martes, 18 de febrero de 2014


LA BANALIDAD, SIEMPRE LA MALDITA BANALIDAD



Siento, hace ya mucho tiempo, una gran admiración por Hannah Arendt. Desde que devoraba, con impaciencia, las páginas de su célebre ensayo, Eichmann en Jerusalén: Un estudio sobre la banalidad del mal, mi admiración iba en aumento. Aunque al día de hoy el ensayo sigue suscitando controversias y críticas, debido, con toda seguridad, a que la mayoría de las objeciones provienen de personas que no han leído jamás el texto. Sólo han entresacado párrafos aislados que no dan cumplida cuenta de la obra. Y esto es algo que ha dañado y daña la posibilidad de entender no sólo la historia, sino también la realidad. Bastaría enunciar aquí el ejemplo de uno de los clásicos, Karl Marx. ¿Cuantas tergiversaciones y falsedades se habrán hecho en su nombre? Infinitas. Se han dicho tantas imbecilidades sobre su obra, que, de nuevo, aparece claro que la mayoría de esas críticas provienen de gentes que jamás acudieron a los textos originales, mucho menos a su gran obra, El Capital
Pero volvamos a la Arendt. Porque es ella, una vez más, la que me alumbra sobre hechos que suceden en el devenir de la vida cotidiana en cualquier lugar de nuestro querido planeta.
Hace unos días ha tenido lugar algo que, a pesar de seguir a Freud, e intentar, como él, no ser optimista ni sorprenderme por la estupidez y la maldad humana, porque habría que darlas por supuestas, sigo quedándome estupefacto por algunos hechos que acontecen.

Zoo de Copenhague, hace tan sólo unos días. El director, un tal Bengt Holst, da la orden de abatir, con un disparo en plena cabeza, a la indefensa jirafa Marius. Después, ante un grupo de adultos y niños, que asisten impasibles, como si de un entretenimiento se tratara, un grupo de matarifes trocea al inerte animal cuyos trozos sirven, de inmediato, como manjar para los hambrientos leones del zoo. ¡¡¡Viva el espectáculo!!!
¿Qué crimen horrendo habría cometido Marius para merecer ese horrible final? Ninguno, tan sólo la posibilidad de poder reproducirse con otras jirafas de la misma parentela y dañar la pureza de la especie según el mismo individuo antes citado. Justificación más que espuria, porque a cualquiera le vendría enseguida a la mente la posibilidad, si el peligro era tan inquietante, de esterilizar a la pobre jirafa Marius. No, es mejor acabar con Marius y ahorrarse tiempo y dinero con ella.

Con toda certeza, muchos de ustedes caerán en la tentación de imaginar a Bengt Holst como un monstruo. Tal vez, se pregunten, ese individuo sea un maltratador de mujeres, o tal vez sea un pervertido sexual, o quién sabe qué. Si ha sido capaz de proceder a poner en pie ese lamentable espectáculo público, de qué no será capaz el eficiente director. Y tendría cierta lógica pensar en esa dirección. Sin embargo, estaríamos muy alejados de la realidad si catalogáramos a Bengt Holst como un engendro. Primero, con el maestro, Freud, cuyos ensayos de los años Veinte del pasado siglo aciertan a interpretar el origen del mal. Después, con Arendt, quien acuña, en su estudio sobre la causa contra Eichmann, el certero y rotundo concepto de la banalidad del mal. El eficiente director, ha tratado de emplear toda la eficacia posible en la resolución de un cierto problema que el zoo tenía con la jirafa Marius, y lo ha resuelto de la manera que ha considerado más acertada. No cabe, pues, pensar ni en un Bengt Holst monstruoso, ni en un asesino compulsivo. Simple eficacia administrativa. Simple actuación burocrática de un eficaz director de zoo. Sólo, solo tal vez, cabría considerar el mal gusto o lo poco apropiado a la hora de proceder a trocear a la inocente jirafa delante de todos. Podría habérselo ahorrado, seguro. Podría suceder que, aún, no es lo suficientemente eficaz para proceder en ciertos asuntos administrativos.

Pero en este horroroso espectáculo hay otro elemento que hay que analizar. El público. Los adultos y los niños. Las mamás y los papás que asistían acompañados de sus retoños, impasibles, al troceado de Marius. Y como, instantes después, aquello que fuera el cuerpo de la jirafa era lanzado a las fauces de los leones. Y aquí es donde es más fácil entender el concepto de Hannah Arendt. Ninguno de ustedes podrá imaginar que alguno de esas mamás o de esos papás es un monstruo que se esconde detrás de la fachada de su rostro. No. Pensarán en lo incomprensible que resulta que dejen que los niños contemplen la hórrida escena. Sí, así es. Pero nada de monstruoso hay en esa acción. Tan sólo, una vez más, la más absoluta y terrible banalidad. 







domingo, 9 de febrero de 2014

UNA LUZ DE CRISTAL




Los diseños de cristal de los Años Veinte y Treinta del siglo XX suponen un intento estético de negación de la muerte. Lalique, Muller Frères, Hunebelle, Degué, Sabino, Etling, Brandt, Verlys, Daum, Baccarat… La pureza de líneas y la intensidad de los objetos de estos maestros del vidrio se contraponen a la blandura negra de la muerte.
Cuando una lámpara de cristal opalescente se ilumina, la transparencia azulada y melada reconstruye el mundo que zozobra. Los vasos de vidrio blanco perspicuo o mate irradian y captan el lado puro de la vida.
Aunque algunos artistas como Lalique,  Muller Frères o Daum han hecho la experiencia del Art Nouveau, Liberty o Jugendstil, todavía ligada a la percepción romántica e idealista de la vida, bajo la consideración de una civilización madura culturalmente, cuando confluyen con los artistas que eclosionan al inicio de 1920 sus diseños cambian radicalmente.
La experiencia de la gran guerra de 1914-1918, y debido a ella el darse de bruces contra la muerte, ha hecho saltar salvajemente el decorado floral y sinuoso del Arte Nuevo, haciendo naufragar la idea de progreso humano continuo.
La exposición Internacional de las Artes Decorativas de París de 1925, supone la consolidación de una concepción de la geometría y la transparencia desconocidas hasta ese momento. Los vidrios del período 1925-1939 se sitúan en esa línea de fuerza que representa el Art Déco, que se verá truncada al final de la segunda guerra.


Dos siglos antes, en la primavera-verano del año 1788, un abandonado, y prácticamente olvidado por sus contemporáneos, compositor salzburgués, de nombre Wolfgang Amadeus, ha terminado de componer la última de sus sinfonías, la número 41. Su tercer y definitivo movimiento anticipa de modo brutal la estética de los años Veinte del siglo que lleva ese mismo nombre.

La rapidez y ligereza del movimiento proviene, sin lugar a dudas, de un fondo geométrico y transparente. Como sucederá con el diseño del cristal de esos años, las líneas se perfilan con fuerza y elegancia, desencadenando un haz de luz opalescente que alumbra la estancia. La música mozartiana traduce la felicidad de la conquista de la vida frente a la muerte que acecha siempre. La insistencia en el modo “molto allegro” es el intento para no ser atrapado por el fantasma doloroso y abstracto del no ser nunca más. Pero como los maestros del vidrio, Mozart se despide del mundo con un grito de vida, la luz, contra las tinieblas, contra la noche.

miércoles, 8 de enero de 2014

LA INVISIBILIDAD DEL INFIERNO


Pasear por Madrid, en estos días, es darse de bruces con una especie de teatro o de imaginario que en nada tiene que ver con la realidad. Cientos de personas que van y vienen, enloquecidas, cargadas de bolsas llenas de cosas, es el paisaje común. Pero nada es lo que parece. Detrás de esa apariencia de normalidad y de bienestar se esconde la verdadera realidad, el infierno.

El pulular del gentío es siempre el mismo. Las mismas caras, las mismas gentes, siempre un reducido número de personas que son las que, de manera privilegiada, están más o menos bien. Por eso, algunos, de manera cándida, se atreven a decir: "¿Pero dónde está la crisis, donde están los millones de parados?" Pero la crisis, la guerra de los ricos contra los pobres, existe, claro que existe, y esos millones de desgraciados que no tienen dónde caerse muertos, también. Pero no se ven, no los vemos, son invisibles. No pasean por el centro de las grandes ciudades, ni tampoco osan atravesar ninguno de los relucientes escaparates que exhiben, con democrática pornografía, sus bellas mercancías.

Pero el infierno está aquí, con nosotros, rodeándonos, atrapándonos. Me cuenta una amiga el maltrato innecesario sufrido por su madre, antes de fallecer, en un hospital público madrileño. Y no me parece un caso aislado, por otras cosas que conozco y que se saben. Ingresada en el Doce de Octubre, aquejada de un malestar del que todavía nada se sabía, estando la buena mujer en su habitación, sola, sin nadie que la acompañase, se presenta la doctora, espetándole a la cara, sin ningún tipo de atenuante, que tiene un cáncer muy agresivo que la está devorando. Cualquiera se puede imaginar lo absolutamente delirante que es la situación que acabo de describir. Cualquiera puede entender el desamparo brutal al que tuvo que enfrentarse la madre de mi amiga. Sin embargo, como ya he escrito en otras ocasiones, no convendría que nadie pensara en la maldad de la doctora, como si el mal habitase dentro de ella. No, lo realmente terrible, es la banalidad de ese mal que atraviesa la vida de esa pobre mujer que está postrada en ese centro hospitalario que estamos pagando todos con nuestro dinero. La doctora, con la más absoluta normalidad, y sin ninguna acritud calculada, le comunica el resultado y punto. La paciente es un número, una estadística en el sinfín de ciudadanos que tratan de ser curados en los centros hospitalarios. Me hablaba también mi amiga de la enorme tristeza que sentía cuando trataba de explicarle a su progenitora, aterrada por el término que había usado el facultativo para describirle el mal que padecía, que su enfermedad no la producía ningún bicho, que ningún insecto la estaba devorando.
Sí, el infierno está aquí, materializado en todas esas leyes que impedirán, a emigrantes sin papeles y jóvenes españoles que hayan salido al extranjero a buscarse la vida durante más tiempo del que el Estado considere conveniente, la asistencia sanitaria que pagamos todos. Al averno van todas esas gentes desahuciadas de sus casas, desposeídas de ese elemental derecho de tener un techo donde poder vivir. Al infierno caen los millones de personas que no pueden alimentarse como se debe. Al infierno iremos a parar la inmensa mayoría de nosotros, que sufrimos las consecuencias de una guerra implacable que nos está despojando de todo, incluso de la identidad y de la memoria.
Pero la invisibilidad trata de imponerse, el paisaje trata de demostrar que no pasa nada, que el infinito ejército de parados, de desahuciados de tantas y tantas cosas, es sólo una estadística malévola y que la normalidad se ha restablecido. Sólo hay que salir a la calle y disfrutar del espectáculo reparador al observar a los miles de privilegiados que caminan ansiosos con las manos llenas de regalos.



viernes, 3 de enero de 2014

ALIEN, EL CONSEJERO...RIDLEY SCOTT


Son casi las dos de la madrugada cuando he terminado de ver una vez más - ¿cuántas? Ya he perdido la cuenta - Alien, de Ridley Scott. Es un film sobre el que vuelvo una y otra vez, como si se tratase de una necesidad imperiosa. Y en cierto modo lo es. Me alumbra frente a la obscuridad en la que vivimos hace ya mucho tiempo, demasiado. No sé cuál pudo ser la intención original del director, ni siquiera la de los guionistas que elaboraron el proyecto durante bastante tiempo, no es algo demasiado importante. Pero Alien no es sólo una película de ciencia-ficción, es, sobre todo, una brillante película política que anticipa, tal vez sin saberlo, la sociedad capitalista de finales del siglo XX. Esa que estaba a punto de iniciarse con la llegada al poder, en mayo de 1979, de Margaret Thatcher y, en enero de 1981, de Ronald Reagan. El film, estrenado el 1 de enero de hace 35 años, sigue conservando una enorme potencia. La música de Jerry Goldsmith, que sigo oyendo mientras escribo estas líneas, ayuda a condensar la inquietud que acompaña la visión del film. 
La nave representa la fábrica capitalista perfecta donde la fuerza de trabajo, no sólo manual, también intelectual, es obligada, aunque dicha obligación en ningún momento se visualice como una coerción clara y evidente, a aceptar una dinámica destinada a destruir cualquier posibilidad solidaria o colectiva frente a la imposición de un mando ciego materializado en el computer llamado Madre. En la película hay un elemento esencial sin el que se perdería un cierto hilo conductor importante. Ese elemento fundamental es la figura del científico-robot, que juega un papel crucial a la hora de ejercer el control sobre la fuerza de trabajo humana. Representa a eso que el capitalismo denomina la técnica, los técnicos, una figura determinante para imponerse sobre cualquier otra consideración. Es también el producto de un saber, acumulado a lo largo de los años, que cristaliza en esa inteligencia artificial que se opone, con fuerza, al General Intellect, a la inteligencia general que representan el resto de la tripulación de la nave Nostromo.
La fábrica, materializada en ese carguero comercial, contiene en sus entrañas todos los elementos necesarios para hacer de ella un lugar más bien inhóspito, donde sus ocupantes parecen vagar como si estuvieran perdidos. Perdidos y desorientados, incapaces de expresar una cierta autonomía que está siempre mediatizada fuertemente por la inteligencia artificial, la técnica, que representan tanto el computer como el oficial científico.
Sin embargo, a pesar del férreo control  que se ejerce sobre la fuerza de trabajo humana, la deriva capitalista necesita dar un paso más. Ese salto se va a producir con la incorporación de un invitado de excepción, un pasajero que nunca tendría que haber subido a la nave, que se dirigía hacia la Tierra, silenciosamente, atravesando la obscuridad del espacio, mientras sus ocupantes hibernaban ajenos a los designios del poder.
El alienígena, que recuperan involuntariamente, aunque voluntariamente obligados, del interior de una especie de nave-habitáculo muy sofisticada, que se encuentra varada en un planeta completamente desapacible, perdido en los confines del espacio, es el sujeto perfecto sobre el que poder construir el nuevo ejército que el capitalismo necesita para poder reinar sin ningún obstáculo. Alien, como dice en un cierto momento el oficial robot, es una criatura pura, que se adapta perfectamente y puede superar cualquier situación adversa, sin ningún tipo de afección ética ni sentimental. Aparece así, y por eso se opone con violencia, como un elemento nuevo frente a los protestones y quejicosos moradores de la nave Nostromo.
Escucho una y otra vez la música de Goldsmith que me inquieta sobremanera. Es el acompañante perfecto para hacer que la película, ya de por sí desazonadora, todavía inquiete mucho más. 
Al final del film, Ridley Scott introduce la categoría del tiempo de manera tan brutal que el tiempo real se impone sobre el tiempo cinematográfico. Cuando Ripley programa la destrucción de la nave, a partir de la voz en off que anuncia que ya no se puede desactivar la destrucción, los cinco minutos restantes son cinco minutos de tiempo real.




Han pasado 35 años y hay, en cartel, una nueva película de Ridley Scott. Se llama El Consejero. Lleva ya varias semanas en uno de los cines de mi ciudad, Madrid. Durante todo este tiempo me he resistido a verla. El motivo no ha sido otro que los pésimos comentarios me llegaban desde mi entorno de conocidos. Al final, afortunadamente, gracias a los comentarios positivos que me hace mi mujer, que se ha adelantado en unos días a mí para ir a verla, voy por fin a disfrutar de la película. Disfrutar en el sentido amplio y profundo de la palabra. El film de Ridley Scott es una gran película. El mejor film que he visto el año que acaba de fenecer, junto a Prisioneros del director y guionista Denis Villeneuve.

No es baladí que la película del director británico cuente con el primer guión cinematográfico del novelista Corman McCarthy. Los diálogos se suceden con inusitada inteligencia. La trama está magistralmente filmada por el director de Alien. Es tan así, que, a mi juicio, la última película del británico lo hace emerger de las ruinas donde había sido sepultado en los últimos films. Recupera la fuerza política de Alien, y nos adentra, bajo la parábola del mundo de la droga, en la sociedad del siglo XXI.
El nihilismo del modo de producción capitalista se materializa en las explicaciones que recibe el atónito abogado que parece no entender, no querer entender, el mundo en el que vive. Un cierto estoicismo, impregnado de negatividad, se impone sobre cualquier otro punto de vista de redención. El capital, el dinero, no tienen alma. Marx siempre es más actual en este más que iniciado siglo. Pero la película de Scott penetra, también, otros territorios escurridizos. Hablo del amor y del sexo. En pocas películas de los últimos tiempos, el sexo aparece como el único elemento que hace entendible esa línea tan difusa que es el amor. El retrato de la sociedad actual, compuesta de sujetos atrapados en una espiral de violencia, no siempre física, emerge con extremada delicadez y contención. El pesimismo que se apodera del letrado sin nombre - siempre se dirigen a él en estos términos formales -tiene una cierta lógica. Hace tiempo que pienso que en la actualidad ser optimista conduce a la reacción, o a lo reaccionario. Sólo desde un planteamiento que parta del pesimismo y de la desilusión puede hacer brotar un proyecto que pueda oponerse a toda esta deriva infernal en la que nos tiene atrapados el capital. Una deriva que nos lleva a una guerra permanente, pero contrariamente a lo que sería deseable, es decir al enfrentamiento de la mayoría de todos nosotros contra la minoría que detenta todo el poder, lo que se está produciendo es una guerra entre nosotros mismos. Una guerra que se percibe en la cotidianidad de la vida, en las relaciones humanas, también en el ámbito de la coerción salarial, es decir, del trabajo, que es el terreno donde se produce el control más estricto del orden capitalista.
En ese entorno nos sitúa Ridley Scott en su última película, acompañada de reflexiones de la filosofía occidental, desde Epicuro y Marco Aurelio, hasta Espinosa, Bergson o Freud.




viernes, 27 de diciembre de 2013

¡ESTOY PILLADA!

El viento que sopla a ráfagas hace que las hojas caídas de los árboles, en este inicio de invierno, se acumulen en las aceras. Me gusta caminar entre las hojas y no me molesta que se queden así días y días. Además, en lugar de inhalar otro tipo de olores, aún llega hasta mi pituitaria la última bocanada de la esencia de cuando todavía eran verdes y poseían por entero toda su fragancia.

Acabo de subirme al autobús. No voy lejos, es un corto trayecto, acudo a una cita y tengo el tiempo justo. Me he sentado en esa zona, casi al final, donde hay cuatro asientos, dos en la dirección en la que viaja el vehículo y otros dos en dirección contraria. Frente a mí está sentada una joven bastante atractiva y algo exuberante. Lleva una falda tan corta que cuando se cruza de piernas deja al descubierto todo el muslo y el inicio de la nalga. Aunque lleva medias tupidas, la visión no deja de resultar interesante. Pero no es ésto lo que atrapa mi atención. En absoluto. Al otro lado, a mi derecha, en el otro grupo de cuatro asientos, viajan dos jóvenes, chico y chica, a cuya conversación asisto de manera involuntaria. Sí, involuntaria, porque mis pensamientos vuelan en otra dirección, más bien en la de la cita a la que estoy llegando. Sin embargo, no sé muy bien por qué, el discurso de la muchacha empieza a interesarme. Los oía, dada la cercanía de sus asientos con respecto al mío, pero la blandura de los colores de los colgantes navideños me penetraba a través de los ojos produciéndome una cierta somnolencia. De repente, ese ensimismamiento perdido se hace trizas y mis pabellones auditivos no dejan escapar el más mínimo rumor que va saliendo de las bocas de esos dos jóvenes.
¡Estoy pillada! Una y otra vez la chica pronuncia esa frase, mientras su acompañante trata de entender lo que ella trata de explicarle. Y no es nada fácil, por lo que trato de colegir. En seguida me doy cuenta que el argumento de fondo es ése del que todo el mundo se atreve a hablar con inusitado atrevimiento, como si se tratase de algo simple o bien sabido. La chica habla del amor. Por eso repite continuamente lo de ¡estoy pillada! Mientras trata de hacer entender, a quien parece ser su amigo o su confidente, el meollo del asunto, su rostro, el de la muchacha, empieza a entrarme veloz por los ojos. Su pelo es laceo, aunque aparece mitad oculto debido al gorro de piel con el que cubre su cabeza. Tiene unos ojos grandes y muy expresivos, realzados con un buen toque de rímel que lanzan sus pestañas hasta el infinito. Resulta muy elegante, aunque intuyo que aún podría serlo mucho más sin el piercing que devora uno de sus carnosos labios. Pero tal vez ésto sea sólo una apreciación estética mía. Lleva puesto una especie de dos cuartos azul marino y una falda corta sobre unos leotardos negros bastante corrientes y botas bajas, unos centímetros por encima de los tobillos. 
Pero, siendo interesante su presencia, lo que realmente me sobrecoge es la historia que desgrana ante la mirada atenta de su vecino. Habla del objeto amado y lo describe como una especie de sujeto extraño, ansioso y con problemas psicológicos. Ella afirma que todos los problemas del que, en algunos momentos, llama novio, provienen de la madre. Que ya desde los doce años, más o menos, el chaval sufría de crisis de ansiedad y de ataques de pánico. 
Aunque le comenta a su acompañante que es cínico, mentiroso y otras lindezas, al mismo tiempo afirma, ante cierta perplejidad de su amigo, o lo que sea, que no se comporta mal del todo con ella. Ante los peros y dudas que expresa su vecino de asiento, ella insiste: ¡Es que estoy pillada! "He tratado de dejarlo, incluso hemos llegado a cortar", afirma, "pero el otro día, mientras se lo decía, se echó a llorar delante de mí". El acompañante trata de terciar, como si quisiera dejar traslucir, aunque en modo alguno con claridad, una cierta querencia hacia la chica. "Mira", le dice. "Si lo que te cuenta es mentira y trata de engañarte, significa que es un esquizofrénico, pero si lo que te dice es verdad, entonces significa que está loco o que está pasado". Oír este tipo de razonamiento sobre el sujeto descrito por ella, no deja para mí lugar a dudas. Se trata simplemente de una estrategia, por parte del chico que la acompaña en el autobús, para llevarla a su terreno, porque en su digresión trata de romper el hilo conductor que la muchacha ha tratado de poner en pie de manera continuada. Sin embargo, el leitmotiv se repite una y otra vez, ¡estoy muy pillada!

Me sorprende, me sorprendo a mi mismo, como ya ha sucedido en otras ocasiones, frente al paradigma amoroso. Ella habla con tanto énfasis, con tanta fuerza y convicción, que parece que nada hay al otro lado de la frontera, de esa sutil experiencia que de manera tan rotunda abate a los seres humanos. No obstante, a pesar de una cierta incapacidad, por mi parte, de comprender eso que llaman enamoramiento, ¡estar pillado!, no dejo de sentir cierta simpatía, y me inspira una gran ternura, la posición empecinada que mantiene el acompañante-confidente de la muchacha. Tal vez, porque hace mucho, mucho tiempo, quizás yo he jugado ese papel de confidente con alguien que me interesaba pero cuyo interés, como en el caso de esta pasajera del autobús, era depositado en otro. O tal vez no. Tal vez es que ella, con esos ojos y esas pestañas infinitas, y esa inseguridad camuflada en el ¡estoy pillada!, me intimida en esta noche de Navidad en la que la fugacidad de un encuentro fortuito enciende mis atolondradas neuronas.    



sábado, 21 de diciembre de 2013

RESISTENCIAS INTERRUMPIDAS


La noche es fría, bastante fría, pero una calma absoluta se adueña del paisaje. Los árboles parecen espectros, inmóviles y mudos. Ni el más leve balanceo mece las hojas. Estamos en la calle de Genova, una noche más, una vez más. La sede del Partido Popular, ese enjambre que contiene todos los aguijones de la derecha, aún está iluminada. Tal vez quieren ser los primeros en festejar la Navidad. 

La Ley de Seguridad Ciudadana va a ser aprobada en Consejo de Ministros. Las medidas que comprenden el proyecto que el gobierno autoritario de Rajoy presentará al Parlamento, no dejan lugar a dudas. El ataque a los derechos y libertades de reunión, manifestación y expresión es contundente.

Somos pocos, hay poca gente concentrada, como si la medida, una vez que sea aprobada, fuera a afectar sólo a los radicales y a esos que el gobierno y cierta prensa llaman antisistema. Sin embargo, la realidad es muy otra. La peligrosidad de la Ley no sólo radica en las desorbitadas disposiciones que contiene, propias de un régimen delirante y represivo. La gravedad proviene del hecho de que la Ley desplaza a los jueces como los principales garantes que pueden determinar la culpabilidad o no de los ciudadanos, como sucede en cualquier democracia. Aquí no, el Gobierno y la Policía van a determinar quien o quien no cumple la legalidad.
Pero España, en estos dos últimos años en los que gobierna el Partido Popular, camina por una pendiente que nos despeña hacia el abismo fascista.

Avanzamos, decidimos movernos, hay que caminar. Avanzamos por la calle Santa Engracia. A una cierta altura, mirando hacia la calle Covarrubias, diviso el hotelito de lo que fue la vieja Clínica España, donde estuvo confinado el fascista Serrano Suñer y de la que se evadió gracias a la complicidad y generosidad de sus guardianes y al apoyo del Doctor Marañon. Pero volvamos a la realidad de esta noche. Caminamos, primero con un cierto paso tranquilo, rodeados en ambos extremos de la marcha por dos cordones de policías, que se mueven hacia adelante y hacia atrás tratando de no perdernos de vista. No parecen fuera de sí como en otras ocasiones. Aunque puedo observar cómo pierden los nervios con algunos chicos de la prensa.

Nos vamos tragando Santa Engracia, ahora con un paso más firme y decidido. Miro hacia atrás y observo que el grupo ha crecido. Somos algunas docenas más que en la concentración de Alonso Martínez. Pero siempre somos pocos. Vamos en dirección hacia la Plaza de Castilla, concretamente. Se nos ha comunicado que están a punto de salir algunos de los detenidos en días pasados en alguna de las refriegas que en los últimos tiempos tienen lugar en distintos puntos de la capital.

Estamos en Cuatro Caminos y el ritmo sigue creciendo. Parecemos maratonianos, nadie se interpone en nuestro incesante caminar. Gritos y eslóganes despiertan la curiosidad de algunos vecinos que abren ventanas y balcones para saludar a la marcha. Alguien, una voz femenina, nos jalea para que avivemos, aún más, el paso. "Los detenidos ya han salido", grita en voz alta. Cuando intuyo que debemos estar ya muy cerca me doy de bruces con el rótulo de la salida del metro de Tetuán. "¡Todavía estamos en Tetuán!", digo alzando la voz a los que tengo a mi alrededor. La verdad es que  la calle Bravo Murillo no parece tener fin.

Las piernas empiezan a estar duras. Llevamos algunos cuantos kilómetros en plan marchadores olímpicos. Se respira una cierta alegría en los rostros de los manifestantes. A nadie le importa que no seamos demasiados en esta noche fría en la que, poco a poco, estamos entrando en calor. Llegamos a Valdeacederas, subimos la pequeña inclinación y ya divisamos las torres de la Plaza de Castilla. Estamos llegando, lo hemos conseguido.

A medida que nos acercamos se oyen algunos gritos. Allí, al fondo, un pequeño grupo aparece arremolinado en torno a los juzgados. Llegamos y nos fundimos todos. Una pequeña masa desordenada inunda los aledaños del horrendo edificio que da cabida a los tribunales. Todavía permanecen algunos medios con nosotros, sobre todo internacionales. También la policía. Alguien, a través de un pequeño megáfono, dirige unas palabras a los allí presentes. En pocos minutos el acto concluye.

Lo de esta noche tiene su importancia, quizás más de lo que alguno de nosotros puede intuir. Tal vez, como en la época del régimen franquista, tendremos que habituarnos a este tipo de manifestaciones, poco numerosas, pero de gran valor simbólico. La actitud de unos pocos sirve siempre para despejar las dudas que asaltan al poder establecido. No importa demasiado que las masas no inunden las calles. A veces, los pocos, representan la punta del iceberg del enorme bloque de hielo que, antes o después, acabará derritiéndose, provocando una inundación de imprevisibles consecuencias.

Sí, esta noche gélida somos un pequeño grupo. Pero no estamos tan solos como la apariencia quiere indicar. Con nosotros están otros, Federico García Lorca, Luis Cernuda, Vicente Aleixandre, Miguel Hernández, Manuel Azaña, Pier Paolo Pasolini, Salvador Allende, Andreu Nin, Alberto Giacometti, Vincent Van Gogh, Marilyn Monroe, Stanley Kubrick, Franz Kafka, Karl Marx, León Trotsky, Sigmund Freud, Wolfgang Amadeus, The Beatles, los artistas del paleolítico superior, la Pantera Rosa y tantos y tantos otros...


  

viernes, 20 de diciembre de 2013

ENSAYO GENERAL


9,36...Boooooommmm!!!!!!! Un estruendo sordo y seco atruena el centro de Madrid. Pero no es hoy, es un día, como hoy, de hace ya cuarenta años. Nuestra historia, la de nuestros días, arranca aquella mañana gris y fría, pero no es de eso de lo que quiero escribir ahora.


Es casi la hora de la comida, aunque yo ya he comido hace casi una hora. Llueve, toda la mañana ha estado diluviando, con fuerza, con inusitada fuerza. El metro, como sucede en los últimos tiempos, desde que la administración municipal decidió reducir de manera drástica el número de trabajadores de la compañía metropolitana, renquea, se para, y eso hace que suba las escaleras con la lengua fuera y el corazón a mil por hora. Están dando las dos cuando llego a la puerta de la sala sinfónica del Auditorio Nacional de Música. Me esperan dos amigos músicos: la pianista Isabel Puente y su marido, el compositor José María Sánchez Verdú. Entramos raudos, y casi inesperadamente nos encontramos en la zona por donde acceden los músicos al escenario. Decidimos, tras dudar unos segundos, entrar. Cruzamos el escenario, mientras los músicos están a punto de comenzar el ensayo, y nos situamos cómodamente en una de las filas de la pequeña sala sinfónica. Las notas llegan ya hasta nuestros oídos.

Estamos solos. En la penumbra de la sala, sólo mis amigos y yo. Y el ensemble, claro. Hay nueve músicos y el director. Percusión, piano, viento y cuerda. La obra que nos envuelve es una composición reciente del músico austriaco Georg Friedrich Haas, AUS.WEG. Me sorprende  el contraste entre la percusión y el resto de los músicos, tal vez porque los instrumentos que utiliza el percusionista, que es también pianista, no son los que habitualmente están presentes en otras obras donde la percusión tiene un papel destacado.
Sin embargo, mis ojos se van hacia la cuerda. Me sorprende el choque estético que evidencian el violín y la viola. Pero no me refiero a los instrumentos en sí, sino a las instrumentistas que tocan dichos instrumentos. Mientras la música sigue desgranando los acordes, empiezo a fijarme en las dos mujeres que dominan esos instrumentos de cuerda. La violinista, una rubia seguramente venida del este, impone una elegancia contundente. Viste un traje de chaqueta con falda ajustada, gris petróleo, y zapato de tacón sin complejos. Se sienta con elegancia, como una modelo. Coloca las piernas con movimientos estudiados, y no descompone la figura ni una milésima de segundo. Frente a ella, está la viola. Es también rubia, aunque desde mi asiento no podría afirmar si es natural o de bote. Aunque he apostado conmigo mismo que es natural. Su torso está embutido en una de esas camisetas de lycra que se ajustan tanto que todo queda marcado. Luce una falda vaquera de vuelo y calza botas altas, por debajo de la rodilla. Enseguida me atrapa su figura. Su rostro de esfinge, cuya mirada perdida en el infinito pasa por encima de los demás, incluido el director, me intimida. Sus ojos miran desde un decidido nihilismo. Me hace gracia cada vez que el director, alemán, interrumpe el ensayo para dar alguna indicación, y se dirige a los músicos en su lengua o en inglés. La violinista responde en esas dos lenguas sin ningún problema. Pero ella, la esfinge, elude la comunicación en esos idiomas. Aunque está claro que entiende, más o menos, las sugerencias o las correcciones que parten del director, me hace reír que ella conteste en su lengua, en castellano, sin ningún rubor, sin mostrar la más mínima displicencia. Esa ausencia de reparos la muestra claramente a la hora de situarse en su asiento. Me llama la atención sobremanera su actitud. Como si de un violonchelo o contrabajo se tratase, ella abre las piernas como si alguno de esos instrumentos invisibles se acunara entre ellas. Pero no, la viola la maneja perfectamente con sus brazos. Sin embargo, el juego que establecen sus piernas son de lo más inusual. Tiene una figura rotunda, fuerte. Sus muslos son redondeados en oposición a lo finos que son los de la violinista, que apenas se descubren cuando cruza las piernas en un movimiento preciso.
El sonido que arranca con su arco a la viola es delicado, muy delicado, infinitamente modulado. Me fascina. Pero sigo observando su mirada aséptica y neutral.

El ensemble ha aumentado sus miembros. Aunque la viola ha abandonado el estrado, otros instrumentos de viento completan hasta un número de doce los músicos en escena. Tria ex uno, del mismo compositor que hemos señalado antes, se adueña ahora de la sala que ha aumentado en dos espectadores, que son dos músicos del conjunto que ahora no intervienen.
La composición, que juega con la obra de un compositor flamenco del alto renacimiento llamado Josquin Desprez, traspasa las neuronas anulando la distancia en el tiempo. Estoy descubriendo, para mi propio disfrute, a Haas. 
Mientras mis oídos se dejan seducir por el juego entre el renacimiento y el hoy, una cierta inquietud me inunda. ¿Habrá desaparecido para siempre la rubia esfinge de la viola? También un cierto nerviosismo. Sobre todo cuando miro el reloj y sé que no voy a poderme quedar hasta el final del ensayo general. ¡Pero yo también he venido a escuchar a Schönberg! Sí, así es. En realidad, cuando mis amigos me propusieron la posibilidad de asistir al ensayo, pensaba que se trataba de un monográfico dedicado a la figura del músico judío y vienés. No obstante, agradezco un montón la oportunidad de descubrir nuevos músicos contemporáneos. 

Se produce una pequeña pausa cuando un señor con aspecto desaliñado y figura oronda atraviesa el escenario para dirigirse a una de las butacas. Habla con el director en alemán, por lo tanto deduzco que también lo es. Mi amigo José María me saca enseguida de la duda. Se trata del compositor austriaco Richard Dünser, que también tiene una obra en el concierto que tendrá lugar por la tarde. Es música austriaca la que suena en este ensayo general. Bueno, por hablar en términos geográficos, porque en realidad la música, como el arte en general, son universales y sin patria. El arte es la manifestación más elevada de la humanidad, y por lo tanto nada debe a patrias ni a patriotas.A pesar de que en la década de los años treinta del pasado siglo, un compatriota de estos músicos intentase demostrar, después de aniquilar a millones de seres humanos, lo contrario.

Ahora sí, ahora finalmente Schönberg se adueñará de nuestros espíritus. Y ahora también reaparece, finalmente, la viola. La esfinge de rotundos muslos trata de ubicarse dentro del espacio habilitado para los músicos. Su número ha crecido considerablemente. Aunque El libro de los jardines colgantes, obra de 1907/1908, está compuesta originariamente para voz y piano, Richard Dünser ha hecho un arreglo, orquestándola. 
Inconfundible esta música que amo desde hace tanto tiempo. La orquesta suena a él. La orquestación se atiene, como no podría ser de otra manera, a las notas que el compositor vienés vertió sobre los pentagramas. La voz de Noa Frenkel suena increible. 
El director, sin saberlo, me impide una visión completa de la sugestiva viola. Así que, cuando la obra ya se está desarrollando en toda su extensión, decido abandonar la cercanía de mi amiga Isabel y me desplazo algunas butacas dentro de nuestra fila desde donde puedo, ahora sí, divisar a la esfinge rubia. 
Una pequeña interrupción, a causa de las sugerencias que hace Dünser, relaja la tensión de los músicos. Aunque ella, la viola, sigue presentando esa mirada que indica que la cosa no va con ella. Nada va con ella. Ella es más que ella. Hace alguna anotación con el lápiz en su partitura, eso sí. Pero su mirada no denota la más mínima debilidad. 
La música habla de la dificultad de las relaciones amorosas. Por un momento, una vez que los compases se reanudan, trato de fantasear con qué tipo de relaciones amorosas se las tiene que ver en su vida real la viola. Partiendo del supuesto de que el amor es algo bastante inexplicable, poco o nada verbalizable, plantearse la dificultad  en ese tipo de relaciones es, cuando menos, bastante optimista. Sí, porque evidencia que se trata de un compromiso, de una conexión o de una comunicación. Y yo no tengo tan claro que en ese terreno que, comúnmente, se denomina como terreno amoroso, enamoramiento o amor, se pueda hablar, en sentido fuerte, de relación. Pero dejemos esta digresión. Me interesa mucho más imaginar cómo se expresa en términos eróticos la esfinge. Mientras sus brazos manejan con energía y decisión su instrumento, sus muslos se abren generosamente. Da la impresión que esa apertura de noventa grados es la que le proporciona el impulso necesario para arrancar ese sonido delicado a su viola. O tal vez no.
Estoy ensimismado, no sé si más por la música o por la contemplación de la esfinge rubia. Algo ha debido captar mi amiga Isabel, porque cuando miro hacia ella de reojo capto una especie de guiño de complicidad.
Aprovechando la pausa que se establece, una vez concluido el ensayo general de esta pieza fantástica, me escurro hasta una de las puertas laterales hacia donde me acompaña Isabel. Aún tengo tiempo durante unos segundos, mientras me enfundo el abrigo, de dirigir la última mirada hacia el lugar donde la viola, con la mirada ausente, permanece inmóvil en su asiento.
  





lunes, 18 de noviembre de 2013

MADRID NO ES NÁPOLES


Mientras los sufridos, y mal pagados, barrenderos y jardineros tratan de volver a la dura faena para que nuestra amada ciudad luzca bien en los escaparates mediáticos, no puedo dejar de volver la vista hacia esa ciudad del sur de Italia que conozco y amo con intensidad. 
Después de haber leído y escuchado un sinfín de tonterías, por no utilizar alguna palabra más contundente, vale la pena recordar lo que aconteció en Nápoles en 2010. 
Con el Vesubio al fondo, cuya presencia nunca te abandona cuando te mueves por la ciudad, las montañas, y no es retórica, de basura que se acumulaban por las calles hacían difícil la vida cotidiana para sus habitantes. Los problemas  de salubridad y la imposibilidad, a veces, de poder atravesar las calles convirtieron la ciudad, durante más de cuatro meses, de septiembre a enero de 2011, en un campo de batalla. Puntilla a una situación que, con altibajos, se venía repitiendo desde nada menos que el lejano mes de febrero de 1994.
Una conjunción de errores técnicos, que no contemplaron incineradoras adecuadas ni puntos donde depositar la basura, con pésimas decisiones políticas y todo ello bajo el manto protector de la Camorra. Lo sabe bien el escritor Roberto Saviano, que analiza en toda su amplitud el problema en su célebre novela Gomorra. Lo saben, también, muy bien, mis amigos napolitanos Marcella y Piggi, que hoy viven en Madrid pero que un día, hace ya algunos años, tuvieron que acabar escapando de esa ciudad bellísima y única donde la vida cotidiana es una revolución permanente que no siempre se puede soportar.

Aquello de 2010 sí que saltó a las páginas de todos los periódicos y a las pantallas de todas las televisiones. Ninguna manipulación o exageración podía esconderse detrás de las enormes montañas de porquería en descomposición. Ninguna exageración en las condiciones insalubres que aumentaron y provocaron enfermedades. Una comisión científica dictaminó en 2004 que, de los análisis que se efectuaron entre el 1995 y 2002, lejos aún del estallido de 2010, hubo un aumento de la mortalidad masculina del 9% y de la femenina de un 12%, provocada por el incremento de casos de tumores de pulmón, estómago, linfómas y sarcomas.

Cuando estos días se hablaba, repetidamente, de que la huelga de la limpieza en Madrid estaba causando un daño irreparable a eso que los imbéciles llaman marca España, daban ganas, si no fuera algo muy serio, de echarse a reír.
La exageración y manipulación respecto a las toneladas y no sé cuántas toneladas de basura que se acumulaban sobre todo en el centro de Madrid, zona de la ciudad donde yo también vivo, me llenaban de rabia y de indignación. Cualquiera que haya atravesado la ciudad durante los días de la huelga habrá podido observar sí, algunos montones de desperdicios acumulados, sobre todo, junto a los contenedores de reciclaje que hay por las calles, papeleras a rebosar y restos de plásticos y papeles en trechos de acera. Nada más. Decir y clamar, desde muchos ámbitos sociales, que la situación era insostenible, incluso desde el punto de vista de la higiene, es cuando menos malintencionado. 
Olvidar, como se hace casi siempre que se produce una huelga que afecta a grandes colectivos de ciudadanos, que éstas se producen cuando la situación está ya al límite y es insoportable para la vida de los trabajadores implicados en ella, es de canallas.
Y todo ha ido como guante de seda para la situación gravísima que se cernía sobre la vida de los trabajadores de la limpieza: centenares de despidos, reducción de hasta un 40% del salario, etc. 
Sigue produciéndome extrañeza que frente a las enormes agresiones del poder y del capital contra las condiciones de vida de la gente, la reacción sea tan leve. Cuando hace ya tiempo que ha quedado claro que ni crisis ni gaitas, que se trata de una lucha a muerte entre ricos, unos pocos, y pobres, la inmensa mayoría.

Aunque el acuerdo alcanzado, dado que está presente casi todo el espectro sindical, y ha sido ratificado en asambleas por los propios trabajadores, no me parece del todo satisfactorio, parece que se ha considerado aceptable por los implicados, y eso es lo que cuenta.

Duerma, pues, tranquila la estulta y autoritaria alcaldesa de Madrid. Ni dejaron, ni dejarán de llegar visitantes a nuestra ciudad por hechos tan livianos. Como tampoco desaparecerá de la lista de los operadores turísticos la bella ciudad del Vesubio, a pesar de que los problemas allí sean de más envergadura. 










viernes, 25 de octubre de 2013

UN RENACENTISTA EN MADRID


Me hace gracia cada vez que un amigo me regaña de manera cariñosa diciéndome: "Te entusiasmas demasiado, te emocionas excesivamente..." Me lo dice siempre que expreso, quizás exageradamente, mi asombro ante algo o ante alguien. Pero cómo no lo voy a hacer cuando me topo con ciertos personajes, o con ciertas cosas. Me pasó hace ya algunos meses con una rara avis, de la que todavía no me he atrevido a escribir nada, llamada Marga Gil Roësset. Ese descubrimiento, cuya sorpresa aún hoy me sigue acompañando, justificaba con creces el que alguien como yo se sintiera tan excitado y tan emocionado. Ya llegará el momento de hablar de Marga. Ahora, en cambio, quiero describir a un artista que, poco a poco, sin hacer apenas ruido, se ha ido metiendo dentro de mis neuronas hasta conquistarme por entero.
Sin embargo, él, ni es enigmático, ni desconocido, ni raro. Todo lo contrario. Si digo que me estoy refiriendo al dibujante y pintor, como reza su página web, Manuel Alcorlo, no descubro a ningún desconocido, porque no sólo se trata de uno de los mejores dibujantes de la historia reciente del arte español, aunque no sólo español, diría yo. Y encima es académico, así que ni clandestino, ni marginal. Un pintor en el ojo del huracán artístico madrileño y como mínimo, me atrevería a afirmar, de toda la península ibérica. Conozco al maestro desde hace relativamente poco tiempo, algo más de un año. Todavía recuerdo su cálida figura à la Toulouse-Lautrec, apoyada en un bastón, entrando en la galería Ra del Rey, con motivo de una exposición. Iba acompañado de su mujer, la también pintora Carmen Pagés. Yo acababa de incorporarme, como un socio más, a la cooperativa de artistas que componen la galería.
Andando el tiempo, una y otra vez, empiezo a tener el privilegio de charlar con él, de intercambiar elementos comunes, la lengua italiana por ejemplo. Alcorlo declama y canta, cuando menos te lo esperas, en la lengua de Pier Paolo Pasolini. Y poco a poco empiezo a descubrir que no sólo es dibujante y pintor. Todo eso estalla delante de mí cuando una mañana acudo a su estudio.
Conozco estudios de artistas, y cuando hablo de éstos me estoy refiriendo a todas las categorías, estupendos, más pequeños o más grandes, decorados con más o menos gusto. Pero la casa- estudio de Manolo y Carmen merecen un comentario aparte. Seguramente nada de lo que yo pueda escribir aquí podrá dar una idea exacta de lo que es ese espacio tan singular y único en el centro de Madrid.
En primer lugar, la sensación que uno tiene nada más penetrar en ese espacio, es la de estar en una ciudad que no es Madrid. Y se produce una situación extraña. Al menos a mí se me produce, porque mientras avanzo sé que estoy en el centro de Madrid, pero allí dentro no lo estoy. Como si alguien o algo me hubiese trasladado a otro lugar. 
Después de algunos minutos, donde la sorpresa sigue invadiéndome por dentro, empiezo a encontrar puntos de referencia que me podrían llevar directamente a París, a la época de la morada-estudio de Picasso en la rue des Grand-Augustins, o tal vez al taller del escultor Max Le Verrier. También podría uno imaginarse de estar en una de las salas del Jeu de Paume antes de convertirse en museo. Hay una altura donde la vista acaba perdiéndose al final de la claraboya. Luego, se abre una especie de laberinto, a derecha y a izquierda, que conduce a estancias y pequeñas habitaciones donde convive toda la familia. Aunque a estas alturas, con los hijos criados e independizados, sólo ellos dos deambulan por ellas. 
Allí descubro a este renacentista madrileño. Cientos de cuadros donde ha vertido lo que, de manera despreocupada, Alcorlo llama bocetos. ¿Bocetos? Pues entonces, le digo, no pasaré jamás de los bocetos, porque toda mi obra es sobre papel, está vertida sobre papeles. Y él se ríe a carcajadas.
Pero para mi no son bocetos, de ninguna de las maneras. Son papeles, grandes, pequeños, medianos, plasmados con una mano que es otra mano: "Una mano mueve mi mano...", expresaba un aborigen australiano en una escena del magnífico documental de Herzog sobre la cueva prehistórica de Chauvet en Francia. Son papeles donde el color lo invade todo, donde los trazos son firmes y acabados y expresan por sí solos todo lo que el pintor tiene que decir. Son obras tan acabadas y tan definitivas como sus lienzos o sus tablas.
Por no hablar de los cientos y cientos de cuadernos, diarios, libros y un sinfín de trabajos sobre los que trabaja al mismo tiempo como si nada. En esos cuadernos, algunos que él me enseña, los dibujos tienen la potencia y la magia de un William Blake. Otros, permanecen dentro de la elegancia y la síntesis del Pablo Picasso de la "Suite Vollard". Descubro, también, pequeñas esculturas con materiales diversos y extraños que utiliza con suma gracia.
Pero Manuel Alcorlo me reserva, aún, una sorpresa. Sabe de mi pasión por la música, por eso que comúnmente llamamos música clásica. Se pierde durante unos minutos y vuelve portando un maletín del que extrae un violín. Sobre un atril, que ha desplegado  y compuesto minuciosamente como si se tratase de un rompecabezas, coloca algunas partituras. Mientras
saca fuera el violín y lo pone a punto, mis ojos reparan en dos cuadernos que llevan los nombres, nada más y nada menos, de Bach y Mozart. Me quedo, de pie, en silencio, mientras él empieza a traducir esos endemoniados signos que componen una partitura a los que tanto respeto y tanto temo.
La música, a mi entender, es la más alta expresión artística a la que el ser humano puede aspirar. Las otras artes, siendo también grandes, están un paso por detrás de ella.
Las notas de la partita de Bach llenan el estudio por completo. El dibujante y pintor se convierte, por momentos, en músico. En el traductor de una música celestial pero difícil de interpretar. Da igual, Alcorlo es un artista sin límites y la música es otra de sus especialidades. 
Sé, cuando abandono su peculiar estudio, que apenas he podido atisbar una pequeña parte de su mundo. Pero me reconforta la idea de poder seguir descubriendo a este renacentista madrileño. 

sábado, 12 de octubre de 2013

¡ Y AÚN QUIEREN QUE ESTEMOS TRANQUILOS !



Esta noche, mientras estoy en un concierto, resuenan con inquietud en mi cerebro las advertencias que Goya utilizara en su serie de los "Caprichos". Siento la tentación de pensar en la anticipación del arte, en concreto en lo que anuncian ciertas composiciones musicales. Aunque no sólo. Empieza el concierto con un estreno mundial de una fantasía del músico coreano Eunho Chang. Tengo la sensación, siempre la tengo, cuando escucho música contemporánea, música escrita en los últimos años del siglo XX y ahora en el siglo XXI, que esas músicas van por delante y nos representan el mundo que nos vamos a encontrar a la vuelta de la esquina. A pesar de que mi amigo, el gran compositor José María Sánchez-Verdú, trate de convencerme de que la música, a partir de la segunda escuela de Viena, es decir Schoenberg, Berg y Weberg, es simplemente abstracción. Sí, abstracción, pero sigo pensando que el "Pierrot Lunaire" de Schoenberg, por citar sólo una de las obras de estos compositores, nos sitúa en la antesala de la desazón en la que Europa se hundirá tan sólo dos años después, al iniciarse  la Gran Guerra.


La segunda parte la ocupa toda - y se habría bastado a sí sola - como obra única de este concierto, la "Quinta Sinfonía" de Gustav Mahler. Lo primero que me lleva a pensar, mientras suenan los primeros compases, es lo siguiente: si la "Cuarta Sinfonía" se apaga en una especie de remanso de paz, ¿por qué demonios la "Quinta" se abre con una marcha fúnebre? ¿Qué es lo que le pasa a Mahler? No lo sabemos. En cualquier caso, no parece que hubiera que esperarse esta continuación trágica. Queda aún mucho para que llegue el salvajísimo "cluster" del adagio de su "Décima Sinfonía" inacabada, debido a su repentina muerte. Y ahí sí, en ese "cluster" estallan de manera radical el terror y la muerte que van a venir casi inmediatamente. Pero esta marcha fúnebre de 1902 no puede aún intuir lo que sucederá en el año 1914.
Podemos poner un ejemplo similar en el arte cinematográfico: "2001, Una Odisea del Espacio", del director Stanley Kubrick, se cierra con el niño estelar que dentro de una burbuja transparente viaja hacia la Tierra, imagen esperanzadora que se trunca con la desafiante mirada de Alex al inicio de "La Naranja Mecánica", que tampoco habríamos tenido que esperarnos como continuación al último fotograma de "2001". El mundo todavía respiraba los efluvios revolucionarios del "Mayo del 68". Ya vendría "The Shining" para anticiparnos algo de lo que se nos vendría encima, pero todavía faltaba para eso, como en el caso de Mahler.


Volvamos a la música actual, a la de este coreano que escucho esta noche, como a la de mi amigo Sánchez-Verdú, como a la de tantos otros compositores de hoy cuyos pentagramas saltan más allá de la realidad inmediata que nos circunda. ¿Música abstracta? Tal vez, pero no puedo dejar de pensar que me traslada y me sitúa en un espacio y en un tiempo que todavía no existe. No hablan del tiempo presente. Y no me deja nada tranquilo. Lo que intuyo que ellos anticipan, quizá de manera inconsciente, es un mundo desalmado, desolado, destruido. Y hay ya muchos elementos en esta guerra no declarada que vivimos en Europa, sin ir más lejos, que empiezan a iluminar ese espacio terrible: Insolidaridad creciente entre los ciudadanos, falta de escrúpulos ante las muertes de propios y ajenos. Enajenación de la instrucción y de la cultura para devorarnos los unos a los otros...
Quizás por esa razón, algunas películas recientes de lo que damos en llamar ciencia-ficción, se trasladan finalmente fuera del planeta, lejos del devenir de un sistema de producción, el capitalista, cruel y devastador, que nos devora a todos. Allí, en el espacio, suspendidos en la ingravidez, contemplamos un planeta luminoso y azul como los vidrios opalescentes de los artistas de los años veinte y treinta del pasado siglo cuya apuesta estética pareció, después de la "Gran Guerra", abrir una brecha hacia la felicidad. Aunque tan sólo fuese un fugaz espejismo, ya que algunos años después la experiencia nazi y la guerra volverían a arrojarnos al abismo del mal.



miércoles, 25 de septiembre de 2013

ENTRE LA NOSTALGIA Y UNA PROMESA DE ETERNIDAD


Leyendo estos días las noticias sobre la sonda Voyager 1, un tipo de nave espacial no tripulada que fue lanzada al espacio allá por el mes de septiembre de 1977, una especie de nostalgia y temblor me atenaza por momentos. Nostalgia ineludible porque me hace regresar, a través de la memoria, a una época en la que yo era joven, muy joven, apenas veintitrés años. Recuerdo perfectamente haber leído la noticia de este lanzamiento en un periódico que, por aquel entonces, llevarlo debajo del brazo podía suponer algún que otro problemilla. Estábamos al inicio de una democracia que había realizado sus primeras elecciones apenas tres meses atrás y los fascistas pululaban como moscas por las calles de Madrid...y del resto de España, claro. Nada, ni nadie, se podía sentir del todo seguro. No era una democracia europea homologable, en absoluto. Era el precio que íbamos a pagar todos, contrarios o a favor, de una transición, así la llamaban, así la siguen llamando, que suponía una continuidad con la dictadura fenecida, no por una revolución popular, sino por la muerte natural del dictador. No hubo ruptura, tan sólo pequeños grupos izquierdistas de ilusionados jóvenes que habían luchado contra la dictadura, como la Liga Comunista Revolucionaria (LCR) o el Movimiento Comunista (MC) preconizaban dicha ruptura y el castigo de los asesinos, torturadores e implicados en la represión llevada a cabo durante casi cuatro décadas. El resto de los partidos, comunistas del PCE incluidos, pactaron con los restos del naufragio franquista la continuidad, encarnada en la monarquía y en la figura del rey Juan Carlos I, apadrinado por Francisco Franco. Y con ese pacto cerraron la puerta a cualquier posibilidad de recuperación de la soberanía popular, usurpada al final de la guerra civil, y negociaron una ley electoral que impediría para los restos que la experiencia republicana pudiera volver a repetirse. Eso hicieron, y así nos luce el pelo. El origen de muchos de nuestros males provienen, se quiera o no decir, de esa no ruptura con la dictadura. 


Recuerdo también, con absoluta nitidez, que comentando lo del lanzamiento de la Voyager 1 con algunos amigos, aunque no sé muy bien si a ellos eso les interesaba tanto como a mí, debo confesar que la ciencia ficción siempre me ha fascinado, decía yo con ingenuidad juvenil, pero con unas enormes ansias de soltar lastre y dejar atrás un país tonto y aburrido, en el fondo, a pesar de los sobresaltos continuos que nos asaltaban cada día, que me hubiera gustado tripular esa nave espacial, cuya misión era llegar, por lo menos, hasta Jupiter. En realidad era como decir, me voy para no volver. Seguramente, detrás de esas ganas de lanzarme al espacio dejando atrás no sólo mi viejo país, sino todo el planeta, se escondían las esperanzas truncadas en un verdadero cambio político, social y cultural, no sólo en la península sino a nivel europeo, como mínimo.


Sin embargo, ahora, en este 2013, en pleno siglo XXI, cuando la Voyager 1 llama nuestra atención, al menos la mía, no deja de producirme una leve sonrisa lo que leo en los periódicos de papel y en esa abstracción llamada Internet, aunque puedo imaginar que la nave espacial ya llevaba consigo esa tecnología incipiente. La sonrisa me la produce eso que los científicos han denominado entrar en el espacio interestelar, que es como decir en la nada, en el infinito. No obstante, que la Voyager haya traspasado los confines de nuestro sistema solar, dejando atrás lo que, de alguna manera, conocemos mejor o con cierta certeza, supera los supuestos más fantasiosos. El vehículo terrestre, como la nave impoluta de 2001, Una odisea del espacio, la película de Stanley Kubrick, que transporta a un fascinado Bowman más allá de las estrellas, materializa la intuición y la anticipación del gran director americano. No lleva a nadie en su interior, es cierto, pero quién sabe si no llegará a posarse, en algún momento de su viaje hasta el fin, en una habitación o espacio real y concreto que al mandar las imágenes a la Tierra pudiera hacerlas comprensibles para nuestras mentes racionales. En la fantástica película de Kubrick, ciertamente hay una promesa de eternidad o, si se quiere, de inmortalidad. Pero la Voyager 1 es real y avanza, ahora, en nuestros días, hacia esa abstracción que los investigadores definen como espacio interestelar. Y yo creo, como mínimo, que esa promesa de eternidad es ya una realidad, después de treinta y seis larguísimos años de navegar por el espacio. Una lástima que nadie se haya atrevido a ir dentro de ella. 










martes, 24 de septiembre de 2013

LAS LIBÉLULAS DEL FIN DEL MUNDO



Siempre he sentido predilección por estos insectos que parecen salidos de la imaginación de un mago. De pequeño, junto a mis amigos, en las tardes de verano, salíamos al campo a buscarlas. No siempre las encontrábamos, pero el día que teníamos la fortuna de verlas empezaba la fiesta. Con sigilo y mucho tino, no antes de que pasara un buen rato de perseguirlas, lográbamos asir por las alas a alguna incauta que, desconociendo nuestro afán de disturbar su libre albedrío, se posaba majestuosamente sobre la brizna de cualquier planta.
Una vez presa, con la ayuda de uno de los otros, cogía un hilo fino y con sumo cuidado, sin apenas apretarlo, hacía un lacito que se ajustaba a su largo abdomen. Llegado ese momento podía soltarla para que la infeliz libélula, ignorante de su nueva situación, emprendiera otra vez su vuelo. Mi felicidad era inmensa, aunque no sé si ella volvía a sentirse libre del todo después de semejante operación. El caso es que ella volaba, mientras yo sostenía con mi mano el hilo, como si de una correa se tratara, e iba donde su vuelo me guiaba. El juego duraba algunos minutos, a veces demasiados, pero casi siempre solía tener un final feliz, es decir que, una vez agotado el deseo de jugar con ellas, o bien se cortaba el hilo dejando, eso sí, el lazo en su abdomen, o simplemente se las soltaba y se perdían, haciéndose casi invisibles, frente al azul intenso del cielo. No obstante, en alguna ocasión, la operación no daba buen resultado y la libélula sufría la amputación de una parte de su abdomen, lo que no le impedía escapar volando. Cuando eso acaecía, una cierta tristeza me invadía por dentro...


Aunque ya es septiembre, el cielo es tan azul como en los días centrales del verano. Estoy a punto de llegar al Cabo de San Vicente, esa última atalaya de tierra al sur de Europa. Ese punto que señala la barbilla, casi faraónica, de esa especie de cara que siempre me ha parecido la península ibérica. Sé perfectamente, al dejar Lagos atrás, y Sagres, que desde allí partieron los navegadores y conquistadores portugueses o españoles, que tanto da, hacia lo desconocido, hacia la nada, aunque luego esa nada se materializara en el nuevo continente. Subido en lo alto de ese promontorio, puedo imaginar la sensación de miedo y de inminente nostalgia que invadiría a esos hombres que se adentraban en la profundidad del océano en sus frágiles barcos, al ir perdiéndose en el horizonte ese pedazo de tierra, ese último confín, el fin del mundo que ellos conocían...


Pero suspendido en ese abismo delante del cual sólo está la inmensidad del mar, acariciado por un aire purísimo y distinto a cualquier otro, mis ojos perciben algo. En seguida caigo en la cuenta que en esa extrema fragilidad en que mi anatomía se sitúa frente a ese vacío, hay algo o alguien que desafía esa enormidad. Las descubro rápidamente, están ahí, delante de mí, revoloteando libres. Decenas y decenas de libélulas, sólo ellas, vuelan a sus anchas delante del precipicio. Son verdes, azules, amarillas, e incluso rojas. Suponen un punto de alegría y felicidad frente a la tentación que el abismo y el vacío comportan. Anclado en ese último trocito de roca, de tierra firme, la sensación de libertad y de dejarse ir son enormes. Por mi cabeza naufragan fugaces pensamientos en los que soy un ángel saltando hacia el infinito, como si ese salto no fuese a terminar jamás y la vida y la muerte se confundieran en un destello de extrema lucidez. Sin embargo, no me dejo acariciar demasiado por esa fracción de pensamiento que llega a ser también una sensación. Además, están ellas, elegantes, con sus alas transparentes y esa especie de timón alargado en forma de abdomen que las hace tan bellas y únicas. Son mis libélulas, aunque si hoy quisiera, como cuando era niño, jugar con ellas, sería absolutamente imposible. Están suspendidas en este limbo  que es el Cabo de San Vicente. Sólo ellas pueden escapar del fin del mundo.



lunes, 19 de agosto de 2013

UGO RICCARELLI, UN AMIGO






Estoy en Italia, aunque todo ha sucedido ya. Hace unos días, todavía en Madrid, en las primeras horas de la tarde, he sentido la vibración de mi teléfono móvil que me indica que me acaba de llegar un mensaje. Cuando lo abro, las primeras palabras me inquietan sobremanera: "Una mala noticia..." y después, el final del mensaje: "Ugo acaba de morir esta mañana..." La remitente es mi amiga Roberta, su Roberta, la mujer de mi amigo Ugo Riccarelli.

Estoy en medio de las suaves colinas marquesanas, en la región de las Marcas, en el centro de Italia, y puedo divisar a lo lejos la silueta de la ciudad renacentista de Urbino. 
Siempre me han atraído estas colinas que se mueven en una continuada ondulación sin grandes desniveles, coloreadas por una paleta que se diluye en verdes, ocres y azules.

Mañana, muy temprano, en Madrid todavía no sería de día, pero aquí, tan al este, ya sí lo será, incluso el sol habrá empezado a despuntar, parto para Roma, quiero encontrar a Roberta, su Roberta, "Mi Roberta...", como siempre me decía bromeando, por si acaso la confundía con la mía, que también se llama Roberta. ¡Cuantas veces hemos reído de esta curiosa coincidencia, Ugo y yo!, los dos casados con dos Robertas, nombre que, por otra parte, en estos tiempos no abunda. No he podido acudir a sus exequias, y ahora quiero encontrarme, al menos, con ella, para  poder abrazarla y escuchar de sus labios qué es lo que ha pasado.

Viajo en autobús desde una pequeña ciudad enclavada en la garganta del Furlo que está rematada por la cara del Duce, Benito Mussolini, aunque la nariz aparece truncada debido al bombardeo, efectuado al final de la guerra, por los aviones aliados. Aunque todavía, al día de hoy, desde abajo, desde arriba nada se ve, se puede reconocer fácilmente la característica expresión del dirigente fascista. Pero Acqualagna, la pequeña ciudad de la que hablo, es también la patria chica de un italiano famoso fallecido, en un atentado, al desplomarse el avión en el que viajaba, en los años sesenta del pasado siglo: Enrico Mattei. Pero de eso hace ya mucho tiempo...

Mientras el autobús se desliza suavemente entre las laderas de los Apeninos antes de entrar ya en una zona más llana que deberá conducirme a la ciudad imperial, mi cabeza regresa a octubre del año pasado, la última vez que vi a Ugo Riccarelli, en ocasión de su participación en Madrid, en el Instituto Italiano de Cultura, en un acto-homenaje a su gran amigo, fallecido pocos meses antes, Antonio Tabucchi. Ya, en ese momento, no estaba nada bien, tenía algo de fiebre y se encontraba débil, según él mismo me contaba. Bueno, no estar nada bien creo que ha sido su condición en los últimos veintitrés años. Ugo había sufrido, entonces, un doble trasplante de los dos pulmones y del corazón. Eso ya lo dice todo. No sólo; a causa de la extrema medicación que debió soportar por el doble trasplante, debieron extirparle uno de los riñones que había desarrollado un tumor, así que en los últimos siete u ocho años tuvo que someterse a diálisis con el otro que le quedaba. Diálisis, tres veces por semana. Sólo escribirlo me produce más que escalofríos.

Conocí a Ugo y Roberta en ocasión de la publicación y presentación de su segundo libro en España en la Editorial Maeva, Estramonio, allá por el año 2003. Recuerdo que después de la presentación, también en el Instituto Italiano de Cultura, fuimos invitados a compartir un pequeño refrigerio con la gente de la editorial y el autor. Enseguida me cautivó su enorme humanidad, su transparencia en la exposición de sus ideas y su fino humor. Al día siguiente, quedamos para desayunar con él y su Roberta, yo y mi Roberta. A partir de ese momento, los encuentros se produjeron a intervalos. O bien en Italia - todavía recuerdo con emoción un encuentro en la ciudad de Piero della Francesca, San Sepolcro, o en Perugia, donde también Piero está presente - o en Madrid. En una de sus visitas a Madrid tuve la oportunidad de acompañarlo al centro donde se tuvo que someter a la maldita diálisis que en los últimos tiempos lo estaba dejando sin fuerzas. Yo mismo había tratado de hacerle la gestión, porque era conditio sine qua non, para que él pudiera desplazarse. Y desplazarse, se desplazaba, vaya que si se desplazaba. Siempre incansable e inasequible al desaliento como si sus condiciones físicas fueran las de un Tarzán. Jamás le oí lamentarse, ni quejarse de su delicada salud. Porque Ugo no tenía una buena salud, pero al mismo tiempo era fuerte, muy fuerte, como si nada le aconteciese en su fisicidad. Es más, si intuía que algo te pasaba, ahí estaba él para insuflarte moral, como si él no necesitara nada de nada. 

El caudal del tráfico aumenta poco a poco. La circunvalación en torno a Roma empieza a hacer acto de presencia. Es la primera vez que voy a entrar en la ciudad a través de la carretera. Algunas señalizaciones que aparecen me empiezan a sonar: Foro Italico, Trastevere, Tiburtina... Ese es el final del trayecto. Mi amiga Roberta me ha dado indicaciones precisas para llegar hasta Termini desde Tiburtina y desde allí coger el autobús 64 para bajar hasta el centro. Menos mal, porque desde la última vez, ya va para cuatro años, Tiburtina se ha convertido en algo inmenso. Ahora es la estación ferroviaria más grande de Europa. En efecto, uno entra dentro y los pasillos parecen no tener fin, incluso las indicaciones no son del todo muy claras. No hay de qué extrañarse, estamos en Roma, en Italia, y un cierto caos es el escenario necesario para que nada nos sea ajeno.

El calor es excesivo; si pienso que esta mañana, esperando el autobús en Acqualagna, mis huesos, y no sólo, estaban congelados, casi no me lo puedo creer. El autobús, que pillo por los pelos en Termini, va atestado de gente. Podría haber bajado vía Cavour hasta las estribaciones de Piazza Venezia y desde allí hasta Piazza Navona para encontrarme con la iglesia de San Luigi dei Francesi, donde quiero ir a parar para poder ser acogido por Caravaggio. Pero he preferido seguir las indicaciones de Roberta y no perder tiempo, sobre todo porque no dispongo de mucho. Son las 11,30 de la mañana y a las 16 debo estar en la parada del autobús para volver a las colinas marquesanas. 

Antes de encontrarme con ella tengo el tiempo justo para deleitarme con los dos Caravaggios que hay en esa iglesia. Siempre que vengo a Roma, lo hago. Pero esta vez aún me son más necesarios. Sé, por Roberta, que a Ugo le gustaba venir a esta iglesia a contemplarlos. 
Tengo suerte, porque está abierta y no hay apenas turistas. Son deliciosos, como un bálsamo. Una quietud y una cierta paz me invaden cuando me dejo atrapar por sus imágenes. Una idea sacude mi mente: Caravaggio anticipa de manera salvaje los planos cinematográficos Kubrickianos. 

Pero todavía necesito algo más, necesito que la estructura clásica y perfecta del Phanteon de Agrippa me atenace en su extrema belleza. El sol brilla con fuerza, por eso, cuando entro dentro, un haz de luz, que viene de lo alto de la esfera, impacta contra el suelo llenándolo de luminosidad. Poder contemplar aún, en el siglo XXI, esta maravilla del mundo clásico, no deja de ser un extraño privilegio que nos permite conectar con tiempos que de otra manera parecerían sólo legendarios.

Serpenteo por las estrechas callejas sabiendo que, al final, me daré de bruces con ese exceso que es la Fontana di Trevi. Siempre sucede, caminas y caminas, y cuando menos te lo esperas, al doblar una esquina, emerge exultante y magnifica, encastrada en una pequeñísima plaza que parece imposible que pueda acoger su grandeza. Los caballos alados tirados por tritones y el agua incitan a olvidarse del mundanal ruido que atruena nuestras sienes. 

Algo exhausto por el ir y venir de una parte a otra, aunque sin salir de un cierto perímetro, recibo la llamada de Roberta y quedo con ella en Campo dei Fiori, donde Bruno, Giordano, que Ugo y yo amamos, vigila todo lo que ocurre a su alrededor

Estoy tratando de sacar una foto con la cámara de mi teléfono a la imponente e inquietante estatua de Bruno cuando una voz conocida me devuelve a la realidad: "Podemos abrazarnos antes de hacer la foto..." Ha llegado Roberta a la que abrazo con fuerza durante unos segundos que son infinitos.

Hablamos, me cuenta que Ugo estaba ya mal desde hacía varios meses. Tenía una especie de infección rara en uno de los pulmones trasplantados y tuvo que ingresar en un hospital de Palermo donde pasó varias semanas; parecía que en el próximo otoño podrían resolverle el enésimo problema derivado de su estado precario, pero ya en el hospital, uno de esos virus que se hacen invencibles en ese medio lo castigó y lo debilitó con fiebre alta y debilidad generalizada. Aún así, mi amigo seguía luchando, y lo hacía de la única manera que sabía hacerlo, escribiendo y participando en uno y mil eventos, en presentaciones, conferencias y demás. La última, apenas una semana antes de tener que ingresar en el Gemelli para no regresar ya nunca más. Eso sí, con la absoluta certeza de no querer ser manipulado ni controlado por eso que ahora se llama protocolo hospitalario que a veces, más de las que los seres humanos se merecen, se convierte en una sinrazón tortuosa. Sin embargo, esta vez, incluso las monjitas del hospital romano, de las que no se fiaba ni un pelo, han respetado las ordenes precisas de Riccarelli: "Estoy ya muy cansado, dejadme andar..."

El tiempo, poco para lo que hubiese deseado, pasa deprisa, demasiado  deprisa. Miro el reloj y sé que tengo que volver a Tiburtina para coger el autobús que me llevará de vuelta a las colinas marquesanas. Roberta se ofrece a acercarme hasta la estación de metro de Cavour, tiene aparcado en las cercanías el pequeño coche de 50 cc. que le había regalado en diciembre Ugo para que pudiera desplazarse de un lado a otro de la ciudad. Reímos porque le digo que ese coche estaría a mi alcance, ya que no necesita el carnet de conducir que yo nunca he llegado a sacarme. Me doy cuenta ahora, cuando estoy escribiendo estas líneas, que Ugo y yo teníamos más de una coincidencia como decía al principio. No he dejado de pensar, desde que me llegó el fatídico sms, que Riccarelli, usando el argot italiano, era classe 1954, es decir, que era de ese año, el mismo año del que soy yo. Recuerdo también, en una de las primeras ocasiones en la que nos encontramos en Italia al poco de conocernos, una afirmación suya: "En estos tiempos que corren, sólo se puede ser pesimista, ser de izquierdas o ser revolucionario, y la coherencia que se sigue de ello implica serlo...Aquellos que se proclaman optimistas son unos perfectos reaccionarios, no han entendido nada..." Afirmación que compartía de principio a fin. La reacción está preñada de optimismo, sólo desde un sensato pesimismo se puede hacer una verdadera autocrítica.
Caminamos en dirección a donde nos espera su pequeño vehículo. Roberta me hace una señal y me dice: "Ven, quiero que pasemos por aquí para ir hasta el coche..." Dejamos la avenida y entramos en una estrecha calle en suave descenso que reconozco enseguida al leer el rótulo: Via Caetani. En mi cabeza se impone la voz de Valerio Morucci, el militante de las Brigadas Rojas, que efectúa la llamada al amigo personal de Aldo Moro para comunicarle donde pueden encontrar el cuerpo sin vida del político democristiano. Mientras el interlocutor no puede dar crédito a lo que está oyendo, y estalla en un llanto incontenible, la voz impertérrita y casi insolente del brigadista continúa insistiendo: "...En vía Caetani, ha entendido, Caetani..."
Acude a mi recuerdo también algo que ya he contado en alguna ocasión. En la semana santa de 1978, cuando Moro estaba aún en las manos de las Brigadas Rojas, me encontraba en Moscú. Una noche, en compañía de mi amigo José Ángel, sin el resto del grupo, decidimos hacer una incursión hacia la Plaza Roja. Recuerdo perfectamente que se acercaron a nosotros un grupo de tres o cuatros chavales rusos ofreciéndonos hachís de Afganistán. En un determinado momento, así, sin venir a cuento, farfullando  una especie de italiano, quizás porque interpretaron nuestra lengua como similar, uno de ellos nos dice: "Aldo Moro está en nuestras manos, lo tenemos nosotros..." A lo que mi amigo y yo no supimos qué decir ante la delirante afirmación que acabábamos de escuchar... Siempre que el caso Moro sale a escena, recuerdo aquel extraño encuentro en la Plaza Roja y no dejo de interrogarme qué sentido tuvo aquello y sobre todo por qué unos rusos, que sólo por una enorme casualidad podrían haber escuchado algo de ese secuestro en su televisión oficial, hicieron aquella afirmación. Pero eso sería otra historia que ahora no tiene sentido contar.

Avanzamos despacio hasta llegar al muro donde se encuentra la placa en recuerdo del político asesinado. No dejo de notar la belleza de algunos palacios, mientras una cierta emoción me embarga al recordar todo aquello, que se encuentran en esta pequeña calle que la historia no permitirá borrar jamás de la memoria. Giramos la calle y nos encontramos con el coche de mi amiga; nos dirigimos hacia el metro Cavour atravesando los foros imperiales, donde puedo entrever, al fondo, fugazmente, la mole del Coliseo. Nos despedimos y hacemos votos para vernos muy pronto, quizás en Madrid.

Me sumerjo dentro del oscuro y sucio metro romano. Mis pensamientos vuelven hacia mi amigo Ugo Riccarelli, sé que se ha ido y que  no volverá nunca más. Como tantos otros, como todos... pero en esta tarde calurosa, en Roma, el rechazo que siempre me produce la muerte me lleva al relato de Ernest Renan, en su Vida de Jesús, al final, cuando escribe: "El domingo por la mañana, muy temprano, María de Magdala, María Magdalena, acudió al sepulcro. La piedra estaba separada de la abertura, y el cuerpo no se encontraba en el lugar en que lo habían puesto...Salió corriendo gritando: "¡Ha resucitado!" Para el historiador el relato acaba aquí, y nada podemos decir porque carecemos de documentos contradictorios que aclaren lo que ocurrió con el cuerpo de Jesús. Esto es lo que ignoraremos siempre..."
Siempre que lo leo, por unos instantes, quiero creer que el cuerpo no estaba porque verdaderamente había resucitado, y para un materialista como yo ya es mucho creer.

Volviendo al terreno de la vida real, siempre nos quedarán las novelas y los relatos de Riccarelli: Un hombre que acaso se llamaba Schulz, Estramonio, Un helado para la gloria, El dolor perfecto, Comalllamore, Le scarpe appese al cuore, Un mare di nulla, Ricucire la vita, Pensieri Crudeli, Diletto, L'amore graffia il mondo..., historias narradas con inteligencia y con una gran imaginación, características de un gran escritor como es él.