de junio de 2015

"¡EL ORDEN NO REINA EN MADRID!"



Todo ha sucedido muy rápido, sin casi tiempo para podernos dar cuenta de lo que ha pasado, de lo que hemos conseguido. Después de casi tres décadas de gobierno municipal de la derecha más extrema, fascista, para ser más claros, el pueblo de Madrid, los ciudadanos, irrumpen de la mano de una candidatura unitaria y de la mano de una mujer, Manuela Carmena, que aúna un sinfín de identidades, desde las gentes que vivieron y sufrieron la dictadura, con tortura, cárcel e incluso muerte, hasta los últimos meses de vida del dictador, del generalísimo Francisco Franco, noviembre de 1975, hasta las gentes de las nuevas y medianas generaciones que no tuvieron que atravesar aquel obscuro túnel. Y esto, que acaba de suceder el otro día, el sábado 13, es histórico en el sentido más fuerte de la palabra, y tendrá consecuencias. Porque no hablamos de otro momento importante en la historia reciente de nuestro país, de nuestra ciudad, abril de 1979, cuando un viejo profesor de filosofía, Tierno Galván, entraba en la alcaldía de la ciudad, después del larguísimo paréntesis de la dictadura, en las primeras elecciones democráticas desde 1936, gracias al apoyo y al acuerdo del PSOE con el PCE, socialistas y comunistas unidos al poder. Porque con ser importante aquel suceso, en aquellas circunstancias políticas, en realidad suponía la normalidad política que esos dos partidos habían aceptado con el pacto que llevaron a cabo con los restos del franquismo, dando lugar a eso que se llama transición española, o régimen de 1978, como se dice recientemente, y que yo prefiero llamar, para ser riguroso con la historia, ley de punto final que impidió, que impide, juzgar a una de las dictaduras más execrables, aunque todas lo son, de la vieja Europa. Impunidad refrendada en el Parlamento español democrático, con los votos del Partido Socialista, la socialdemocracia española, en una acción típica, como tantas, a través de la historia, que iniciara la madre de todas las socialdemocracias europeas, la alemana, cuando reprimió a sangre y fuego la revolución de 1918, arrojándonos a todos, alemanes, europeos y resto del planeta, por el precipicio de 1933 con la llegada de Adolf Hitler y los nazis al poder, y permitiendo que el mal se adueñara de la sociedad humana provocando millones de muertos. Alguna vez tendrá que pedirnos, a todos, perdón el SPD alemán por aquellos hechos que nos condujeron a aquel suicidio colectivo que sigue produciendo daños colaterales.


Pero como decía antes, lo que ha sucedido este mes de junio de 2015 es algo completamente nuevo, no experimentado antes en nuestro país desde el final de la dictadura. El Ayuntamiento de la capital del reino de los Borbones va a empezar a estar dirigido por gentes, grandes y pequeños, profesionales o autodidactas, que representarán a toda esa masa de ciudadanos que manifestaron su indignación aquel ya lejano 15 de mayo de 2011 en la Puerta del Sol, restableciendo una línea invisible que atraviesa todo ese período fecundo hasta llegar al día de hoy, con sus luces y sus sombras, con sus luchas, victorias y derrotas, con sus represiones y sus alegrías. Y podremos darle la vuelta a aquel eslogan gritado a pulmón abierto hasta la extenuación: ¡Qué no, qué no nos representan!, por este que el pueblo de Madrid gritaba a las puertas del Ayuntamiento, la otra mañana, el pasado sábado: ¡Qué sí, que sí nos representan! Ellas y ellos nos representan, a casi todos, porque a algunos, a los insolidarios, a los que llevan el mal en sus cerebros, a los deshonestos, a los corruptos, a esos, no, a esos habrá que arrojarlos a las tinieblas para siempre.
Y tendremos una rémora porque, para que estas gentes estén sentadas en los sillones del poder del consistorio, hemos tenido que contar con el apoyo de esa socialdemocracia de la que hablaba antes, cuya herencia pesa sobre sus conciencias.
Pero mientras tanto empezaremos a vivir y a disfrutar de una ciudad que habrá que ir recomponiendo, que habrá que ir recuperando, habilitando sus edificios para lo que estaban pensados y diseñados: Palacio de la Música, Teatro Albéniz, Edificio España y tantos otros. Tendremos que poner fin a los destrozos que la maldad y la avaricia de una derecha predadora ha producido en nuestra ciudad. Detener, decretando el año cero de la contaminación, el pulular de miles y miles de coches que nos envenenan y nos matan, a todos, ancianos, jóvenes, maduros, niños. Restituir la memoria y la identidad que la canalla fascista ha intentado destruir por todos los medios dando nombres infames a lugares de lo común, de la ciudadanía: Vodafone Sol y línea 2 Vodafone, en sustitución de estación de Sol y línea 2 o Barclays Card Center sustituyendo completamente el antiguo de Palacio de los Deportes. Ejemplos éstos de lo que ha venido aconteciendo en los últimos años en nuestras calles, en nuestras vidas. 

Aunque no he nacido en esta ciudad, habito en ella desde el ya lejano 1968, es mi ciudad y la amo con todas mis fuerzas y todo mi corazón, no sólo porque dentro de sus muros y de sus infinitas intersecciones he amado, he sufrido y he vivido, sino porque es una ciudad con una arquitectura única, porque he disfrutado de sus innumerables cines, muchos de los cuales se perdieron por el camino, por la especulación, por la falta de interés cultural, por tantas y tantas cosas. Y la he amado incluso en esos años grises, donde incluso la policía era gris, donde sus edificios y sus calles eran grises, donde el silencio era el sonido característico de su cotidianidad. En unos tiempos en que cualquier apuesta innovadora estaba condenada al fracaso o a la clandestinidad más absoluta. Donde la cultura, la poca permitida, estaba al servicio de la propaganda más abyecta.

Pero este último sábado, el 13 de junio, me he contagiado, me he impregnado de la alegría de las gentes que, a pesar de la convocatoria del miedo de grupúsculos fascistas y facciosos, y del cinturón extremo de la policía, quisimos salir a la calle, acudir hasta el Ayuntamiento, hasta la plaza de la Cibeles, para apoyar un acto político sin precedentes, la investidura de una nueva alcaldesa, Manuela Carmena, y toda su candidatura de Ahora Madrid, para reclamar, de una vez por todas, la dignidad, la democracia, la justicia y la verdad. La recuperación de los espacios comunes, y de las palabras comunes.

Y en medio de todos esos abrazos y de todas esas gentes iguales a mi, he recordado a una mujer que hace ya muchos años trató, con todo su saber y todas sus fuerzas, de contribuir a luchar para liberar a la humanidad del mal en términos absolutos, ese que parte de la idea de que el otro que no soy yo mismo es mi enemigo. Se llamaba Rosa Luxemburg, y en su testamento político, antes de ser brutalmente asesinada junto a otros muchos revolucionarios, espartaquistas o no, escribió unas palabras dirigidas a su ciudad, Berlín, aunque tampoco había nacido en ella, en la que resumía el fracaso de esa revolución de la que hablaba al principio. Sin embargo, me voy a permitir cambiar no sólo el nombre de la ciudad, Berlín por Madrid, sino el sentido de su proclama, afirmando en positivo lo que el título de estas líneas anuncian: "¡El orden no reina en Madrid!" ¡Esbirros estúpidos! Vuestro "orden" era un castillo en la arena. Ahora la revolución se "levantará de nuevo clamorosamente", y para espanto vuestro proclamará: ¡Era, soy y seré! 

  



viernes, 25 de julio de 2014

SPINOZA ESTÁ EN EL TOUR


Hace años que quiero escribir sobre esto, muchos años. Nunca lo hice cuando él estaba en activo, pero ahora, finalmente, quiero escribir sobre él. Mis amigos y conocidos saben de sobra de mi pasión por el ciclismo, de mi fascinación por el Tour de France, yo como tantos otros, como Roland Barthes, por ejemplo, pero no sólo. Una pasión que no cede, a pesar de tantas cosas, a pesar de todo. Los ciclistas son otra cosa, deportistas, sí, pero otra cosa...
No aparece regularmente en los medios de comunicación, mejor diría en los media, porque no creo que la prensa, en general, sea escrita, radiada o televisada, comunique, sino que mediatice la opinión de las masas. Lo escucho la otra tarde, en una de las etapas de montaña de este Tour de Francia diluido en la nada, tras las caídas y, consecuentemente, abandonos de Chris Froome y Alberto Contador. Escucho su contención, su inteligencia. Esa que tan poco gustaba a los comentaristas y a la mayoría de los aficionados cuando participaba en las carreras. A su lado el comentarista jefe, mediocre y falto de criterio a la hora de analizar las etapas del Tour. Oficia eso que tanto gusta a las élites, lo politically correct. Pero para que el trágala pase con suavidad cuenta con un histrión de excepción. Es otro corredor, un corredor simpático, chistoso, vamos que cae bien al público televisivo, o no televisivo. Sucedía cuando estaba compitiendo, en activo. Pedro Delgado, Perico, era el héroe de los aficionados a este deporte. A pesar de su poca concentración en lo que estaba haciendo, a pesar de su poca cabeza, de su escasa inteligencia a la hora de saber leer la carrera... Esa tarde, como casi siempre, habla sin parar, y cuenta chistes, chorradas y claro, éso vende, éso gusta a un público falto de criterios para expresar una mínima crítica.
El otro, ese que irradia inteligencia, serenidad, calma y contención, se llama Miguel Indurain. Lo escucho ahora y no puedo impedir que mi cabeza vuelva a esos primeros años Noventa del pasado siglo, esos años que fueron suyos, y esos años en los que yo disfruté tanto, y fui un poco feliz, con un corredor anómalo, un corredor español distinto a todos los demás. Un corredor serio, inteligente, único. Cada uno tiene sus héroes, y uno de los míos, aunque no sea ni mucho menos el único, es él, Miguel Indurain.
Lo pensaba cuando seguía las etapas, por aquellos años, ¡coincidencia!, cuando en un seminario en la facultad de filosofía me devanaba los sesos estudiando la Ética de Spinoza, o Espinosa, como me gusta a mí escribir, ya que era un judío descendiente de españoles, y el apellido se escribe así. Enseguida lo tuve claro, me era sencillo hacer esa, quizás, banal comparación, aunque no creo que lo fuese tanto. Impresionaba ver a cualquier corredor, a todos los corredores, no sólo en esos años, incluso en otros, cómo palidecían de miedo cuando en el horizonte se alzaban los colosos alpinos o pirenaicos. Cómo fiaban todo su porvenir a la esperanza, hipotecando su propia posibilidad material de imponerse sobre esas dos categorías, el miedo y la esperanza, que alejan a los seres humanos de la posibilidad de ser libres con mayúsculas. Pero él, él sí que frente a esas montañas jamás aparentó ni miedo ni esperanza. Su inteligencia, su cabeza, le hacían aparecer como lo que era, un corredor como la copa de un pino, uno de los grandes, quizás, junto con Eddy Merckx, el más grande de la historia de este deporte que tanto amo. Desde luego, el único que ganó sus cinco tours de manera consecutiva, igualando el palmarés del belga y de dos franceses geniales, Jacques Anquetil y Bernard Hinault.
Sus cualidades físicas eran destacadas, pero como lo son las de tantos corredores del pelotón internacional. Sin embargo, no son precisamente, y sólo ellas, las que hacen que un ciclista llegue a ser un campeón. Es la inteligencia, lo que le va a separar del resto, aunque en ciertos momentos pueda parecer que otros llegan a igualarlo. Amo la inteligencia en las personas, y por eso lo amo a él. Y no exagero si afirmo que tengo una gran deuda con Miguel Indurain, porque durante esos años que van del 1991 al 1995, casi cerrando el fascinante y terrible siglo XX, su elegancia, su clase y su comportamiento en la carrera, hicieron que pudiera alcanzar momentos de felicidad que nadie me podrá ya quitar. Suena fuerte, lo sé, pero querría gritarlo con fuerza. ¡Spinoza estaba en el Tour!  





lunes, 21 de julio de 2014

UNA DULCE DERROTA


Esta tarde estoy empeñado en encontrar cosas raras, poco usuales, o que casi nadie busca. Me muevo con cierta ligereza a pesar de que el calor ha vuelto, aunque no excesivo aún. Tiempo al tiempo. El pleno verano, aún sin sus sacudidas más bruscas, nos hace sentirnos distendidos, la tensión baja y la libido es un fantasma. Busco una bovina de hilo para un paraflex, vieja palabra casi en desuso, e incluso viejos manuales que ya nadie utiliza o estudia. Las obras completas de Sigmund Freud. No, yo las tengo hace tiempo y he disfrutado y disfruto de ellas. Busco uno de los manuales donde se aloja uno de los ensayos más lúcidos del judío vienés. Es un regalo que quiero hacerle a una amiga pianista.
La ciudad tiene todas esas posibilidades y muchas más. Y, como siempre, la sorpresa te asalta cuando menos te lo esperas.
Estoy en el metro, en una de las puntas de una de las líneas. Me siento. A mi lado tres chiquillas, no creo que pasen de los quince, ríen, se divierten, se sienten importantes, únicas, inmortales. Enfrente, un señor de los de antes, tal vez en torno a los ochenta, vestido con un traje azul marino cruzado de botones escandalosamente dorados. Clásico, elegante, tocado con unas gafas de carey, redondas, como las de Pessoa, o las de Azaña, o las de tantos otros, que más da. Me produce sudor, aunque soy de los que necesita una buena calefacción o un sol más que tórrido para comenzar a sentirme asfixiado. Sin embargo, esta tarde me llega la calorina mientras observo cómo el anciano con suma vivacidad no para de seguir los movimientos de las tres infantas. 
Se mueven, se cambian de sitio, hasta que en un determinado momento están las tres juntas, arracimadas, casi pegaditas al señor de las gafas redondas. Yo llevo pensando algo desde hace ya unos minutos. Pienso en él y en mí, en su ancianidad y en mi no juventud. En que tanto él como yo hemos sido ya un poco derrotados en el terreno del amor. O tal vez no, quién sabe.
Aunque hay una cierta distancia cronológica entre él y yo, me vienen a la cabeza las palabras que me dijo en su casa el poeta Marcos Ana cuando lo estuve entrevistando. Le hablaba de lo bien que le veía pasados ya los noventa y me decía él, al decirle yo que no era tan joven como él pensaba, que sí, pero tú eres un chaval a mi lado...
Pienso en el poeta mientras miro la presencia elegante y distinguida del señor que tengo enfrente. Lo veo nervioso, dubitativo, agitado. Y sucede, lo que tenía que suceder. Sucede lo que yo pensaba que tendría que suceder. Se arranca y se pone a hablar con ellas. Aunque la distancia que me separa es corta, los vagones modernos son pequeños y estrechos, no logro descifrar las palabras que con tanto interés escuchan ellas. Ríen un montón, están felices, son guapas, están llenas de vida. Son la vida, diría yo. Pero en mi interior me atrevo a sospechar que no les está largando una perorata insufrible...Diana. Sí, hago diana en mis apreciaciones, cuando oigo decir a una de ellas, dirigiéndose con cierta ternura al señor que estoy describiendo, "Pero usted ha sido más que un rompecorazones...". Claro, me digo, es lo que había fantaseado yo en mi cabeza. Observaba su meneo constante de cabeza, su mirada ansiosa. Intuía, sabía, que se le iban los ojos detrás de las jóvenes florecillas. Su cara irradiaba la satisfacción de poder contemplar esa belleza inocente y natural. 
Aunque ellas se habían despedido ya en el vagón, no podían imaginar que al abrirse las puertas él también iba a apearse. Las puertas se quedan abiertas durante unos segundos, y puedo escuchar cómo vuelven a despedirse, sin embargo vuelve a detenerlas y vuelven a juntarse como en círculo. Les sigue hablando mientras ellas bajan sus cabezas de largas melenas para escuchar mejor las palabras que pronuncia el elegante anciano. El tren penetra veloz en el túnel y yo sonrío con complacencia.






Jesús Marchante, "L'autre rive II"

viernes, 18 de julio de 2014

EL ORIGEN DEL MAL





Contemplo la foto y no dejo de pensar en algo que resulta evidente. Cómo es posible que esos cretinos, esos catetos, que aparecen en ella, tuvieran en sus manos el poder de dirimir el principio o el fin de tal carnicería. ¿Quiénes eran esos tipejos con pinta de mequetrefes? Hace muchísimo tiempo que me interrogo sobre esta catástrofe histórica que para mi supone el inicio del mal.
Es un lugar común afirmar que si el serbio de Bosnia, Gavrilo Princip, no hubiese asesinado al archiduque Francisco Fernando, heredero del Imperio Austrohúngaro, el estallido no hubiera tenido lugar. Vana consolación que no logra explicar nada del por qué de la Gran Guerra de 1914-1918. Hay historiadores que para mí tienen un gran crédito, es el caso de Eric Hobsbawn, que  apuntan como una posible causa la equivocación política y el error de cálculo. Bien, puedo pensar que estos elementos que señala el historiador inglés puedan formar parte de una posible explicación política, que sin embargo en nada colma mi ansia por entender qué demonios sucedió aquel mes de julio de 1914 para que la civilización occidental decidiera suicidarse de manera tan brutal. Hay otra visión, fuertemente pesimista, que incide aún mucho más en esa visión lúgubre de los acontecimientos. Me refiero a lo que Joseph Conrad afirma en su inquietante relato El corazón de las tinieblas, poniendo, tal vez, al mismo nivel la verdad con el mal.
No obstante, aún no siendo algo definitivo, vengo sosteniendo hace ya algunos años, que la más lúcida explicación, o, mejor, el más lúcido análisis sobre lo que aconteció en Europa en aquellos años terribles, es el diminuto ensayo, poco más de quince páginas, que apareció por primera vez en 1915, por entregas, en un periódico vienés, y que llevaba la firma de Sigmund Freud. El artículo, que así se podría también llamar, lleva el título de Consideraciones de actualidad sobre la guerra y la muerte, y a mi juicio acierta de pleno a la hora de enumerar las causas que llevaron a los hombres a esa enorme carnicería. Sin embargo, si tengo que ser completamente sincero, ni siquiera Freud consuela del todo la desazón que me embarga cada vez que me documento, a través de fotografías o de filmaciones, sobre la Gran Guerra.
Incluso, hace algún tiempo, yo mismo he tratado de reflexionar sobre ello atreviéndome a trabajar sobre una serie de diez dibujos que llevan precisamente el nombre del encabezamiento. 
Qué es lo que hizo que millones de hombres caminaran como autómatas hacia aquellas trincheras en las que tuvieron que soportar tan enormes calamidades y de las que tantos y tantos nunca volverían.
Vivimos una época en la que frente a los desastres y a la represión que nos impone el poder, salimos a las calles y gritamos "¡Sí se puede!". ¿Acaso en aquel verano de 1914 no se podía?
Desde luego, gracias al trabajo de un grupo de activistas e intelectuales de gran altura, que estaban encuadrados en un partido llamado bolchevique, sí que demostraron que se podía, ya que lograron que durante el penúltimo año de la guerra, los soldados de Rusia desertaran en masa de esas cloacas llamadas trincheras, y de los campos de batalla, donde la carne humana no valía más que la de cualquier alimaña que vagase por esos campos de la muerte.
Somos hijos del mundo que se abre con la caída del muro de Berlín, pero estamos también prisioneros de lo que inaugura esa terrible guerra. La tentación, en algunos, que luego por diversas causas históricas, contamina al resto, de pensar que el enemigo es el otro. Y la terrible conclusión de que el otro es cualquiera que no sea yo mismo...



  
Jesús Marchante, "El origen del mal III"