martes, 13 de mayo de 2014










“La poesía son momentos anímicos que te van iluminando el camino” – Conversaciones con Marga Clark
De Jesús Marchante





Jesús Marchante: Estamos en casa de Marga Clark, que es fotógrafa y escritora, de hecho, ¿cómo te definirías tú?
Marga Clark: Bueno, intento no definirme, pero sí me gustaría decir que la poesía es el origen de toda mi creación.
JM: Y estamos aquí sobre todo para hablar de un libro que se va a publicar en Italia, que se llama El olor de tu nombre. El olor de tu nombre alude a un nombre, como es evidente, yo sé qué nombre es, pero prefiero que sea Marga quien nos diga a qué nombre alude el título de su libro.
MC: El nombre alude a la memoria de mi tía, la hermana de mi padre, Marga Gil Roësset, una mujer y una artista de una fuerza y de un talento extraordinario. A mí me llamaron Marga por ella, pero siempre ha sido un tema tabú en mi familia. Yo sólo sabía que había muerto muy joven y que habían silenciado su memoria. Mi tía era considerada una niña prodigio en aquella época. Dominó el dibujo, la acuarela y la escultura a una muy temprana edad. Empezó alrededor de los siete años cuando escribió e ilustró un cuento para su madre: La niña curiosa; y años más tarde, ilustró los cuentos que escribía su hermana Consuelo, que era tres años mayor que ella. A los quince años Marga ya estaba tallando en madera y más adelante usa el martillo y cincel esculpiendo en la piedra y el granito. Fue una de las primeras mujeres en esculpir en piedra, debía tener mucha fuerza en las manos. Marga conoció a Juan Ramón Jiménez el último año de su vida, en 1932, a través de una amiga común en una mañana de concierto, pero el poeta y su mujer, Zenobia, ya sabían de la existencia de estas dos hermanas de gran talento, porque les habían dejado como regalo, en la portería de su casa, un cuento, El niño de oro, que Consuelo había escrito y Marga ilustrado, a los doce años. Los dibujos eran de una modernidad, de una pasión y de una técnica tan perfectas para una niña que conmovieron profundamente al poeta. De manera que cuando Marga conoció a Juan Ramón y a su mujer, a los veinticuatro años, decidieron, después de ver su obra, que ella esculpiría sus bustos. En el transcurso de unos meses de intenso trabajo en casa del poeta, Marga terminó el busto de Zenobia, pero también acabó enamorándose perdidamente de Juan Ramón, y al no encontrar salida a esta situación, a ese amor totalmente romántico y platónico, se inmoló. Sabemos que su amor fue platónico porque ella escribió en su diario, ocho días antes de su muerte: “Si tú… espontáneamente, me dieras un beso”. Y también expresa en su diario su desesperación ante una situación amorosa que ella consideró imposible, cuando dijo: “Y como sin ti… es que ni quiero, ni me importa nada… lo mejor es morirme…”. Marga se pegó un tiro en la sien y acabó de esta forma con su breve e intensa existencia. El trágico destino de mi tía ha sido siempre un tema tabú en mi familia, pero aunque no se hablaba de ella, yo intuía su presencia en su obra, en sus dibujos y esculturas, que además estaban firmadas con su nombre. Siempre me pregunté quién era esa persona, que se llamaba como yo, que hacía esas esculturas y esos dibujos tan increíbles, tan llenos de emoción y de pasión, y  por qué no hablaban nunca de ella. En aquellos momentos yo no entendía muy bien su obra, pero la sentía muy dentro. Sus ilustraciones, dibujos y esculturas despertaban en mí muchas y diversas emociones; contemplándolos presentía la tragedia y el dolor, porque eran dramáticos y desgarradores y tenían alma. Más tarde, cuando me fui a Estados Unidos con una beca de estudios, a los diecinueve años, me llevé la memoria de mi tía Marga conmigo, y no me cabe la menor duda de que ella fue la responsable de que yo me lanzara al mundo de la creación. Marga, la mujer y la artista, siempre han formado parte de mi imaginario creativo y, como consecuencia, probablemente haya tenido una gran influencia en toda mi obra, tanto artística como literaria.
JM: Estamos, estoy, frente al dibujo que es uno de los últimos dibujos que realiza Marga Gil Roësset antes de suicidarse, y es el dibujo que ilustra la portada del libro, El olor de tu nombre, publicado en España, y también la de la edición italiana, L’odore del tuo nome, así que los lectores italianos van a poder disfrutar de este dibujo. Lo que me llama poderosamente la atención en el libro es el hecho de que hay una trasposición de las dos Margas, de Marga Clark y de Marga Gil Roësset. No se sabe muy bien, porque además el epígrafe de cada capítulo son unas líneas del diario al que tú hacías referencia anteriormente, del diario que escribió Marga…
MC: Son fragmentos, sí…
JM: Sí, son fragmentos del diario que escribió durante la última semana antes de su muerte, entonces, en tu poemario, no se sabe muy bien cuándo habla Marga Clark y cuándo habla Marga Gil, en definitiva es un libro que pertenece a las dos, ¿no crees?
MC: Sí, yo pienso que es un libro casi escrito a cuatro manos porque la voz lírica de la autora, en este caso Marga Clark, se desdobla en la voz de su tía. La voz lírica de la poeta está siempre en consonancia con la voz de la escultora Marga Gil Roësset. A veces es la poeta la que habla, dirigiéndose a su tía, y otras, es la escultora quien se dirige a la poeta, su sobrina, expresándole su estado de ánimo. En este poemario establezco un diálogo íntimo y profundo con la memoria de mi tía. La voz lírica se desdobla constantemente en ella  intuyendo su estado de ánimo, el dolor que ella podría sentir ante su desánimo, su desengaño amoroso; y también, a veces, la escultora se dirige a su amado. La voz lírica de la tía está sacada directamente de los fragmentos del diario que ella escribió ocho días antes de su muerte. Ella dice, por ejemplo, “y mi alma se parte…” o “¡Cómo duelen de agudo las articulaciones del alma…!”, Marga  expresa su dolor en su diario la noche última, antes de suicidarse diciendo; “Mi amor es infinito… la muerte es infinita… el mar es infinito… la soledad infinita… yo con ellos… ¡contigo…! Mañana tú ya sabes… yo… con lo infinito…”.
JM: Evidentemente es de una profundidad inquietante, un diario del cual hoy, tantos años después, el público, los lectores no pueden tener la oportunidad ni el placer de leer, porque sigue siendo inédito, no se ha publicado, hasta estas fechas…
MC: Se ha publicado la mitad del diario, yo lo publiqué en una novela, que se titula: Amarga Luz, publicada por la editorial Circe en 2002, ̶ en el 2011 la editorial Funambulista sacó una nueva edición – y allí, por exigencias narrativas, muestro su diario porque es verdaderamente cómo su familia descubre que Marga Gil Roësset se suicida por ese amor que ella consideró no correspondido, por este sentimiento tan profundo que sentía hacia el poeta Juan Ramón Jiménez.
JM: Es evidente que en tu novela se reproducen fragmentos extensos de ese diario, pero el diario en sí, como tal, como lo escribió Marga Gil no está publicado al día de hoy…
MC: No, el diario completo no está publicado.
JM: En todo caso, un escrito, una pasión materializada en palabras de una artista, de una escultora y dibujante, como era Marga Gil Roësset sería importante, porque igual que el diario no es conocido, tampoco su obra es conocida dentro de nuestro país, en España…
MC: Se hizo una exposición en el año 2002, en el Círculo de Bellas Artes, y conseguimos reunir entre toda la familia lo que queda de su obra, porque ten en cuenta que Marga, el último día de su vida, fue a su taller y destrozó la mayor parte de su obra, pero se conservaron los dibujos que ilustraron sus varios libros de cuentos, un libro de canciones con textos en francés de su hermana Consuelo y música de su cuñado con tres ilustraciones suyas, una de las cuales se asemeja tanto a las de Le Petit Prince de Saint-Exupéry, que se ha comentado que posiblemente el escritor se pudo haber inspirado en ella; teniendo en cuenta que este libro se publicó once años antes. Para la exposición se pudieron reunir unas cien obras, entre dibujos, acuarelas, ilustraciones y las diecisiete esculturas que todavía se conservan, entre las que se encuentra el busto de Zenobia. Se hizo una exposición muy interesante, preciosa, en el Círculo de Bellas Artes, en la Sala Goya y…
JM: …y nada más, no se hizo nada más…
MC: …y nada más, porque inexplicablemente se paró la itinerancia de esta exposición.
JM: Y nada más, quiero decir que salvo esta exposición, que acontece muchos años después de la muerte de la artista – recordemos que Marga Gil muere en 1932 y como tú acabas de decir la exposición se organiza en el año 2002 – nunca más se ha visto nada, no sólo, el público español y el público internacional que visita Madrid, no puede ver nada de la obra de esta enorme artista  porque no está representada en ningún museo y no está representada en ninguna institución, en ninguna fundación y en ninguna parte. Es una artista invisible, inexistente, aunque los que amamos y apreciamos a Marga Gil Roësset sabemos de su importancia. Como decías tú, Marga ilustra con doce y trece años dos libros de cuentos, La rose des bois y El niño de oro, y cualquiera que pudiera ver esas ilustraciones se daría perfectamente cuenta de que, ni tú ni yo estamos exagerando, es una artista de una altura enorme, porque con doce y trece años me atrevo a afirmar que dibujaba mejor que artistas de la talla de Pablo Picasso o de Francis Bacon o de René Magritte o incluso, quizás voy a hacer una exageración, ni Leonardo da Vinci con doce años dibujaba como dibujaba Marga Gil Roësset.
MC: Tampoco tenemos que hacer tantas comparaciones, ella tenía una voz propia…
JM: Todo esto tan sólo para resaltar la grandeza de una artista que al día de hoy sigue siendo una gran desconocida.
MC: En su época se habló mucho de ella. En 1930, cuando Marga participó en la Exposición Nacional de Bellas Artes, a los 22 años, y presentó su escultura, “Adán y Eva”, todos los críticos se quedaron boquiabiertos al presenciar la genialidad de esta obra, y le hicieron varias entrevistas.  José Francés, que era el crítico de la época, dijo: “Se está, pues, en presencia de un artista verdadero, que no debe nada a profesores ni maestros. En ella estaba todo, como un don del más allá”, y también dijo: “Esa falta de piedad, de compasión, enfermiza, pero no de ternura, es lo que caracteriza a Marga… …Es siempre la verdad exaltada, sin perder la solidez estructural de la forma; es siempre la sed imaginativa…”. Y Marga contesta cuando le preguntan sobre qué intentaba hacer en esa escultura maravillosa de Adán y Eva: “Yo intento siempre operar sobre mis esculturas de dentro afuera, es decir, trato de esculpir más las ideas que las personas. Mis trabajos en cuanto a la forma podrán no ser muy clásicos, pero por lo menos llevan el esfuerzo de querer manifestar su interior”. Y sobre “Adán y Eva” dice: “Padres del género humano, viejos como el mundo, atlético él, fuerte como para engendrar a todos los hombres, débil ella, apoyada en el robusto pecho del hombre, pero amplios sus senos como para amamantar a toda la humanidad. En sus caras es reflejado el dolor, dolor del paraíso perdido, dolor de sentirse solos, en medio del planeta, dolor por todos los dolores que habrán de arrastrar sus hijos a través de los siglos. No sé si he logrado mi idea”.








JM: Sí, es absolutamente clarividente la expresión de su propio trabajo. Para acabar esta pequeña semblanza sobre Marga Gil Roësset hay que decir que ha quedado claro, cuando tú leías la crítica de Francés de 1929, en La Esfera, que es una artista autodidacta, que se hace a sí misma, y de ahí, todavía aún más, su grandeza, cuando yo decía anteriormente que los dibujos que hace con doce y trece años no son los dibujos propios de una niña, ni de alguien que no tiene una formación, sino son dibujos completamente acabados, con una profesionalidad y una mano que asombran cuando uno sabe que han sido compuestos por una niña de tan sólo doce años. Yo ahora lo que querría es un poco volver sobre Marga Clark, sobre la Marga escritora, poeta y también sobre la Marga fotógrafa, porque cuando leemos tu libro, El olor de tu nombre, y no sólo ese libro, porque tienes más libros publicados de poemas…
MC: …sí, con este último que saldrá para esta Feria del libro serán ya ocho poemarios…   
JM: …ocho libros, nos encontramos ante una escritora de una potencia, de una elegancia y de una personalidad enorme que, sin embargo, para mí, conociendo un poco tu obra como fotógrafa, no están para nada fuera de lo que es tu trabajo como artista, sino que en definitiva, cuando yo contemplo las series de fotografías que tú a lo largo de estos años has producido, me encuentro con esa misma potencia, con esa misma impronta personal y con esa misma, ¿cómo decir?, originalidad que desprende toda tu obra. ¿Qué nos podrías decir sobre cómo afrontas tú la escritura?
MC: La escritura para mí es, diríamos, un refugio, es una salvación, y esto también lo dicen muchos poetas y escritores, pero, como ya he dicho antes, para mí la poesía, en realidad, ha sido el origen de toda mi creación. Yo escribía poesía desde muy pequeña, y es más, cuando tenía catorce años, yo ya intuía que el mundo de la poesía era hacia donde iba a dirigir mis pasos, y es que a veces, inconscientemente, nuestra conciencia nos va guiando por un cierto camino; y fue muy interesante descubrirlo hace unos años, cuando releyendo cartas del pasado, me encontré con un papel cuadriculado donde yo había escrito, con mi letra de niña de colegio, este verso: “Si el verso rima con la muerte/ y la poesía es el rumbo de mi vida/ vida y muerte rimarán en mi existencia/ y esa rima creará poesía”. Yo me quedé de piedra cuando leí esto, ¿cómo había podido escribir: “…y la poesía es el rumbo de mi vida”? , ¿cómo podía yo saber a los catorce años que la poesía guiaría mi vida? Es que a veces, tu conciencia se adelanta a lo que está pasando en tu vida y te va guiando el camino. Siempre he dicho que la poesía son momentos anímicos que te van iluminando el camino. Así que cuando me fui a Estados Unidos a los diecinueve años con una beca, me llevé, junto a Marga, mi escritura, mi poesía silenciosa, porque allí yo no tenía ni maestros, ni grupos, ni nadie donde poder apoyarme, de manera que seguí escribiendo poesía de una manera silenciosa, es decir para mi yo más íntimo. Salí al mundo de la creación con la imagen, y no con la palabra, porque era más fácil para mí expresarme a través de las imágenes en una cultura tan diferente a la mía, de manera que yo empecé a investigar con la fotografía, pero siempre muy influenciada por el mundo poético. Existe una gran relación entre mi poesía y mi fotografía porque yo no uso la imagen solamente como imagen o la palabra como palabra, sino que ambas actúan como metáforas que van desvelando los símbolos que se esconden detrás de la realidad; siempre intento ir, tanto con la imagen como con la palabra, más allá de la simple apariencia de las cosas.
JM: Pero en esto que dices, hay una pregunta que yo te quiero hacer que me parece fundamental, porque lo que siempre emerge, no sólo en tu poesía, sino también en tu obra fotográfica, es la muerte. ¿Por qué esta idea de la muerte? ¿Por qué esta obsesión con algo que, como bien decía Epicuro, “Cuando yo estoy ella no está, y cuando ella está yo no estoy”? En realidad la muerte no es nada. ¿Por qué Marga Clark tiene esta inquietud o esta desazón frente a la muerte?
MC: Esto es un misterio porque siempre, desde muy pequeña, me ha interesado mi origen, saber de dónde vengo y hacia dónde voy. Creía, y todavía creo, que estas dos preguntas eran las más esenciales, y a las que debía prestar toda mi atención. No sé por qué no me dediqué a la ciencia, o a la filosofía pura, porque lo que de verdad me hubiera interesado es haber estudiado el cosmos, los orígenes, los temas existenciales. Todas estas preguntas, mis inquietudes existenciales han recaído siempre sobre mi poesía. Yo no sé si esta preocupación es algo genético, o es algo que me ha trasmitido a lo mejor mi tía Marga, a través de su suicidio, de su muerte. Yo siempre intuí, desde pequeña, algo trágico en la ausencia de mi tía, en esos silencios, en ese no querer hablar sobre ella, yo intuía que su final había sido trágico y doloroso; no sé, todo eso me pudo haber influido más tarde en mi vida y en mi obra. Todo mi trabajo siempre se ha desarrollado, como Marga dijo en su entrevista, “de dentro afuera”. es decir, que mi obra ha salido, a pesar mío a veces, sorprendiéndome, como una forma de conocimiento interior, es una especie de catalizador de mis estados anímicos, para ponerme más en contacto conmigo misma. A través de mi obra me he ido cuestionando a mí misma y a todo lo que me rodea. La poesía es como una llama inagotable que me va iluminando el camino, para que pueda ver todo aquello que se esconde a la mirada. Por eso me interesa mucho todo ese mundo de lo “no visible”, de la invisibilidad; y es por esos derroteros por donde siempre ha deambulado mi obra fotográfica y mi poesía. Hay una frase del escritor Lewis Carroll con la que me siento muy identificada, él dijo: “quisiera ver de qué color es la luz de una vela cuando está apagada”.
JM: Sí, porque hay una serie tuya de fotografías que se llaman Cajas Áureas, sobre las que me gustaría que hablaras un poco ya que hace alusión a algo que a mí personalmente me inquieta muchísimo, porque es sobre invisibilidades, muertos y cementerios, en Venecia…
MC: Lo que, en realidad, pretendo  con las Cajas Áureas es alargar la memoria  colapsada de seres ya fallecidos y abandonados. De hecho, intento reivindicar la memoria de estos seres, de los que ya nadie se acuerda. Este trabajo nació mucho antes de que saliera a la luz la historia de mi tía Marga, creo que ya me estaba preparando inconscientemente para también poder reivindicar su figura. Se inició con una carpeta fotográfica titulada: De Profundis, que se componía de diez imágenes y diez poemas íntimamente relacionados. Los poemas fueron precursores de los rostros desvaídos, sobre todo de mujeres, que un año más tarde encontré en los nichos del cementerio San Michele en Venecia. Su incipiente estado de desintegración me impulsó a volver a fotografiar estas caras intentando parar el deterioro en la emulsión de la película, y de esta forma mantener todavía viva su memoria. Intento rescatar a la muerte del olvido. Esta serie se ha ido transformando y enriqueciendo a lo largo de los años, hasta llegar a encarnarse en las Cajas Áureas – obra más reciente – . En estas cajas, la poesía está inherentemente relacionada con la imagen. Ambas se pertenecen, el poema se oculta pudorosamente en el interior de la imagen, como si de una herida se tratara, como si quisiera ocultar algo, y ella misma nos anima a adentrarnos más allá de su piel para revelarnos su mensaje. De esta forma, podemos establecer un dialogo íntimo con la imagen que tenemos enfrente, y nos podemos contemplar mutuamente para así poder reconocernos. Yo siempre he dicho que la poesía se manifiesta cuando el ser humano trasciende su realidad y establece un diálogo con lo invisible. El poeta Rilke también dijo: “Cómo soportar lo visible si no es haciendo de ello el lenguaje de la ausencia, de lo invisible”. Y es que la creación, ya sea plástica o literaria, es una forma de levitación, un ausentarse de la realidad que rodea al creador, aunque sólo sea momentáneamente. El poeta José Ángel Valente pretendió siempre, según sus propias palabras: “Llevar la palabra hasta el límite, allí donde conserva la fascinación por el enigma”. Considero que la poesía es la llave que abre la puerta del mundo de los grandes misterios.  Por eso, si yo me atreviera a definir un término tan indefinible como es la poesía, diría que es: “el alma en busca de los misterios”. Y pienso que estas Cajas Áureas son misteriosas, y nos sirven como reflejos, o espejos, donde poder reflexionar y poder vislumbrar todo lo esencial.
JM: Sin embargo, tienes una serie que a mí me asombra, que me gusta infinitamente, que versa sobre el azul, un azul, unos azules que quizás a mí, como artista, me interesa mucho porque trabajo mucho con el azul, y son unos azules que yo percibo también en tu obra porque aunque resalta y es muy evidente el tema de la muerte, sí que por debajo hay como una sutil línea en algunos libros de poemas, como por ejemplo Amnios, donde esa idea del color que también, bajo mi punto de vista, expresas en tu serie azul, que no recuerdo exactamente cómo se llama…
MC: Es mi serie más actual y la verdad es que todavía no la he nombrado, porque el nombre aparecerá, como siempre, de repente, a lo mejor la llamo “Serie Azul”, como la has llamado tú. Yo no me he fijado ni siquiera que en esta serie predomine el azul; pero sí, efectivamente sí que prevalece el azul. Yo creo que los colores expresan emociones y sentimientos, y en mis Cajas Áureas es muy representativo el color dorado. Pero es más una patina, un brillo del pasado, un reflejo de antigüedad del pasado, de lo sagrado, eso representa para mí el color dorado en mi obra. Sin embargo, en esta última serie vuelvo quizá más a la vida, más al presente, y ésta es una forma de hablar porque yo creo, como han creído muchos filósofos y científicos, que el tiempo no existe tal y como lo concibe el ser humano, sino que el tiempo es un instante de pasado, presente y futuro, es todo en uno, está todo en uno integrado, nosotros lo separamos porque para nuestra mente es imposible que podamos concebir esa instantaneidad del momento, que son los tres momentos en uno. Por lo limitado de nuestra condición humana tenemos que espaciar el tiempo en momentos, días, horas, minutos, y tenemos esta concepción del tiempo para poder captarlo en su totalidad.
JM: Es interesante lo que dices porque me lleva a pensar en una vieja fantasía mía que tiene que ver con viajar en el tiempo y la posibilidad de viajar en el tiempo con la teoría de Einstein, cuando tú dices “Yo veía al mismo tiempo el presente, el pasado y el futuro”, la única posibilidad de viajar en el tiempo es porque presente, pasado y futuro están sucediendo al mismo tiempo, de otro modo jamás podríamos retroceder en el tiempo, ni avanzar…
MC: Claro, claro…
JM: Entonces me sorprende esta concepción que has hecho tú al hablar de esta idea…
MC: Y es que está muy representada en mi trabajo. Yo he comprobado esto en mi propia obra, porque a veces he fotografiado algo sin ninguna utilidad para mí en ese momento, pero yo estaba allí, viendo con los ojos del pasado, del presente y del futuro, y mi futuro me estaba diciendo: “Cáptala porque la necesitarás”, y aquella imagen que capturé entonces, ha tenido que esperar, en forma de negativo o diapositiva, a lo mejor, veinte años, para que le llegara su momento de salir a la luz. Yo sabía que existía, y que estaba allí, esperando, porque me había adelantado a su momento. Uno ve con los ojos del tiempo, y siempre he dicho que mis poemarios son como mis pequeñas guías, como esas piedrecillas que uno va soltando a lo largo del camino para no perderse, para no desviarse de ese destino que conduce a todo ser humano a la única certeza que tiene en la vida, que es la muerte.
JM: Desgraciadamente…
MC: Bueno, desgraciadamente o no, pero es así. No es sólo poeta, al menos eso pienso yo, el que publica libros o escriba poemas, sino el que sabe descifrar todos esos símbolos, todas estas señales que se le van apareciendo a lo largo de la vida y que le sirven para poder seguir su camino con más lucidez, para saber encauzar su rumbo en la dirección adecuada, la que él quiera seguir; pero lo hace de una forma inconsciente e intuitiva, porque en ese momento en el que él se encuentra, todavía no es consciente de ello. Los seres humanos nacemos ciegos de conocimiento, y necesitamos ver con los ojos del adentro y mirar con los del afuera para estar en contacto con nuestro propio destino. Una hormiga que se nos cruza en el camino en un determinado momento puede ser crucial para que, a lo mejor, tengamos que desviarnos del camino. Y saber esto es esencial, ya que la obra del artista, sea cual fuere, poesía,  fotografía, pintura… etc…, es una forma de desvelamiento, una forma de conocimiento que lleva al artista o al poeta a enfrentarse con su propio destino. En mi experiencia, la poesía es la llave que me abre las puertas al mundo de todos estos misterios sobre la vida y la muerte que tanto me preocupan.
 JM: En cualquier caso, cuando los lectores italianos estén frente a este libro, El olor de tu nombre, más allá de consideraciones, está clarísimo que se van a encontrar ante un poemario, ante una escritura de una fuerza increíble, que en este caso concreto recupera a una artista como era Marga Gil Roësset, pero que independientemente de Marga Gil Roësset, quien emerge es una escritora de una potencia enorme y que los lectores podrán comprobarlo cuando tengan el libro en sus manos.
MC: Me gustaría decir que este poemario: El olor de tu nombre, al igual que la novela Amarga luz, son una manera de homenajear y de reivindicar la figura de mi tía Marga, algo que yo me he tomado como una misión en mi vida, puesto que ella estuvo enterrada en una sombría tumba del olvido durante más de setenta años, porque no nos permitieron nunca hablar de ella. Ahora que Marga resucita en todo su esplendor, yo quiero que la conozcan como la genial artista que fue, y que sigue siendo – porque las creadoras y artistas como ella nunca mueren – y no sólo como una anécdota de la vida de un poeta, o como una historia romántica con un trágico desenlace, sino porque ella era un ser especial con un don extraordinario; una artista, autodidacta, vanguardista, original e innovadora que, no me cabe la menor duda, hubiera ocupado un lugar relevante en el mundo de la cultura y del arte moderno si hubiera vivido sesenta o setenta años más, porque hay que tener en cuenta que Marga se suicidó a los veinticuatro años y ya había creado una extensísima obra. De todas formas la obra y vida de Marga ya está siendo investigada por  hispanistas, historiadoras y críticas de arte, incluso a nivel internacional. Un grupo de mujeres feministas, que se llaman “Las sin sombrero”, investigan sobre nueve mujeres de la Generación del ’27, y entre ellas se encuentra la escultora, Marga Gil Roësset. Otra hispanista de la Universidad de Exeter, Nuria Capdevila, ha publicado un libro este año: Artistas y precursoras: Un siglo de autoras Roësset, que trata sobre la obra, y la influencia que ejercieron en su tiempo cuatro mujeres de mi familia, entre las cuales está Marga.
JM: Y esto daría lugar a otra entrevista, porque si entráramos a profundizar en la familia Roësset, hay cuatro mujeres que son cuatro artistas en distintos períodos históricos…
MC: Sí, es que todas las mujeres de mi familia son muy potentes. También existe un proyecto de película que estamos preparando mi hijo, Steve Clark – director de cine, pintor y poeta – y yo. A mi hijo le he traspasado este entusiasmo y esta obsesión sobre la figura de Marga, que es su tía abuela. Hemos escrito juntos el guión de cine, basado en las dos Margas, tía y sobrina, y ahora es cuestión de encontrar el productor adecuado. Pero no me cabe la menor duda de que este proyecto saldrá adelante, en cuanto se supere un poco el momento de crisis en que nos vemos sumergidos todos. Nada me haría más contenta que realizar esta película sobre Marga Gil Roësset, para así mantener viva su memoria por todo el mundo.
JM: Me parece muy bien todo lo que has explicado porque el público italiano podrá entender que detrás de El olor de tu  nombre hay una gran artista, aún desconocida en su propio país, pero que más temprano que tarde llegará a estar representada en los museos nacionales ya que la entidad de su obra es lo suficientemente importante para que sea así. Te quiero dar las gracias, Marga Clark, por esta entrevista y por haberme acogido en tu casa.
MC: Y muchas gracias a ti, Jesús, por tu interés. Sé que desde el principio tú has apreciado la obra de Marga, y la has valorado como se merece, y esto requiere un ser con una mente abierta y una sensibilidad especial, así que yo te felicito a ti también, y te agradezco mucho el haberme ayudado, a través de esta entrevista, a reivindicar la memoria de este ser tan único que era mi tía, la escultora Marga Gil Roësset.
JM: Muchas gracias, Marga.

viernes, 2 de mayo de 2014

MARTE UNO, VIAJE SIN RETORNO






El modo de producción capitalista siempre produce sorpresas, o quizás no. Analizando su forma de reproducirse, lo que, a veces, pueda parecernos una majadería, no lo es en absoluto.

Hace ya algún tiempo, viendo el desarrollo de las crisis capitalistas y de la imposibilidad de expansión permanente en los sectores clásicos de la producción, que pienso que el Capital, que de forma tan inteligente analizara Karl Marx, tiene dos salidas para superar su impasse. Y aunque apenas dé pistas de por donde está yendo, haciéndonos creer que está completamente varado y a la desesperada, estoy firmemente convencido de que no es así.

En muy pocos años, eso que ahora nos parece central, la crisis financiera, los bancos como el eje central de apropiación de la riqueza que producimos todos, será sólo arqueología. El capitalismo se habrá sumergido en una nueva acumulación originaria que en nada tendrá que ver con los sectores más conocidos de la producción.

La acumulación vendrá de parte de la robótica, o mejor diría, de la inversión en inteligencia artificial, pero a niveles que irán más allá, incluso, de los planteamientos que vemos en las últimas películas de ciencia ficción.

2001: Una odisea del espacio, la vieja saga de La guerra de las galaxias, AI y, más recientemente, Elysium, nos proporcionan algunas señales de por donde irán los tiros.

Ahora, en estos días, leo una noticia que me hace pensar que muy pronto la realidad superará a la ficción. "Mars One", es un proyecto ideado por una empresa privada de matriz holandesa que ha puesto en pie un viaje tripulado a Marte para establecer una colonia humana permanente en el planeta rojo. Y esta es la segunda salida del capital para superar la crisis. La inversión en el espacio, pero de manera seria y no sólo como efecto colateral.

Pero "Marte Uno" tiene una peculiaridad. Una peculiaridad anómala y salvaje, diría yo. El proyecto consiste en enviar naves espaciales de cuatro personas cada dos años, a partir de 2024, para ir consolidando la colonia. Pero lo impactante no está ni en las características del viaje ni en el destino. Lo fascinante, si así podríamos llamarlo, es que es un viaje de ida. Un viaje sin retorno.

Suena a delirio, pero no lo es. De entre las más de 200.000 solicitudes enviadas a la empresa holandesa para poder participar en el proyecto, han sido seleccionadas 1.058 personas, y entre estas, 39 españolas. Miles de personas de todo el mundo dispuestas a emprender un rumbo hacia lo desconocido, sabiendo que no volverán jamás al planeta donde han nacido y vivido. Vivir y morir en Marte.

Mi cabeza se dispara. Un sinfín de proyecciones atraviesan mis neuronas cerebrales. Aunque en un principio pueda parecer una elección suicida, tal vez no lo sea tanto. Decidir libremente separarse del cordón umbilical social y humano es algo que no tiene precedentes. Se podría decir que perderse, por ejemplo, en un lugar perdido de la Tierra, supone también romper ese cordón umbilical, pero la ruptura que supone la elección de viajar a Marte sabiendo que nunca más volverás al planeta Tierra, supera cualquier otra comparación.

Analicemos, sin embargo, qué puede suponer este proyecto. Abre un sinfín de preguntas, por supuesto, que no tienen una respuesta inmediata. Pero la apuesta capitalista, como decíamos antes, no es baladí. Y la personal, tampoco.

Viajar hasta el planeta rojo, sabiendo de antemano que no se va a volver, es ya una apuesta valiente. Suponen más de siete años de viaje, toda una vida, en la que cuatro personas tienen que compartir un espacio muy reducido y donde, entre otras carencias, no es posible usar el agua para la ducha. Sólo unas toallitas humedecidas serán el soporte material para la higiene personal.

En esa apuesta, lo que primero va a saltar por los aires es el yo freudiano, la identidad humana. Dejar atrás la propia biografía para diluirse en un referente vacío, en la nada. Y también la categoría de poder, al menos como estamos habituados a conocerla aquí, en nuestro planeta.
Me produce una cierta sonrisa leer que la empresa pondrá a disposición de los habitantes de la colonia marciana un servicio de mails gratuito e infinito y toda una serie de comunicaciones, redes y similares, para que dichos extramarcianos puedan mantener el contacto con sus seres queridos y amistades. Y aquí es donde la realidad, la terrestre, se convierte en virtual y ficticia, y la ficción marciana ocupa la única y posible realidad. 
Sin embargo, no sólo está este aspecto. La empresa que dirige el proyecto desaconseja la procreación porque no se conoce aún la capacidad humana de procrear en un medio de gravedad reducida, ni tampoco si un feto puede desarrollarse normalmente en estas circunstancias. Si bien, como la misma empresa reconoce, esta investigación es prioritaria, puesto que será la que permita poder establecer un asentamiento permanente en el planeta rojo.
Hay otro aspecto que tampoco tranquilizará a los colonos extramarcianos, o tal vez les resulte indiferente, quién sabe, después de haber decidido lanzarse a este peculiar viaje. Me refiero a los servicios médicos disponibles en caso de enfermedad. También aquí, durante los primeros años, sólo se aseguran posibilidades para enfermedades comunes y accidentes caseros. Ciertas enfermedades, que requieren equipos grandes como en los grandes hospitales terrestres, no podrán ser tratadas en Marte. No obstante, siendo tan pocos los habitantes y estando tan aislados de todo, ¿enfermarán?
Sin embargo, no dejo de pensar o de fantasear con la perspectiva de que los que van a ir hasta allí, sabiendo que no regresarán jamás a la Tierra, intuyan una cierta promesa de inmortalidad. ¿Inmortalidad? Sí. Seguramente, las condiciones especiales en las que van a vivir y las investigaciones que llegarán de la mano de experimentar en un planeta con unas condiciones tan distintas a las del nuestro, posibilitarán, cuando menos, la prolongación de la vida más allá de la duración real del tiempo en la Tierra. No sólo. Experimentos como el de la fusión fría, sumidos en la más absoluta clandestinidad aquí, cobrarán allí una importancia decisiva.

Pero también hay algo que no deja de revolotear en mi cabeza. ¿Qué sucederá con las relaciones sexuales y, sobre todo, con las relaciones amorosas? Antes hablábamos de la destrucción del yo freudiano que representa este viaje sin retorno hacia la nada. Ciertamente, la empresa capitalista que ha puesto en marcha este proyecto, intentará balancear la relación de hombres y mujeres en la composición de los colonos extramarcianos. Así que, una cierta actividad sexual podría darse, sin olvidarnos, tampoco, de la propia que cada uno, sin la intervención del sexo contrario, puede procurarse. Pero respecto al amor, ¿qué pasará? A mí no me cabe ninguna duda. Pasará a mejor vida, como el yo. No tendrá ya la menor importancia, eso que aquí sigue llamándose amor, o enamoramiento. El ego, el ansia de poder sobre el otro, no tendrán ningún sentido. Todo se diluirá como un azucarillo. Las categorías mentales terrestres, a pesar de nuestra procedencia, formarán parte de la historia, de la leyenda. Los seres humanos llegados hasta el planeta rojo, dejarán de serlo. El mundo, la vida, la realidad, partirán de cero. Del cero más infinito. 


martes, 1 de abril de 2014

EN LOS BRAZOS DE LA DECADENCIA 



En los últimos años del siglo XIX, en París, donde la efervescencia artística era ya una realidad que se imponía, los críticos acuñaron un nuevo término para describir los avatares del exceso, real o ficticio. Lo llamaron decadencia. Sin embargo, mientras el autobús avanza en medio de las últimas sombras del amanecer y los primeros rayos solares asoman detrás de las colinas, mi cabeza fantasea ya con la ciudad con la que voy a reencontrarme y ese término, el de la decadencia, se escurre entre los meandros de mis neuronas.

Han pasado muchos años, quince exactamente, desde la última vez que estuve en ella. En aquella ocasión no era la ciudad la única causa de la excitación en la que mi cuerpo naufragaba, el amor, esa extraña sensación que confunde la inteligencia, había hecho mella en mí. Mi nueva y flamante novia italiana y su hermano eran mis acompañantes. No obstante, la ciudad se nos imponía, no podía ser de otra forma. Incluso la residencia universitaria donde nos alojábamos iba a tener un papel destacado en aquel viaje. Había sido inaugurada por aquellas fechas y, como sucede en otros edificios, la madera era uno de los materiales que abundaban en los elementos que componían su estructura. Ya la primera noche tuvimos ocasión de experimentar que no sólo nosotros, y los otros residentes, éramos los únicos inquilinos de la residencia. Un sinfín de hormigas recorrían en procesión zonas del pavimento y del techo. Había tantas que uno temía, si finalmente se quedaba dormido, ser devorado por ellas. Pero lo que nos dejó bastante perplejos fue comprobar, al descender al piso de abajo, que aparecían por los techos de los pasillos y en las otras habitaciones. Como si se tratase de un chorro de agua y la estructura permeable permitiese que el fluido la penetrase, las hormigas fluían de arriba abajo en una interminable procesión que lo invadía todo.
Y no sólo la residencia. Recuerdo con absoluta claridad cómo los restaurantes de la zona del centro, donde el marisco ocupaba los enormes escaparates, eran devorados por un ejército inconmensurable de esos insectos insaciables.



El autobús hace rato que ha dejado atrás el territorio del Algarve. Un paisaje que no me resulta del todo desconocido, muy similar al que se puede ver en las inmediaciones de las Lagunas de Ruidera, que conozco muy bien, se impone y nos acerca cada vez más hasta la ciudad.

La infinita serpiente que se extiende placenteramente sobre el Tajo nos traga sin remisión. El puente de Vasco da Gama, con más de diecisiete kilómetros de longitud, no parece tener fin. Al fondo, Lisboa aparece como si estuviera sumergida en una laguna a la manera de Venezia. Es una visión que emociona. Recuerdo que aquel año de 1998, al que aludía al comienzo, acababan de inaugurarlo. Aparecía tan imponente que decidimos coger un taxi para adentrarnos en esa culebra que zigzagueaba hacia el infinito. Ningún coche seguía nuestros pasos. En un cierto momento, mandamos detener el coche y nos plantamos en medio del puente completamente solos. Dentro de sus aposentos, uno se sentía fuera de cualquier referencia conocida. Impresionaba sentirse en  medio de esa nada.

Ahora, en esta mañana calurosa, bajo un cielo azul, y con decenas de vehículos recorriendo sus entrañas en ambas direcciones, lo que va penetrando en nuestros ojos hasta cegarnos es esta ciudad maravillosa, varada, al sur de un continente que poco a poco va precipitándose en el abismo al que le abocan un sinfín de políticas suicidas.
Cuando subimos las escaleras del metro para salir al exterior, en este viaje me acompañan dos mujeres especiales, la flamante novia italiana de antaño y mi hija, me reconforta la sensación de sentirme como en casa al encontrarme en pleno Chiado. A pesar de haber pasado tantos años, reconozco enseguida el lugar, donde me doy de bruces con el café A Brasileira. Me encanta ese local, me enloquecen los viejos cafés europeos, conozco unos cuantos. Entro en estampida y me encuentro con un grupo de gente en animada charla ocupando dos mesas. Nadie más, a esa hora de la mañana, casi las diez, se encuentra dentro. Observo que hay focos y una cámara. Espero unos minutos y, sin pensarlo dos veces, me siento con ellos. Es un grupo de artistas, de cierta edad, cuya tertulia es la última que queda en A Brasileira. Por eso mismo, una televisión los ha estado entrevistando. Una rara avis en un mundo donde el frenesí del modo de producción capitalista reduce a la más mínima expresión la comunicación real entre sujetos. 
Aunque no hablo, muy a mi pesar, la lengua portuguesa, les digo que les entiendo perfectamente, que pueden expresarse en su lengua y yo lo haré en la mía. Después de intercambiar puntos de vista sobre la situación del arte, que ellos califican de trágica y yo redundo diciendo que en la otra parte de la península ibérica es catastrófica, uno de ellos insiste diciendo que, a pesar de que yo hable de que la situación general en España es de extrema gravedad, la situación en Portugal lo es aún más. Nada de lo que pueda parecerme lo que vea en la calle, al otro lado de los ventanales del café, tiene que ver con la realidad. "Verdaderamente, estamos al borde del precipicio", asienten todos.
Pero no todo es tristeza y melancolía. Volviendo sobre la península ibérica, les digo que yo siempre he considerado a los dos países como uno solo. Lisboa como Madrid, o Madrid como Lisboa. Planteo la posibilidad de una república de los pueblos ibéricos, a lo que manifiestan su total acuerdo. " A ver si os quitáis, de una vez, a la monarquía de encima...", claman. Están perfectamente al corriente de los últimos escándalos que competen a la familia real. Quizás olvidan que ellos, al menos, hicieron una revolución. Aquí, en cambio, se negoció con los restos del franquismo a la muerte del general y se aseguró la continuidad con el régimen. No hubo ruptura y así nos lucen estos pelos.

Aunque tenemos casi todo el día por delante, volveremos hacia el Algarve entrada ya la noche, el ansia y el nerviosismo por tragarme a la ciudad me invade. Mientras paseamos y recorremos sus calles vuelve a mi cabeza ese término, la decadencia, y pienso en lo que no hace mucho me decía alguien que conozco, en el sentido que habla el diccionario de la Real Academia. Observo, desde dentro y desde fuera, cómo los tranvías, viejos juguetes que siguen funcionando, mantienen su verticalidad a pesar de las innumerables curvas y vaivenes de sube y baja, y esa idea de declinación y menoscabo no me incumbe. Ni siquiera la sombra silenciosa de Fernando Pessoa, ni sus palabras ascépticas y descorazonadoras lanzadas desde su Libro del Desasosiego, me infunden un sentido de debilidad mientras contemplo la arquitectura de esta ciudad. El Bairro Alto, la Praça do Rossio, la Praça do Comercio que se precipita sobre el estuario del Tajo, son sólo algunos ejemplos de lo lejos que está Lisboa de ser débil, de decaer. Muy al contrario, todo sube, todo se sublima y todo excede subiendo o bajando en el Elevador da Bica. 

La luz, el resplandor que invade la ciudad en verano, ahuyenta cualquier tentación de nostalgia, de decadencia, de derrumbe. El sosiego que se desprende de ese azul infinito que todo lo tinta, es más que una vivencia. 
París, Berlín, Amsterdam o Milán, pueden expresar esa sensación de crisis europea que invade a los ciudadanos comunitarios. Ciudades, como otras muchas, del viejo continente, que en nada conjugan con la ciudad del Tajo. Lisboa, en cambio, se me antoja a mi como el bastión desde donde poder resistir, al menos estéticamente, los ataques continuados de la corrupta clase política europea y de un capitalismo que juega a romper sus propias reglas, que de modo tan lúcido analizara Karl Marx.

Las personas pueden llegar a atraparnos, podemos llegar a amarlas por lo que hacen y por lo que son, pero puedo asegurar que ciertas ciudades, y Lisboa es una de ellas, quizás la única, enamoran hasta perder la estabilidad.

Recuerdo, mientras escribo, a esa persona a la que citaba más arriba, y en su insistencia en la sensación de decadencia, de declino, que había experimentado, tan sólo unas semanas antes de mi visita, recorriendo las calles de esta bellísima ciudad. Me sorprende esa percepción, sobre todo porque ella, como yo, vive en una ciudad, Madrid, que sí tiene signos evidentes de debilidad, de caída, de decadencia, en la peor acepción de esta palabra. Pero las percepciones son muy nuestras y responden a un pálpito hondo.

Quisiera que el día no acabase, permanecer en las tripas de esa ciudad llena de fuerza. Quisiera que una vía rápida uniese Lisboa y Madrid, Madrid y Lisboa, y poder ir de una a la otra en un pis pas, como en el metro. Quisiera, ahora más que nunca, cuando Madrid está asediada por los cuerpos represivos, que Lisboa invadiese la decadencia fascista que nos ahoga poco a poco. 










viernes, 28 de marzo de 2014

SOUS LES PAVÉS, LA PLAGE



Las masas ahuyentan el aburrimiento y el miedo. Una marea de personas, procedentes de toda la península ibérica, inundan Madrid. Y esa riada, colorista, fuerte y segura atraviesa todas las dudas que se alojan en nuestros cerebros. Son las marchas de la dignidad. Vieja palabra socrática que ahora emerge con determinación. 
Bajo eslóganes ya muy usados, pero que indican bien a las claras de qué va el envite: Pan, Trabajo y Casa, la ciudadanía expresa nuevamente su rabia y su indignación. Todo discurre bajo un aire de alegría y de solidaridad, acompañados de un sol, de nuevo invernal, que recorta con dura geometría los edificios. Pero antes de que el acto acabe, cuando en el escenario todavía se producen intervenciones y actuaciones, la mano negra del Estado emerge de entre las sombras. La policía trata de impedir que un grupo de gente pueda manifestar su protesta frente a la sede del partido fascista, llamado popular, en las cercanías del final de la manifestación. Empiezan a reprimir, como siempre hacen, con dureza. Sin embargo, en esta ocasión, algo sucede. Sucede que la gente, los jóvenes, sobre todo, en lugar de retroceder y sufrir los palos de la poli, les hacen frente y se defienden. Y se defienden con la fuerza, como es lógico, igual que la otra parte, aunque siempre se manifieste que ellos, la policía, es la única que tiene el derecho legítimo a usar la fuerza. 

Un día después, hay nueva concentración para pedir la libertad de las personas detenidas tras esos enfrentamientos. Durante las últimas horas, los media, que nunca se ponen de lado de la sociedad civil cuando está en juego eso que de manera altisonante denominan Razón de Estado, no cesan de acusar a grupos de manifestantes de violentos y los categorizan, con esa palabra tan de moda, de antisistema. Claro, faltaría más, cómo la gente más sensata puede dejar de ser antisistema, o mejor, anticapitalista, de un modo de producción que se cimenta sobre la desposesión, en todos los ámbitos, ejercida contra la inmensa mayoría de la población.

Tras la concentración, la gente empieza a moverse. Una pequeña columna avanza por la calle del Carmen hacia Callao y Gran Vía. Se suceden los gritos a favor de los detenidos y contra la barbarie represiva. En un cierto momento, como siempre, numerosas furgonetas azules hacen acto de presencia y decenas de policías comienzan a desplegarse en posición de combate. Pero como el día anterior, los jóvenes - esta vez la mayoría de los manifestantes son jóvenes - no retroceden fácilmente y se defienden. La policía, observo, no sabe bien lo que hacer, o cómo actuar. Acostumbrados a imponer su brutalidad, sin que halla la más mínima respuesta y la gente corra despavorida, de nuevo vuelve a suceder. El desconcierto reina entre esos grupos de cinco o seis agentes guiados por un jefe que se mueven en círculo, hacia adelante o hacia atrás, pero encontrándose, siempre, con los manifestantes de frente, sin miedo. La impotencia policial se manifiesta cuando otros agentes descienden a toda prisa de sus furgonetas acosando a transeúntes que están parados o pasan por allí en ese momento.


Es lunes, un día bastante gris y frío, muy frío. Voy camino del Ateneo y, cuando desciendo del metro en Sevilla, la sorpresa me asalta de improviso. No puedo hacer el recorrido habitual por la calle Cedaceros hasta la Carrera de San Jerónimo para llegar hasta la venerable institución. Está cortada, aunque enseguida visualizo lo que está pasando. Una cola de gente, de gentes, ancianos, medianos, e incluso jóvenes, se retuerce, como una serpiente, por las calles adyacentes al Congreso de los Diputados. Sé que el catafalco del ex presidente Suárez se encuentra en el Congreso y que se han abierto las puertas para que la gente se pueda acercar. Sí, lo sé, pero lo que no esperaba es la ingente avalancha humana.

Por la tarde, se suceden otras manifestaciones, ya previstas, que dan continuidad a las marchas del 22. No hay demasiada gente, pero se protesta y se visualiza el movimiento. Sabemos que en Sol hay un intento de acampada, y los compañeros, una vez que finaliza el acto, decidimos ir a apoyar la asamblea que, esa noche, discurre bajo un viento gélido. Allí se han concentrado en torno a las 300 personas que, rodeadas por un enorme dispositivo policial, que cierra la mayoría, menos uno, los accesos a la Puerta del Sol, tratan de discutir qué hacer...

Regreso, de vuelta, y decido pasarme por las cercanías del Congreso de los Diputados. Mi estupor es inmenso. Con un frío que pela, como antes decía, una masa de gentes, a las que en algún momento les espeto: "Pero qué hacéis aquí", espera con terca paciencia, más de tres horas supone la espera, poder acceder, durante unos segundos a la sala de los Pasos Perdidos, donde está el féretro del ahora, ya sí, héroe de la democracia española.
No puedo dejar de pensar en otras colas similares de hace ya bastantes años, cuando la muerte del dictador tuvo lugar, y riadas de gentes, parecidas a las de ahora, recorrían las inmediaciones, entonces, del Palacio Real, donde había sido alojado el cadáver del general.
Entonces, me digo, después de décadas de dictadura, los siervos sumisos acudían a dar su adiós al padrecito militar. ¿Pero, y ahora, qué es lo que sucede ahora? No es demasiado difícil darse una respuesta.
La situación de guerra no declarada, o, tal vez, sí declarada, que vivimos desde hace ya bastante tiempo, hace que el Poder, el Estado, se haya encontrado con una carta inesperada en el juego. Frente a la crisis de la representación política, la corrupción generalizada, y el ataque, sin precedentes, a toda la ciudadanía, rescatar dos hechos es vital para ellos. El primero, la transición. Ensalzar y alabar esa ley de punto final que supuso, eso que los medios y los políticos del régimen llaman transición española, y con ello apuntalar la pervivencia de la impunidad de los crímenes de la dictadura que aún se mantiene. El segundo, ensalzar y alabar la figura de alguien que fue elevado a la categoría de Presidente del Gobierno, para tejer los primeros pasos de la continuidad del régimen franquista. Después, devorado por las fauces del aparato dictatorial, encarnado en los militares y en el Jefe de ellos, es decir, el monarca, fue expulsado a las tinieblas tras exigirle la dimisión en una escena que nadie, aún, se ha atrevido a contar.
Pero ahora, en este marzo ventoso, su figura va a cumplir el último servicio a la patria, a esa patria que sienten tan amenazada los defensores del movimiento nacional, tras la fisura que Catalunya está empezando a abrir. No hubo ruptura y por ello, ahora, tenemos una dictadura camuflada bajo una apariencia formal democrática de bajo nivel.


Pero la realidad se impone, y la represión también. La policía irrumpe en instalaciones universitarias donde los estudiantes se habían encerrado en apoyo de las marchas de la dignidad, cargando contra ellos y produciendo un número indeterminado de detenciones. Pero, de nuevo, otra vez, la gente no retrocede.

En medio de todos estos acontecimientos el martes, por la noche, un pequeño grupo de personas convocados por la plataforma en defensa de los cines y por la plataforma en defensa de la cultura, resisten el envite del frío polar y abrazan el Palacio de la Música, proyectado por el arquitecto Secundino Zuazo en 1910. Ahora, después de que cerrara como espacio cinematográfico, se acometieron obras de acondicionamiento, con unos gastos importantes, a cargo de los presupuestos que todos pagamos. 
Pero no, la necia y fascista alcaldesa de Madrid, que nadie ha votado, Ana Botella, se empeña en venderlo a la multinacional Mango. Sí, mangarnos, otra vez, un espacio público que es de todos los ciudadanos madrileños y procurarse, con toda seguridad, unos beneficios que engrosarán su cuenta corriente. Pero resistimos, nos oponemos, y no renunciamos a nuestros derechos y libertades. 

No puedo dejar de pensar, y de que a mi cabeza lleguen, en algunos eslóganes, que allá por el final de los años sesenta del pasado siglo, en eso que se llamó el Mayo francés, las gentes que luchaban escribieron sobre los muros de las calles parisinas. Sous les pavés, la plage. Sí, bajo el asfalto está la playa. Estoy seguro. Es lo que llevamos buscando desde nuestro mayo, el de 2011. Y, aunque muchos podrían pensar que estamos lejos, o que en nada se parece todo esto a aquella época de los años sesenta y setenta, tal vez nos encontremos muy pronto con un agujero por donde colarnos, como Alicia, y descubrir, finalmente, que la playa estaba debajo de los adoquines.


   

jueves, 6 de marzo de 2014

LAS RUBIAS TAMBIÉN EXISTEN: FRÄULEIN S.


Siempre he tenido claro que la mayor liberación humana es la que se consigue una vez que se rompe la relación salarial. "Arbeit Macht Frei", El trabajo os hará libres, el cínico y despiadado lema usado por los nazis durante el Tercer Reich, indicaba de modo banal hasta qué punto esa supuesta libertad era la de sustraer a los seres humanos la única libertad, es decir, la de no estar sujeto a ninguna relación salarial, a ningún trabajo remunerado.
Pero no es de ésto de lo que quiero escribir ahora, aunque mi rechazo del trabajo asalariado emerja, con fuerza, de tanto en tanto.
Y dado que yo hace ya algún tiempo que conseguí romper la odiosa relación salarial, disfruto a bocanadas del lado más amable de la vida y, liberado del estrés de la rutina laboral, puedo perderme a mis anchas por esta ciudad, mi ciudad, Madrid, que tanto amo.

Después de haber disfrutado de un menú casero, estupendo como siempre, en casa de los amigos del Bogotá, me dirijo hacia un cálido y muy aceptable café a riesgo de parecer algo afrancesado. Está completamente lleno, pero consigo encontrar un pequeño hueco con un pequeño taburete, a modo de mesa, pegado a uno de los grandes ventanales por donde, por fin, después de casi dos meses de ausencia, el sol penetra con fuerza a través de los cristales. Ni que decir tiene, que dejo que su potencia calorífica encienda mi cara por completo. Justo a mi lado, en otra pequeña mesa, aunque no es en sí una mesa al uso, hay una mujer, y junto a ella un cochecito con un bebé dentro. 
Mientras gozo como un crío con zapatos nuevos con este sol que me penetra y me calienta de manera placentera todo el cuerpo, empiezo a fijarme en esa mujer que tengo a mi izquierda. Es rubia, tiene una tez clara y suave, su cuello es delgado y también muy claro. Aunque una de sus mejillas, la que está del lado del cristal, empieza a adquirir un tono sonrosado, debido al sol, que la hace aún, si cabe, más sugerente. Cubre su rostro con unas gafas grandes y negras, así que sólo puedo imaginar su expresión a través de los gestos que hace. De vez en cuando, levanta el enorme pañuelo que resguarda a su retoño de la luz directa del sol. En uno de esos momentos, descubro que es un niño muy rubio, como ella, aunque diría que tirando un poco hacia pelirrojo, aunque no estoy seguro del todo.
Con escaso disimulo la observo. Observo su frente lisa y su pelo recogido hacia atrás, rubio, muy rubio. Aunque está sentada, al erguirse ligeramente para inclinarse sobre el cochecito de su hijo, puedo verificar que tiene una bonita figura, es delgada y sus manos llaman mi atención. Me sorprende que sus dedos sean menos huesudos, aunque son largos, de lo que hubiera esperado en una mujer tan delgada. 
En un cierto momento, extrae de su bolso una pequeña libreta y comienza a escribir. Escribe sin parar. ¿Qué escribirá?, me pregunto. Aunque aprieta los labios, en un cierto rictus, no pierden la sensualidad que desprenden. A mi cabeza emerge una idea algo descabellada. Quisiera ser un vampiro y morderle. Clavarle los colmillos con delicadeza para hacerle esos dos agujeritos que todos hemos visto en las películas de Drácula. Pero no quiero libar su sangre, querría más bien absorber su aura. 
La sigo observando con indisimulado interés, a pesar de que ella es consciente de que la estoy mirando. Caigo en la cuenta, o quiero pensar, que es una mezcla de Jacqueline Roque, la última acompañante femenina de Pablo Picasso, morena, muy morena, y esta mujer que tengo a mi lado es rubia, muy rubia, y, algo todavía más estrambótico, una especie de Alien femenino y bueno, que alarga su cuello elegante para mirar dentro del cochecito de su bebé.
Pero, a veces, la magia se produce. Y, sin casi darme tiempo a desearlo, se desprende con un gesto seguro de sus gafas oscuras, dejando al descubierto unos ojos azules llenos de una expresión profunda. Descorre el pañuelo que cubre a su hijo, porque ha notado que una de las empleadas del café ha bajado el toldo lo suficiente para que el sol ya no se estampe contra la carita del niño. Ahora, mientras él sigue durmiendo, una especie de arcoíris, en forma de pequeña franja, divide su rostro.
Pero la magia no se detiene aún. El niño se despierta y con sus ojos grandes y azules, ahora descubro que su pelo es casi pelirrojo, se me queda fijo observando, como si quisiera abarcarme por entero con su mirada. Casi al compás, la madre, esa rubia que se me ha colado dentro, que yo he imaginado de diversas nacionalidades, invita al niño, con una expresión en perfecto castellano, a saludarme. A partir de ese momento, la literatura se detiene y la vida comienza.

martes, 18 de febrero de 2014


LA BANALIDAD, SIEMPRE LA MALDITA BANALIDAD



Siento, hace ya mucho tiempo, una gran admiración por Hannah Arendt. Desde que devoraba, con impaciencia, las páginas de su célebre ensayo, Eichmann en Jerusalén: Un estudio sobre la banalidad del mal, mi admiración iba en aumento. Aunque al día de hoy el ensayo sigue suscitando controversias y críticas, debido, con toda seguridad, a que la mayoría de las objeciones provienen de personas que no han leído jamás el texto. Sólo han entresacado párrafos aislados que no dan cumplida cuenta de la obra. Y esto es algo que ha dañado y daña la posibilidad de entender no sólo la historia, sino también la realidad. Bastaría enunciar aquí el ejemplo de uno de los clásicos, Karl Marx. ¿Cuantas tergiversaciones y falsedades se habrán hecho en su nombre? Infinitas. Se han dicho tantas imbecilidades sobre su obra, que, de nuevo, aparece claro que la mayoría de esas críticas provienen de gentes que jamás acudieron a los textos originales, mucho menos a su gran obra, El Capital
Pero volvamos a la Arendt. Porque es ella, una vez más, la que me alumbra sobre hechos que suceden en el devenir de la vida cotidiana en cualquier lugar de nuestro querido planeta.
Hace unos días ha tenido lugar algo que, a pesar de seguir a Freud, e intentar, como él, no ser optimista ni sorprenderme por la estupidez y la maldad humana, porque habría que darlas por supuestas, sigo quedándome estupefacto por algunos hechos que acontecen.

Zoo de Copenhague, hace tan sólo unos días. El director, un tal Bengt Holst, da la orden de abatir, con un disparo en plena cabeza, a la indefensa jirafa Marius. Después, ante un grupo de adultos y niños, que asisten impasibles, como si de un entretenimiento se tratara, un grupo de matarifes trocea al inerte animal cuyos trozos sirven, de inmediato, como manjar para los hambrientos leones del zoo. ¡¡¡Viva el espectáculo!!!
¿Qué crimen horrendo habría cometido Marius para merecer ese horrible final? Ninguno, tan sólo la posibilidad de poder reproducirse con otras jirafas de la misma parentela y dañar la pureza de la especie según el mismo individuo antes citado. Justificación más que espuria, porque a cualquiera le vendría enseguida a la mente la posibilidad, si el peligro era tan inquietante, de esterilizar a la pobre jirafa Marius. No, es mejor acabar con Marius y ahorrarse tiempo y dinero con ella.

Con toda certeza, muchos de ustedes caerán en la tentación de imaginar a Bengt Holst como un monstruo. Tal vez, se pregunten, ese individuo sea un maltratador de mujeres, o tal vez sea un pervertido sexual, o quién sabe qué. Si ha sido capaz de proceder a poner en pie ese lamentable espectáculo público, de qué no será capaz el eficiente director. Y tendría cierta lógica pensar en esa dirección. Sin embargo, estaríamos muy alejados de la realidad si catalogáramos a Bengt Holst como un engendro. Primero, con el maestro, Freud, cuyos ensayos de los años Veinte del pasado siglo aciertan a interpretar el origen del mal. Después, con Arendt, quien acuña, en su estudio sobre la causa contra Eichmann, el certero y rotundo concepto de la banalidad del mal. El eficiente director, ha tratado de emplear toda la eficacia posible en la resolución de un cierto problema que el zoo tenía con la jirafa Marius, y lo ha resuelto de la manera que ha considerado más acertada. No cabe, pues, pensar ni en un Bengt Holst monstruoso, ni en un asesino compulsivo. Simple eficacia administrativa. Simple actuación burocrática de un eficaz director de zoo. Sólo, solo tal vez, cabría considerar el mal gusto o lo poco apropiado a la hora de proceder a trocear a la inocente jirafa delante de todos. Podría habérselo ahorrado, seguro. Podría suceder que, aún, no es lo suficientemente eficaz para proceder en ciertos asuntos administrativos.

Pero en este horroroso espectáculo hay otro elemento que hay que analizar. El público. Los adultos y los niños. Las mamás y los papás que asistían acompañados de sus retoños, impasibles, al troceado de Marius. Y como, instantes después, aquello que fuera el cuerpo de la jirafa era lanzado a las fauces de los leones. Y aquí es donde es más fácil entender el concepto de Hannah Arendt. Ninguno de ustedes podrá imaginar que alguno de esas mamás o de esos papás es un monstruo que se esconde detrás de la fachada de su rostro. No. Pensarán en lo incomprensible que resulta que dejen que los niños contemplen la hórrida escena. Sí, así es. Pero nada de monstruoso hay en esa acción. Tan sólo, una vez más, la más absoluta y terrible banalidad. 







domingo, 9 de febrero de 2014

UNA LUZ DE CRISTAL




Los diseños de cristal de los Años Veinte y Treinta del siglo XX suponen un intento estético de negación de la muerte. Lalique, Muller Frères, Hunebelle, Degué, Sabino, Etling, Brandt, Verlys, Daum, Baccarat… La pureza de líneas y la intensidad de los objetos de estos maestros del vidrio se contraponen a la blandura negra de la muerte.
Cuando una lámpara de cristal opalescente se ilumina, la transparencia azulada y melada reconstruye el mundo que zozobra. Los vasos de vidrio blanco perspicuo o mate irradian y captan el lado puro de la vida.
Aunque algunos artistas como Lalique,  Muller Frères o Daum han hecho la experiencia del Art Nouveau, Liberty o Jugendstil, todavía ligada a la percepción romántica e idealista de la vida, bajo la consideración de una civilización madura culturalmente, cuando confluyen con los artistas que eclosionan al inicio de 1920 sus diseños cambian radicalmente.
La experiencia de la gran guerra de 1914-1918, y debido a ella el darse de bruces contra la muerte, ha hecho saltar salvajemente el decorado floral y sinuoso del Arte Nuevo, haciendo naufragar la idea de progreso humano continuo.
La exposición Internacional de las Artes Decorativas de París de 1925, supone la consolidación de una concepción de la geometría y la transparencia desconocidas hasta ese momento. Los vidrios del período 1925-1939 se sitúan en esa línea de fuerza que representa el Art Déco, que se verá truncada al final de la segunda guerra.


Dos siglos antes, en la primavera-verano del año 1788, un abandonado, y prácticamente olvidado por sus contemporáneos, compositor salzburgués, de nombre Wolfgang Amadeus, ha terminado de componer la última de sus sinfonías, la número 41. Su tercer y definitivo movimiento anticipa de modo brutal la estética de los años Veinte del siglo que lleva ese mismo nombre.

La rapidez y ligereza del movimiento proviene, sin lugar a dudas, de un fondo geométrico y transparente. Como sucederá con el diseño del cristal de esos años, las líneas se perfilan con fuerza y elegancia, desencadenando un haz de luz opalescente que alumbra la estancia. La música mozartiana traduce la felicidad de la conquista de la vida frente a la muerte que acecha siempre. La insistencia en el modo “molto allegro” es el intento para no ser atrapado por el fantasma doloroso y abstracto del no ser nunca más. Pero como los maestros del vidrio, Mozart se despide del mundo con un grito de vida, la luz, contra las tinieblas, contra la noche.

miércoles, 8 de enero de 2014

LA INVISIBILIDAD DEL INFIERNO


Pasear por Madrid, en estos días, es darse de bruces con una especie de teatro o de imaginario que en nada tiene que ver con la realidad. Cientos de personas que van y vienen, enloquecidas, cargadas de bolsas llenas de cosas, es el paisaje común. Pero nada es lo que parece. Detrás de esa apariencia de normalidad y de bienestar se esconde la verdadera realidad, el infierno.

El pulular del gentío es siempre el mismo. Las mismas caras, las mismas gentes, siempre un reducido número de personas que son las que, de manera privilegiada, están más o menos bien. Por eso, algunos, de manera cándida, se atreven a decir: "¿Pero dónde está la crisis, donde están los millones de parados?" Pero la crisis, la guerra de los ricos contra los pobres, existe, claro que existe, y esos millones de desgraciados que no tienen dónde caerse muertos, también. Pero no se ven, no los vemos, son invisibles. No pasean por el centro de las grandes ciudades, ni tampoco osan atravesar ninguno de los relucientes escaparates que exhiben, con democrática pornografía, sus bellas mercancías.

Pero el infierno está aquí, con nosotros, rodeándonos, atrapándonos. Me cuenta una amiga el maltrato innecesario sufrido por su madre, antes de fallecer, en un hospital público madrileño. Y no me parece un caso aislado, por otras cosas que conozco y que se saben. Ingresada en el Doce de Octubre, aquejada de un malestar del que todavía nada se sabía, estando la buena mujer en su habitación, sola, sin nadie que la acompañase, se presenta la doctora, espetándole a la cara, sin ningún tipo de atenuante, que tiene un cáncer muy agresivo que la está devorando. Cualquiera se puede imaginar lo absolutamente delirante que es la situación que acabo de describir. Cualquiera puede entender el desamparo brutal al que tuvo que enfrentarse la madre de mi amiga. Sin embargo, como ya he escrito en otras ocasiones, no convendría que nadie pensara en la maldad de la doctora, como si el mal habitase dentro de ella. No, lo realmente terrible, es la banalidad de ese mal que atraviesa la vida de esa pobre mujer que está postrada en ese centro hospitalario que estamos pagando todos con nuestro dinero. La doctora, con la más absoluta normalidad, y sin ninguna acritud calculada, le comunica el resultado y punto. La paciente es un número, una estadística en el sinfín de ciudadanos que tratan de ser curados en los centros hospitalarios. Me hablaba también mi amiga de la enorme tristeza que sentía cuando trataba de explicarle a su progenitora, aterrada por el término que había usado el facultativo para describirle el mal que padecía, que su enfermedad no la producía ningún bicho, que ningún insecto la estaba devorando.
Sí, el infierno está aquí, materializado en todas esas leyes que impedirán, a emigrantes sin papeles y jóvenes españoles que hayan salido al extranjero a buscarse la vida durante más tiempo del que el Estado considere conveniente, la asistencia sanitaria que pagamos todos. Al averno van todas esas gentes desahuciadas de sus casas, desposeídas de ese elemental derecho de tener un techo donde poder vivir. Al infierno caen los millones de personas que no pueden alimentarse como se debe. Al infierno iremos a parar la inmensa mayoría de nosotros, que sufrimos las consecuencias de una guerra implacable que nos está despojando de todo, incluso de la identidad y de la memoria.
Pero la invisibilidad trata de imponerse, el paisaje trata de demostrar que no pasa nada, que el infinito ejército de parados, de desahuciados de tantas y tantas cosas, es sólo una estadística malévola y que la normalidad se ha restablecido. Sólo hay que salir a la calle y disfrutar del espectáculo reparador al observar a los miles de privilegiados que caminan ansiosos con las manos llenas de regalos.